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Julio del 2007

Mi pesadilla Alizéeica

Por PaulBB - 30 de Julio, 2007, 19:17, Categoría: Alizéeadas

Usualmente sueño con Alizée. Y son sueños bonitos, de esos que te hacen quedarte mirando el techo de tu habitación con una sonrisa de proporciones bíblicas. Seguro que si alguien me viera en esos estados catatónicos aseguraría que si me muriera en ese instante me iría derechito al cielo. Y vamos, todos alguna vez hemos tenido sueños así, sueños de los que lamentamos haber despertado; aunque en el caso de mis lectores, seguramente estos sueños también provocaron severos efluvios corporales :)

Pero el propósito de esta entrada es quitarme un poco el mal sabor de boca que me dejó la pesadilla de esta mañana. ¡Terrible oh, Diosa! Siempre supuse que soñar con Alizée era sinónimo de bienestar y felicidad, pero lo que me ocurrió hoy fue hasta angustiante, por decir lo menos.

Soñé que estaba sentado sobre mi cama viendo televisión haciendo zapping, es decir, pasando de canal en canal a ver si encontraba algo interesante o al menos decente para ver, cuando en eso paso por el canal TV5. Sabido es que dicha estación es francesa y además la única señal francófona que tenemos en nuestro país en la televisión por cable (una lástima que no haya otros canales franceses, si Direct TV los ofreciera me paso de una vez pues los pillos de Telefónica no están interesados en ampliar la programación en ese aspecto). Pero bueno, como les decía, cuando pasé por TV5 me quedé helado: ¡Alizée estaba en la tele! ¡Sí! ¡Y además estaba dando una entrevista en vivo! Frenéticamente corrí a encender la PC para ponerme a grabar la entrevista. Pero la computadora no prendió. ¡Fatalidad! Alizée estaba en la tele y mi mamá había desconectado todos los enchufes para evitar "percances". Con las manos temblorosas y tratando de poner cables donde no eran por fin pude conectar el bendito aparato. Lo encendí... y se colgó. ¡Nooooo! Con un ojo en la tele y el otro encima del monitor la reinicié y esta vez sí prendió. ¡Rápido, rápido! Abrí el programa para grabar y ¡oh! no funcionaba el sonido, se veía la imagen mas por único sonido tenía al silencio así que me tocó reiniciar otra vez. Despeinado y acalorado presioné el botón de "reinicio" con demasiada vehemencia, hecho que noté pero que pretendí obviar por miedo a haber arruinado algo... Mis temores se confirmaron al no prenderse la computadora. ¡Prende, joder! y la patée; no sé que pasó pero inexplicablemente encendió. Una esperanza brotó en mi lastimado ser hasta que pude oler... ¿a quemado? Olí la tele y no era, sonreí pero seguidamente me paralizé: la CPU botaba más humo que el Titanic. Menuda suerte la mía, me perdí media entrevista por grabarla y me sales con ésto condenado Bill Gates. Resignado pero con algo de alegría me senté a ver lo que quedaba de la emisión cuando ¡pum! se fue la corriente eléctrica producto seguramente del bajón ocasionado por el desperfecto de mi PC.

Con los ojos vidriosos y al borde del colapso fui directamente a las llaves esas desde donde se distribuye el fluído eléctrico. Como pueden notar no tengo ni puñetera idea de cómo son ni cómo funcionan, pero lo que sí sabía era que tenía que reestablecer la electricidad para ver a mi Ali. Abrí la caja y vi una maraña de cables que me dejó perplejo. Con la decisión y seguridad de un experto en la materia tomé dos de ellos... y salí despedido por lo menos tres metros. Sentí ese momento como si estuviera en cámara lenta y cuando mi cabeza iba a impactar con el duro suelo me desperté. Con la respiración agitada encendí la tele, puse TV5 y estaban pasando una película improbable. No pude recuperar el sueño y hasta ahora sigo medio asustado.

Nos leemos.

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186 años ya...

Por PaulBB - 28 de Julio, 2007, 14:50, Categoría: Opinión

Hoy el Perú celebra un aniversario más de su independencia de la Corona española, régimen bajo el cual estuvimos durante casi 300 largos años. No es mi intención hacer de ésta una entrada chauvinista, pero sí creo que darle una miradita a nuestra historia sería apropiado.

Por ejemplo, recordemos cuando llegaron los españoles a nuestras tierras allá por 1530 bajo el mando de Francisco Pizarro y que se hicieron del control patrio con una facilidad pasmosa. Y pensar que el común de los incas creían que esos hombres barbados y montados en animales que para ellos eran divinos -los caballos- eran wiracochas (dioses). Pero no así el Zapa Inca, Atahualpa, que ya había notado que no eran tales wiracochas, puesto que lo único que de verdad les interesó desde el comienzo fue el oro. Así entonces quedó pactado un encuentro entre ambos señores, Pizarro y Atahualpa, que se realizaría en la ciudad de Cajamarca. El objetivo de Pizarro era el de capturar al Inca; el de Atahualpa, capturar a Pizarro.

Al llegar el Inca con su comitiva real encontró que el lugar pactado estaba desierto. No porque los españoles habían olvidado la cita sino que llegaron mucho antes de la hora, y apostaron a muchos de sus hombres en cerros y montañas cercanas, bien apertrechados con sus letales arcabuces para tomar preso a Atahualpa. Coincidentemente el Inca tuvo la misma idea y envió a sus soldados a apostarse en las alturas, con mazos y huaracas (hondas), a esperar su señal. A lo lejos llegaba la comitiva hispana, con Pizarro a la cabeza, secundado por su hermano Gonzalo, Hernando de Soto y el padre Valverde, este último que tenía la función de leer el infame "requerimiento".

El requerimiento era una declaración leída por el sacerdote, en la cual se señalaba que la propiedad de las tierras eran ahora de los reyes de España, y que los nativos debían adoptar el catolicismo y renunciar a sus dioses paganos. Obviamente, los nativos americanos no entendían el español y peor aún, no estaban dispuestos a renunciar a su territorio. Felipillo, un indígena intérprete, tradujo el requerimiento a Atahualpa, generando una reacción iracunda del Inca. ¿Quiénes se creían que eran estos sujetos, para ir a sus tierras, irrespetar a sus dioses, decirles que no eran más dueños de sus hogares e imponerles un dios invisible? A punto estaba el Inca de bajar de su litera cuando el padre Valverde le acercó la biblia. Atahualpa nunca había visto un libro en su vida. Felipillo tradujo que "ahí estaba la palabra de Dios". El Inca lo vio por todos lados y no encontró ningún dios, se lo acercó al oído pues tal vez así lo podría oir pero tampoco pasó nada. Se sintió burlado y arrojó el libro al suelo. Entonces Valverde, indignado y enrojecido por la ira pronunció las terribles palabras: "¡Santiago! ¡Los evangelios por los suelos! ¡A ellos qué yo os absuelvo!". El sacerdote acababa de "asegurar" la salvación de las almas de aquellos hombres que, según los cronistas, despacharían a más de 4000 incas.

Siglos pasaron hasta que desde Argentina llegara José de San Martín y su ejército quienes luego de independizar a su patria y a Chile, decidieran hacer lo mismo con el Virreinato del Perú. Por esos tiempos en España, la Corona estaba muy debilitada por las invasiones napoleónicas y no estaba preparada para enfrentar a "los libertadores" del Sur. Se descuidó el control de las colonias y así San Martín proclamaría en la Plaza de Armas de Lima, el 28 de julio de 1821, la independencia nuestra con las siguientes palabras:

"El Perú es desde este momento libre e independiente,
por la voluntad general de los pueblos y la justicia
de su causa que Dios defiende.
¡Viva la Patria!
¡Viva la libertad!
¡Viva la independencia!"

Pero España no renunciaría tan fácilmente a sus tierras por lo que se envió mayores contingentes militares para recuperarlas. Entonces desde el norte llegaría otro "libertador": Simón Bolívar, y que tras algunos diálogos con San Martín asentaría la independencia del Perú con sendas victorias en las batallas de Junín y Ayacucho. El Perú estaba libre del yugo español, por fin.

Sin embargo, como en toda nación joven, Sudamérica afrontaba una constante revuelta con guerras fratricidas que involucrarían a nuestro país con todos los vecinos. Guerras con Ecuador, Colombia, Bolivia y la terrible guerra con Chile, que a pesar de la derrota que sufrimos es de la que más nos sentimos orgullosos gracias a hombres como el almirante Miguel Grau y el coronel Francisco Bolognesi. Como bien diría el escritor nacional Manuel González Prada durante esos días de sangre, "la mano brutal de Chile despedazó nuestra carne y machacó nuestros huesos" ¿Cómo no serlo así si nuestras mujeres fueron ultrajadas, nuestros niños asesinados y nuestras bibliotecas quemadas? Porque más que la derrota duele el ensañamiento de los soldados para con nuestra Biblioteca Nacional que fue saqueada y cuyos volúmenes fueron quemados. Y en ese momento surgieron nuevas luminarias de las letras peruanas como Ricardo Palma. Pero superamos los estragos.

Aún hoy somos una nación en formación, con lazos de identidad débiles y poco amor por lo nuestro. Pero a punta de golpes y zarandeos provocados por ajenos o por los nuestros cada vez somos más un grupo unido, un grupo digno y contentos de haber nacido en estas tierras. Tierra de Pachacútec, Túpac Amaru, Grau, Bolognesi, Leoncio Prado y José Abelardo Quiñones. Tierra de César Vallejo, González Prada, Ricardo Palma y Vargas Llosa. Tierra de Chabuca Granda, Lucha Reyes, Felipe Pinglo, Luis Abanto Morales y Juan Diego Flórez. Tierra de San Martín de Porres y Santa Rosa de Lima. Tierra del cebiche, los anticuchos, la causa a la limeña, la pachamanca, los juanes y los chifas. Tierra de Machu Picchu, las Líneas de Nazca, la fortaleza de Kuelap y la Reserva del Manu y Pacaya - Samiria. Tierra del cóndor, las vicuñas, los otorongos y el gallito de las rocas. Tierra que antes que nuestra fue de los chimúes, paracas, tiahuanacos y chavines. Tierra de la marinera, el huayno, el huaylas, el festejo y la zamacueca...

Si eso no te hace sentir orgulloso de haber nacido aquí entonces, amigo mío, te pago el pasaje al destino que elijas. ¡Felices Fiestas Patrias!

Nos leemos.

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La aventura de la penicilina (parte final)

Por PaulBB - 26 de Julio, 2007, 20:34, Categoría: Historia

La penicilina va a la guerra

La muestra de penicilina que Florey envió al norte de África intrigó tanto a los médicos del Ejército británico establecidos en El Cairo que obtuvieron un poco del moho de Fleming "por medios particulares" y establecieron una granja de hongos en los sótanos relativamente frescos del antiguo palacio de los jedives. Utilizaron filtrados simples del jugo amarillento para tratar infecciones superficiales, y obtuvieron éxitos notables. Luego, a mediados de 1943, Florey fue para allá con un grupo de diez cirujanos para averiguar cómo podría usarse mejor la penicilina en una zona de guerra. En julio, la llegada de soldados ingleses heridos durante la invasión de Sicilia proporcionó lesiones en las cuales probar la droga. Pero pronto resultó evidente que el tratamiento debía comenzarse antes de que se propagara la infección. Por tanto, la penicilina fue llevada a los hospitales de campaña.

La cirugía militar tradicional aconsejaba dejar abiertas las heridas grandes para limpiarlas perfectamente y después curarlas y coserlas, pues se habían producido graves accidentes cuando se cosían demasiado pronto y quedaban dentro bacterias tóxicas. Pero rompiendo audazmente con la tradición, Florey las bañó con penicilina y las saturó inmediatamente, dejando a veces pequeños tubos de caucho insertados para poder aplicar más tarde una solución de la droga hasta que la curación fuera completa. Algunos médicos se mostraron renuentes a aceptar el nuevo método, y un escéptico cirujano del Ejército, con el rostro enrojecido por la ira, exclamó "¡Esto es un crimen!"

Pero era exactamente lo contrario. Las heridas sanaban con frecuencia en la primera tentativa. La extensa lista de 300 casos preparada por el equipo de cirujanos de Florey hacía hincapié en la rapidez de la curación, y se refería una y otra vez a soldados malheridos que al cabo de unas cuantas semanas volvían a la lucha. Tan revolucionarias fueron los resultados que llamaron la atención de Eisenhower y Montgomery. Algunas veces la cura era tan rápida que el problema de cuándo debía un hombre volver a combatir después de haber sido herido adquirió un cariz más psicológico que físico.

Florey ansiaba llevar la penicilina al campo de batalla y hacer de ella un producto que pudiera inyectarse en el frente para suprimir la infección desde el principio, pero por el momento era imposible, debido a la escasez de la droga. Sin embargo, lo entusiasmaron los resultados obtenidos en sus tres meses de pruebas clínicas hechas en la zona de combate. Impresionado, el Ministerio de Guerra preparó rápidamente cursos especiales para instruir al personal médico que llevaría consigo penicilina durante las invasiones de Italia y Normandía. El científico australiano llevó una muestra de moho a Moscú para instruir a los rusos en la elaboración y aplicación de la penicilina. Mientras, desilusionado por la lentitud del esfuerzo industrial británico, advirtió que, cuando comenzara la invasión de Europa, la posibilidad de abastecer a Inglaterra dependería en gran medida del ingenio y de la generosidad de los norteamericanos.

"Mary Moho"

La suerte ejerció considerable influencia en el éxito de la elaboración de penicilina en gran escala en los Estados Unidos. En los laboratorios de Peoria, durante la busca mundial de un hongo que rindiera más penicilina que el P. notatum, no dejaron de investigar los que crecían en la zona. Se pidió a los habitantes de la ciudad que llevaran muestras de todas clases de moho que pudieran encontrar, por ejemplo, de los que crecían en zapatos húmedos, frutas en descomposición y pan o queso viejos. Una mujer, Mary Hunt, destacó por su entusiasmo en esa tarea. Cubos para basura, cajas de cartón desechadas y fruterías constituían sus fuentes favoritas. Al correr de los meses llevó tantas colonias de hongos que se ganó el apodo de "Mary Moho". Un día veraniego de 1943 descubrió detrás de una frutería una variedad de melón medio podrido en el cual crecía un hongo con "un bonito vellón dorado". Lo recogió y lo llevó al laboratorio. Las pruebas demostraron que producía un poco más de penicilina que la cepa de Alexander Fleming.

Luego los científicos descubrieron que una parte de ese moho del melón contenía una variedad natural cuyo rendimiento era mayor, a tal punto que llegaba a duplicar el que ellos obtenían. Entonces bombardearon esta cepa con rayos X y luz ultravioleta, lo cual les permitió aislar esporas con rendimiento aun más alto, y todo el proceso se repitió una y otra vez. El resultado fue una subcepa llamada Q-176 que rendía la fantástica cantidad de 1000 unidades de penicilina por mililitro de caldo y medraba en un cultivo sumergido.

"El efecto de estos descubrimientos en la producción industrial no podía exagerarse", escribió Florey. La compañía farmacéutica Pfizer, por ejemplo, pudo multiplicar su producción mensual 130,000 veces en dos años. Al principio la elaboración de un millón de unidades de penicilina, que constituían una infección única para infecciones sépticas graves, costaba 200 dólares. En 1944 el precio bajó a 6.50, y en los años siguientes continuó bajando, hasta que hoy la penicilina pura y cristalina se vende en un diezmilésimo de su precio de 1943.

Estos resultados no dependieron sólo del trabajo paciente de los investigadores agrónomos, ni de la pelusa del melón en descomposición, sino también de la decisión tomada una medianoche por A. L. (Larry) Elder, el "zar" del esfuerzo norteamericano para producir penicilina. Se le había ordenado lograr que la industria estadounidense fabricara esa droga en cantidad suficiente para los ejércitos aliados el Día D. En Peoria se había comprobado que el moho Q-176 podía crecer en tanques de 3780 litros. Por tanto, en un café de Chicago, Elder preguntó al Dr. Coghill si estos recipientes podrían ser todavía mayores y llegar a contener 37,800 litros. Coghill le advirtió que no era seguro que el moho siguiera medrando en ese volumen de caldo nutritivo. Pero Elder lo intentó. Ordenó la construcción de equipo más grande. El proyecto obtuvo la mayor prioridad concedida a cualquier programa militar norteamericano excepto el de la bomba atómica. A principios de 1944 Coghill visitó la fábrica de la compañía Pfizer en Brooklyn (Nueva York) y vio alzarse ante él los enormes depósitos. Entonces fue hasta el término de la línea de producción. "Allí vi las ampolletas de 100,000 unidades sucederse más rápidamente de lo que yo podía contarlas, y comprendí que la batalla de la producción se había ganado, y que habíamos alcanzado la victoria".

El 6 de junio de 1944, cuando los ejércitos reunidos de los aliados occidentales lanzaron a través del Canal de la Mancha el asalto tan esperado, las bajas iniciales fueron elevadas, tal como se esperaba. Pero la penicilina, utilizada en las heridas para evitar infecciones y tratarlas, ayudó de manera espectacular. El 95% de los heridos curados con esta admirable droga en la batalla de Europa recuperaron la salud. Los anales oficiales del Grupo de Ejército 21 atestiguan: "Las heridas que antes ocasionaban muchas muertes, ya no eran peligrosas. El promedio de los que sanaban con fracturas expuestas osciló entre 94 y el 100 por ciento. Y, por primera vez en la historia de la guerra, el 100 por ciento de los combatientes que tenían quemaduras extendidas hasta la quinta parte del cuerpo, se salvaron".

Así probó sus méritos la penicilina en la más violenta de las guerras, y abrió la puerta de la era de oro de la medicina, edad en la cual cada año, en toda la Tierra, se escriben 800 millones de recetas de antibióticos y se salva la vida a incontables personas. Actualmente hay pocas familias que no hayan sido beneficiadas por la revolución que Florey inició con este antibiótico, el primero y el mejor de todos.

Semáforo en luz roja

Tres hombres compartieron el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1945: Alexander Fleming, Ernst Chain y Howard Florey. Se reunieron en la Universidad de Estocolmo el 11 de diciembre para pronunciar el tradicional discurso. Fleming recordó el descubrimiento del moho penicilínico: "El trabajo comenzó con una observación hecha por casualidad. Tratamos de extraer un concentrado, pero fracasamos en todos nuestros esfuerzos". En su intervención, Florey habló de las posibilidades futuras y permitió a su público vislumbrar la revolución que prometían los antibióticos en la medicina. La penicilina no era la panacea universal, pero un continuo trabajo de investigación "acaso permita elaborar, como si fueran hechas a medida, drogas quimioterapéuticas contra cualquier tipo de infección".

El grupo de Florey siguió trabajando varios años en Oxford. Su principal descubrimiento e esa época fue la Cefalospirina C, sustancia afín a la penicilina, pero diferente, y desarrollada a partir de un moho procedente de esporas halladas en agua de mar cerca de una cloaca de Cerdeña. Resultó ser un antibiótico de espectro muy amplio, muy eficaz contra cepas bacterianas que habían adquirido inmunidad contra la penicilina. Luego, a fines de 1950, los científicos de las compañías farmacéuticas norteamericanas lograron fabricar productos químicos para exterminar otras cepas de determinadas bacterias. De ello surgió una nueva familia de antibióticos, los "hechos a medida" que había previsto Florey en su discurso de aceptación del premio Nobel.

Entonces Florey sufría una afección cardiaca, angina de pecho, cuya gravedad iba en aumento, aunque él la ocultaba a su familia. Sus colegas comentaban que "el profesor se ha suavizado mucho en los últimos años"; la verdad era que, con gran fuerza de voluntad, había impuesto a su vida un ritmo más lento. En esos días mandó instalar un "semáforo de tráfico" encima de la puerta de su despacho. La luz verde significaba que los visitantes podían entrar; la ámbar, que sólo debían hacerlo cuando el asunto fuera urgente, y la roja convertía esa puerta en una barrera infranqueable. A medida que los ataques de angina aumentaban en intensidad, la señal roja aparecía con mayor frecuencia.

De todos los honores otorgados a Florey, ninguno le agradó tanto como el que le confirió en 1960 la Real Sociedad, la institución científica más antigua y de mayor prestigio del mundo. Una delegación compuesta por varios socios ilustres visitó a Florey, como otras análogas habían visitado en siglos pasados a Newton, Faraday, Darwin y Lister, y le ofreció la presidencia de esa corporación, momento de apoteósis para el modesto investigador australiano. "Es emocionante, ¿verdad?" comentó con un amigo suyo, mientras en sus ojos brillaba una pasión inusitada en él. Terminó sus fecundos cinco años de presidencia visiblemente envejecido, con el cabello completamente blanco, el paso más lento y arrugas en el rostro producidas por el dolor y la fatiga. Ethel falleció en 1966 y, al recibir ese golpe, Florey abrió ante sus hijos su corazón y su pensamiento como casi nunca lo hizo. Mencionó por primera vez sus ataques cardiacos. También expresó su preocupación por los efectos sociales de sus descubrimientos. "Tenemos ahora cierto dominio sobre la muerte, pero ya dudo si esto debió ser así. La población del mundo aumenta demasiado. Y supongo que yo, junto con los ingenieros de sanidad, soy tan responsable de este fenómeno como cualquier otro hombre".

En junio de 1967 Florey y la doctora Margaret Jennings, su colega y ayudante especial durante 30 años, se casaron en la oficina del Registro Civil de Oxford, y James Kent fue su testigo. Esa unión feliz sólo duró ocho meses. Una tarde, a mediados de febrero, Florey murió de un ataque cardiaco. El esplendor de los funerales en la Abadía de Westminster constituyó un homenaje impresionante, pero efímero, al hombre de trato difícil cuyo genio había captado el concepto de la antibiosis. Su verdadero monumento conmemorativo no está en la Abadía, ni en las becas o el edifico que llevan su nombre, sino en las vidas salvadas y en el conjunto de enormes tanques de fermentación que se alzan en cuatro continentes y vuelcan en ríos de penicilina pura, blanca y cristalina.

Una vez Florey rechazó indignado la propuesta de que una placa indicara los laboratorios de la Universidad de Oxford donde se obtuvo por primera vez la penicilina terapéutica. Pero hoy existe en el Magdalen College una rosaleda conmemorativa, y en ella una lápida con la siguiente inscripción:

Por salvar vidas,
mitigar padecimientos
e inspirar nuevas
investigaciones, toda la
humanidad está en
deuda con ellos.

Sigue la lista de los nombres de Florey y de nueve de sus colaboradores. Aparecen, como el Dr. Howard Florey hubiera querido, por orden alfabético.

Nos leemos.

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La aventura de la penicilina (4ta parte)

Por PaulBB - 24 de Julio, 2007, 18:55, Categoría: Historia

Licor de maíz

La paradoja a que entonces se enfrentaba Florey consistía en que para convencer al escéptico cuerpo médico e iniciar la producción comercial de penicilina, debía efectuar mayor número de pruebas clínicas satisfactorias, pero no podía hacerlas mientras no hubiera producción en escala comercial. Las industrias química y farmacéutica de Inglaterra, dañadas por los bombardeos aéreos alemanes y completamente dedicadas a satisfacer las necesidades bélicas, no estaban en la primavera de 1941 en condiciones de elaborar una droga probada a medias. Por fin, con la aprobación del Consejo de Investigaciones Médicas, el Dr. Florey resolvió ir a los Estados Unidos "e intentar allí la fabricación de la penicilina".

En una atmósfera de misión secreta, Florey y Heatley salieron de Oxford el 26 de junio. En la maleta del primero había muestras del vital moho y ampolletas con extracto penicilínico, varias copias del informe que pensaba publicar en The Lancet, donde se detallaba todo el proceso, y cuadernos con el resultado de las pruebas recientes en seres humanos. En Nueva York visitaron la Fundación Rockefeller un día de calor agobiante. Como el dinero de ésta había pagado gran parte de la investigación, Florey pensaba que debía comunicarle lo que habían logrado. Durante una hora Heatley y el jefe de un departamento de la Fundación escucharon cautivados a Florey, el cual, sin consultar sus notas y sin vacilar, contó la historia entera, paso a paso, desde el concepto inicial hasta las primeras vidas salvadas. Esta escena quedó grabada en la memoria de Heatley: "Lo recuerdo ante todo por su exposición", escribió. "No fue emotiva, sino informativa, y de manera sorprendente revelaba la enorme capacidad de su cerebro de hombre de ciencia. Aunque yo conocía bien el tema, supo mostrarme nuevas facetas, y de pronto advertí qué gran hombre era".

En tres meses de gira de divulgación por los Estados Unidos, Florey repitió muchas veces la misma exposición. Deseaba conseguir que los norteamericanos produjeran suficiente penicilina para poder hacer amplios ensayos. Especificaba un extracto de 10,000 litros de jugo de moho (cantidad que pronto se conoció como "el kilo de Florey"), que les permitiría a él y a Ethel hacer pruebas en 80 enfermos, incluso adultos víctimas de las más graves infecciones. Esperaba que los resultados fueran lo bastante convincentes para que la industria pudiera producir penicilina en gran escala, a tiempo de poder utilizarla en la guerra.

En una táctica brillante por lo sencilla, al llegar a Norteamérica Florey no se puso en relación con especialistas médicos, sino con la estación experimental de la Secretaria de Agricultura de los Estados Unidos situada en Beltsville (Maryland). Los científicos de allí lo llevaron a uno de sus laboratorios regionales, establecido en Peoria (Illinois), donde trabajaba un grupo de investigadores con gran experiencia en la elaboración de productos químicos extraídos de organismos en fermentación. Florey denominaría después a esos hombres "Mercaderes de hongos mágicos".

El grupo de Peoria puso manos a la obra inmediatamente. Semanas de calor y de viaje habían vuelto recalcitrantes las esporas de hongos traídas de Oxford, pero gradualmente la pelusa blanca se afirmó, apareció un tono azul verdoso y salieron las primeras gotitas doradas, exudadas de los hongos. Hasta principios del otoño se siguieron ensayando diferentes caldos y condiciones, con la esperanza de que afectaran  favorablemente el rendimiento. Y entonces, una vez más, la suerte ayudó a la penicilina. Entre las obligaciones de los científicos de Peoria figuraba la de hallar aplicaciones industriales a los productos derivados de los cereales, y uno de utilización especialmente difícil era el "licor de infusión de maíz", residuo viscoso y concentrado de la extracción del almidón del maíz dulce. Al ensayarlo como nutriente para el hongo penicilínico el efecto fue pasmoso. El rendimiento de la penicilina se multiplicó por diez. El Dr. Robert Coghill, jefe de un grupo de 20 científicos en Peoria, ha considerado siempre un milagro que Florey hubiera sido enviado "al único laboratorio donde podía haberse descubierto la magia del licor de infusión de maíz".

Florey, mientras tanto, había tratado de abrirse paso hasta los despachos de los jefes de las compañías farmacéuticas. Éstos, en su mayoría, lo recibían con desconfianza o con indiferencia. Unos pocos se interesaron, pero consideraban que su "kilo" era imposible de obtener. La noticia del descubrimiento hecho en Peoria cambió esa actitud, y el objetivo de Florey empezó a aparecer razonable. El Dr. Coghill expresó la situación con la siguiente metáfora: Un niño se concibió en Inglaterra, y el licor de infusión de maíz "evitó que naciera muerto".

Ya sólo hacía falta la técnica apropiada para producir penicilina a gran escala. Coghill, en la primera entrevista que tuvo con Florey en Peoria, había sugerido proféticamente que quizá el moho de la penicilna podría reproducirse dentro de tanques de miles de litros de caldo nutritivo, removido y aireado. Heatley, que se quedó en Peoria, ensayó este nuevo método. Llenó dos toneles con nutrimento, los sembró con esporas y los hizo girar por una semana aproximadamente. Esta técnica produjo penicilina, pero sólo la mitad de la que se obtenía por medio del engorroso procedimiento de cultivo superficial. Entonces se comenzó a buscar en serio un moho que no sólo rindiera más penicilina que el P. notatum, sino que rindiera más sumergido en tanques profundos. Debía de existir una cepa más productiva, pues eran astronómicamente pequeñas las probabilidades de que ese organismo particular caído por casualidad en la laminilla de cultivo de Fleming resultara ser el antibiótico más eficaz de la Tierra.

Con la colaboración de la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos se ordenó a todos los pilotos de del Comando Aéreo del Ejército dispersos por el mundo que recogieran muestras de tierra de los lugares donde tenían sus bases. Cuando llegaron a Peoria esas muestras, procedentes de Venezuela, Zanzíbar, Australia, el Extremo Oriente, Europa y China, se cultivaron los cientos de diferentes hongos que contenían, pero ninguno superó en rendimiento al P. notatum.

"Sumamente espectacular"

Cuando Florey regresó a Inglaterra, a fines de setiembre de 1941, vio que la escasez de penicilina inglesa era todavía desilusionante. Conservaba la esperanza de obtener su kilo en Estados Unidos, y lo animó la llegada de una caja remitida por una compañía farmacéutica norteamericana a principios de 1942. Pero en ella había otra caja más pequeña, y dentro de ésta grandes cantidades de relleno. "En cuanto levanté ese condenado paquete", escribió a Heatley, "supe que algo había salido mal. ¡Era tan ligero!". En efecto, recibió sólo la octava parte de la penicilina necesaria. Florey sabía perfectamente que su kilo había desaparecido con las bombas caídas en Pearl Harbor en diciembre último. Los estadounidenses pronto habían comprendido el gran valor de la penicilina en tiempo de guerra, y sus compañías farmacéuticas se apresuraban a participar en el programa de producción del gobierno.

Las pruebas que Florey y Ethel deseaban hacer dependerían de los recursos ingleses. El Dr. Gordon Sanders se puso al frente del edificio de la Escuela Dunn dedicado a los animales y, con el empeñoso James Kent, organizó la fábrica extractora de la "segunda generación" del grupo de Oxford. Era una ingeniosa instalación, en la cual el caldo de moho se pasaba a través de un filtro y se llevaba a cuatro lecheras de 38 litros cada una provistas de revolvedores, que daban al lugar el aspecto de una lechería. También se adelantó en el proceso de extracción, y los científicos se sintieron más animosos cuando la compañía Imperial Chemical Industries inició a su vez la producción en pequeña escala.

Heatley había conseguido un bidón de 28 kilos de licor de infusión de maíz procedente de Peoria, lo cual, en tiempo de guerra, resultó un gran triunfo de logística. Llegó a Liverpool en un carguero; Florey lo probó y vio que los resultados eran excelentes.

A mediados de 1942 una pizca de polvo de penicilina, apenas una cucharadita de sal, se envió al Hospital de la Real Fuerza Aérea de Buckinghamshire. Allí, el teniente de aviación Denis Bodenham trató con la nueva droga cuatro casos de quemaduras e informó: "Por primera vez hemos podido esterilizar completamente una quemadura, y esto era algo que considerábamos imposible. Fue asombroso; sumamente espectacular". Este oficial de la Real Fuerza Aérea mezcló también penicilina con polvo de sulfa y obtuvo así una crema que utilizó para tratar a los quemados.

Por fin, tras meses de trabajo, Florey y Ethel poseían una larga lista de curaciones, convincente, que incluía 15 casos de graves infecciones generalizadas y 172 aplicaciones tópicas. Irónicamente, el uso más notable de la penicilina fue uno en el cual ellos tuvieron sólo participación marginal. Tuvo efecto en el Hospital Saint Mary, en Paddington, donde 15 años antes se había observado el efecto antibacteriano del P. notatum, pero sin llevar adelante la investigación. El médico que trataba este caso era Alexander Fleming, y el enfermo un amigo personal suyo, hombre de 52 años con meningitis cerebroespinal. Después de siete semanas de fiebre, cefaleas, somnolencia y otros síntomas, el paciente entró en coma. Fleming extrajo un poco del líquido cefalorraquídeo y logró aislar al estreptococo que estaba destruyendo el tejido cerebral de su amigo. Probándolo, halló que resistía al sulfatiazol, pero encambio era sensible a la penicilina.

En la madrugada del 5 de agosto Fleming tomó el teléfono y llamó a Florey, que estaba en Oxford. Éste ofreció en seguida toda la penicilina que poseía (1'300,000 unidades) a condición de que las notas del caso pudieran incluirse en la lista que él y Ethel estaban preparando. Sacó el precioso medicamento del refrigerador de la Escuela Dunn, tomó el primer tren para Londres, y entró en el Hospital Saint Mary con la droga en la maleta. Tras indicar a Fleming cómo prepararla y usarla, regresó a Oxford.

Fleming comenzó a administrar inyecciones hipodérmicas, pero pronto vio que esto no daba ningún resultado. Entonces, por primera vez, inyectó la droga en el canal espinal del moribundo. Era peligroso, pero el resultado justificó el riesgo. La penicilina destruyó los microbios invasores. A la semana el hombre estaba virtualmente bien, y poco tiempo después salió del hospital. "La primera vez que uno ve esto siente una gran impresión", declaró el Dr. Fleming.

Florey sentía una profunda antipatía por la prensa, pero no así Fleming. Casi inmediatamente apareció en los periódicos la noticia de la "cura milagrosa", y fotografiaron a Fleming junto a su microscopio, y de bata blanca. Fue una noticia sensacional que difundió el nombre de la penicilina por todo el mundo. Además, Fleming se apresuró a comunicarse con uno de los ministros de Winston Churchill y trató de interesarlo en la producción de penicilina. A fines de setiembre Florey, sentado ante una mesa en el Ministerio de Abastecimientos, oyó decir a un funcionario: "El gobierno dará toda la ayuda económica necesaria. Los conocimientos y la pericia disponibles se reunirán para que esta droga se elabore sin tardanza en gran escala".

Hacía exactamente tres años que el Consejo de Investigaciones Médicas, en respuesta a la solicitud de fondos de Florey para la investigación de la penicilina, le había concedido la magnánima suma de 25 libras esterlinas.

(continuará)

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La aventura de la penicilina (3era parte)

Por PaulBB - 21 de Julio, 2007, 20:07, Categoría: Historia

Ratones y hombres

Duarante aquel largo sábado, 25 de mayo de 1940, Florey observó a los ocho roedores en sus jaulas. Poco después de las 11 de la noche llegó el Dr. Norman Heatley a relevarlo. Luego, a las 3:28 de la madrugada, murió el último de los cuatro animales no tratados con penicilina. Los otros cuatro, protegidos por la droga, seguían vivos y sanos.

Ya amanecía cuando Heatley se dirigió en bicicleta a su casa por las calles oscurecidas en previsión de bombardeos. Iba tan alborozado, con la cabeza llena de proyectos, que casi atropelló un anciano guardia de los que precavían a la población contra los ataques aéreos. Enojado, el hombre le pidió explicaciones. El fatigado científico sólo pudo sonreir y disculparse. ¿Cómo explicar que acababa de presenciar un milagro? ¡La pizca de un polvo pardo podía curar enfermedades mortales!

Más tarde, aquella mañana, Florey regresó al laboratorio para hacer una inspección final. Los cuatro ratones tratados seguían sanos y salvos. Anunció a sus colegas que inmediatamente iniciarían una segunda etapa, que consistía en pruebas en gran escala, con tandas de hasta 75 ratones a la vez, y diferentes cepas de bacterias. ¿Podría Norman Heatley aumentar la producción del caldo de moho a 200 litros semanales? El Dr. Heatley, exhausto, repuso que lo intentaría.

"Recuerde", recomendó Florey, "que debemos llegar al hombre. Hasta que no alcancemos ese objetivo, todo será una curiosidad de laboratorio, como lo fue el hongo de Fleming. Y el ser humano es 300 veces mayor que un ratón".

Al día siguiente comenzaron otros experimentos para determinar con mayor precisión la dosis necesaria contra cierta cantidad de bacterias. Al ver esos datos y comprobar la cantidad de penicilina que requerían las pruebas, hasta Florey se desanimó. ¿Dónde podrían ellos, en tiempos de guerra, encontrar recipientes adecuados para cultivar tanto moho? Entonces ordenó a sus colaboradores: "Utilicen todo lo que encuentren; cualquier objeto donde crezcan los hongos". El resultado fue una insólita colección de botellas, bandejas de metal, latas de galletas, platos para pastel, orinales para camas de hospital, una bañera y hasta una tina para bañar perros; cada uno de estos recipientes tenía una capa delgada del líquido nutritivo. Junto con todo esto se instaló un laberinto de tubos, caños, bombas de acuario, tapones y grifos. Sólo a fines de junio este conjunto de extraños artefactos produjo suficiente penicilina para las pruebas a gran escala con ratones. Mientras éstas continuaban, Florey y James Kent estaban siempre al acecho y sólo dormían unas cuantas horas en el laboratorio mismo. Florey vio surgir el increíble poder de una nueva droga revolucionaria, capaz de buscar y destruir la infección en cualquier parte del organismo.

A mediados de agosto las oleadas de bombarderos alemanes zumbaban sobre Inglaterra. Todo el mundo pensaba en la inminencia de la invasión. Los científicos del equipo convinieron en que, si ocurría lo peor y únicamente uno de ellos lograba escapar a América, llevaría en la cabeza los secretos de la extracción y las vitales esporas del moho en la ropa. Florey refregó dentro del forro de su abrigo impermeable un puñado de ellas; Heatley embadurnó los bolsillos de su traje. Mientras esas prendas no se lavaran en seco, las esporas que cayeran al sacudirlas sobre un plato de material nutritivo harían revivir el moho.

Entonces el grupo escribió los resultados del experimento y los publicó en la revista médica The Lancet. Al pie del artículo iban los nombres de los autores, precisamente en orden alfabético, a instancias de Florey. "Se han descubierto métodos para obtener un considerable rendimiento de penicilina... un polvo pardo... Aunque no es una sustancia pura, es muy potente su acción bactericida... Los resultados son inequívocos". El informe La penicilina como agente quimioterapéutico apareció relegado a la página 226 del número de The Lancet correspondiente al 24 de agosto de 1940. Poco después Alexander Fleming llamaba a la puerta de Florey. Era un hombre bajo, de cabellos blancos y corbata de lazo de vivos colores. Inmediatamente hizo valer su calidad de descubridor. "¡Hola!" exclamó al tender la mano. "He oído que usted está haciendo algo con mi penicilina. Me gustaría mucho ver de qué se trata".

Florey y Chain le mostraron los laboratorios, le explicaron los complejos procedimientos de extracción, paso a paso, y le dieron una pequeña muestra de sus concentrados purificados. Fleming permanecía silenciosos y reservado. Chain sospechó que no había comprendido del todo el método. El visitante regresó a Londres sin hacer ningún comentario ni expresar un solo elogio. Y nunca más se le volvió a ver por el laboratorio. Pronto, sin embargo, muchas personas emotivas le besarían la mano y la ropa. La prensa y la radio divulgarían la importancia de su descubrimiento y le otorgarían el premio Nobel. Desde entonces, la fotografía de Alexander Fleming inclinado sobre la placa de cultivo contaminado se ha convertido en algo tan inmortal como la estampa de Isaac Newton debajo del manzano. Hasta un cráter de la Luna lleva actualmente el nombre del bacteriólogo escocés.

Muerte de un policía

El tramo de carretera de 160 km que va de Stoke-on-Trent a Oxford estaba cubierto por un manto de hielo sucio. El Dr. Norman Heatley, aterido de frío en una camioneta sin calefacción, proseguía su camino decidido a llevar intacta a los laboratorios su preciosa carga de 172 recipientes de cerámica. Éstos, diseñados según el modelo de orinales de cama de hospital, que habían resultado ser los mejores para el cultivo del caldo de moho, eran los primeros de 600 que habían pedido a una alfarería de Staffordshire. Cuando llegaron a Oxford el 23 de diciembre de 1940, el edificio Dunn se convirtió en una fábrica provisional de penicilina. La producción del caldo de moho ascendió a 500 litros semanales, y de ellos Florey esperaba extraer, según las medidas modernas, entre 100 mil y 200 mil "unidades Oxford" de penicilina, o sea un décimo de lo que ahora se necesita para curar una infección única de gonorrea. Pero aún esta modesta aspiración resultó difícil de lograr. A veces los retrasos y las frustraciones alteraban el rígido autodominio de Florey, que daba rienda suelta a toda su ira.

Pero todos siguieron trabajando. Una nueva técnica, invención de Heatley, no sólo aceleró el procedimiento, sino que logró producir una penicilina diez veces más potente. A fines de enero de 1941 Florey se disponía a hacer el primer experimento en seres humanos. No tomó esta decisión a la ligera: le desagradaba ser árbitro de la vida y siempre evitaba tener relación directa con los enfermos.

La doctora Ethel Florey, que entonces trabajaba en la Enfermería Radcliffe de Oxford, llamó la atención de su marido sobre el estado de Albert Alexander, corpulento agente de la policía, de 43 años. A consecuencia de un rasguño en la mejilla ocasionado por una espina de rosa, su cuerpo se había convertido en huésped de dos temibles cepas de estafilococos y estreptococos. Desde fines de diciembre se temía por su vida. A mediados de enero los médicos tuvieron que abrirle muchos abscesos en el cuero cabelludo, y las cuencas de los ojos se le habían convertido en focos virulentos. La infección le atacaba hasta los huesos. Alexander estaba enflaquecido y al borde de la muerte, cuando el 12 de febrero le administraron una inyección intravenosa de penicilina.

Para ayudarle, Florey llevó a la enfermería hasta la última y preciosa pizca de la droga que su grupo lograba producir. Además, cada vez que Alexander orinaba, un investigador llevaba la botella al laboratorio de la Escuela Dunn, donde se recobraba el residuo de penicilina. Así podía recuperarse hasta la mitad de la droga inyectada. Al cabo de tres días de tratamiento se agotaron las reservas de penicilina. A partir de ese momento la vida del policía dependía únicamente de la que era posible recuperar, y resultaba cada vez más escasa. Pero al cuarto día el cambio en Alexander era notable: las supuraciones de los ojos y los abscesos de la cabeza se estaban secando, la fiebre había desaparecido y ya tenía apetito. Sin embargo, en el transcurso del quinto día apareció una frase siniestra en la historia de aquel caso: "Se agotó la penicilina".

Estas palabras fueron la sentencia de muerte de Alexander. La infección se le propagó a los pulmones y diez días después murió, no porque la penicilina hubiera fallado, sino porque no se le pudo inyectar bastante. Abatido, Florey dijo a su grupo que mientras no hubiera suficiente droga sólo tratarían a niños, cuyos cuerpos más pequeños requerirían dosis menores.

En mayo obtuvo el equipo su primer triunfo verdaderamente espectacular, que por desgracia terminó también en otra desilusión. Johny Cox, de cuatro años y medio, fue admitido en la Enfermería Radcliffe el 13 de mayo, moribundo y en estado de doma debido a un ataque bacteriano que afectaba a pulmones, hígado, ojos y líquido encefalorraquídeo. Los estafilococos habían invadido el cuerpo como secuela del sarampión. Tratado inmediatamente con penicilina, se repuso en forma milagrosa; a los nueve días el chiquillo estaba convaleciente, sonreía y hablaba en su cama de hospital. Pero la madrugada del 27 de mayo la enfermera nocturna se aterró al ver que el niño era presa de convulsiones súbitas. Una dosis adicional de penicilina no surtió efecto. La temperatura corporal ascendió a 42º C. y poco después murió. La autopsia demostró que la penicilina no era responsable de lo ocurrido. Había limpiado los abscesos en los pulmones del chico y había vencido a las bacterias en todo el cuerpo. Pero no pudo reparar el daño ya causado a una arteria vital que corre a lo largo de la espina dorsal. Debilitado por la infección, ese vaso se dilató por la presión de la vitalidad recobrada, y en consecuencia se rompió.

Durante esas angustiosas semanas de pruebas clínicas hubo otros casos más satisfactorios desde el punto de vista humano; entre ellos el de un muchacho de 14 años que llegó gravísmo con una infección de estafilococos resultante de una herida en la pierna, y se repuso al cabo de 14 días de administrarle penicilina. Un niño de pecho de seis meses cn una infección de las vías urinarias fue curado con la primera dosis oral de droga. Todas las aplicaciones tópicas, o superficiales, tuvieron éxito. Florey llegó a ensayarla en sí mismo; hizo gárgaras con el jugo crudo una vez que tuvo una infección estreptocócica en la garganta. "Sabía a rayos", confesó a sus colegas, "pero me curó".

(continuará)

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La aventura de la penicilina (2da parte)

Por PaulBB - 20 de Julio, 2007, 22:37, Categoría: Historia

Howard Walter Florey, hijo de un fabricante de zapatos, nació en Malvern, suburbio de Adelaida (Australia), el 24 de setiembre de 1898. Desde la enseñanza media se distinguió en química; Luis Pasteur se convirtió en su héroe, y a los 12 años anunció que se consagraría a la investigación.

En 1921 se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Adelaida; luego obtuvo una beca Rhodes para estudiar en la de Oxford, y pagó su pasaje trabajando como médico del barco que lo conducía a Inglaterra, pues su familia, antes próspera, estaba reducida a la pobreza. Howard Florey era entonces un joven de 23 años bronceado por el sol, ávido de distinguirse y con temperamento serio y decidido.

Florey fue aprobado sin ningún tropiezo en los exámenes y mereció un primer premio en la exigente Escuela Honours de Fisiología. Luego, por motivos económicos, fue a la Universidad de Cambridge con disfrute de una beca para comenzar trabajos experimentales de patología. Ya nada quedaba en él del joven bronceado por el sol. Tres inviernos ingleses y casi 30 meses de estudios infatigables, ademas de sus preocupaciones pecuniarias, lo habían hecho palidecer. Usaba ropa vieja y floja, y anteojos con montura de acero afirmados en una nariz sobre la cual pendía un mechón de pelo. Pero tras ese exterior albergaba un fuego ardoroso, y sólo un discreto velo de reserva ocultaba su explosiva personalidad.

"Todos advertíamos la fuerza que había en él", cuenta un colega suyo. "Su integridad era inquebrantable, pero a veces era difícil llevarse bien con él, elevar la voz tanto como la suya y no permitirle acallarnos". Florey confesó posteriormente que aprovechaba sus rasgos de carácter australiano para cometer impunemente acciones audaces o extravagantes. "Los ingleses mostraban consideración con los rudos habitantes de las colonias", explicaba.

Después de estudiar un año en los EEUU gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, aceptó el puesto de conferenciante en Cambridge. Entonces escribió a Ethel Reed, hermosa joven alta y rubia a quien había conocido en la Facultad de Medicina, la cual acababa de terminar un año agotador como médico residente en el Hospital Pediátrico de Adelaida. Le pidió que fuera a Inglaterra, y en octubre de 1926 se casaron en la Holy Trinity Church, de Paddington, que por casualidad estaba sólo a unas cuantas calles del Hospital Saint Mary, donde trabajaba Alexander Fleming.

Florey leyó con interés la memoria sobre la penicilina que publicó Fleming en 1929. En el medio siglo transcurrido desde los extraordinarios descubrimientos de Pasteur, los microbios invasores del organismo y causantes de enfermedades graves habían sido identificados y clasificados. Sin embargo, no obstante vacunas, sueros y antitoxinas, amén de algunas sustancias específicas, como el arsénico contra la sífilis y la quinina contra el paludismo, aún no se disponía de un arma suficientemente poderosa para combatir con eficacia a los temibles invasores. Las salas de enfermedades infecciosas de los hospitales seguían atestadas. El temor a la infección se cernía sobre todas las operaciones de cirugía mayor y menor, y por las salas de maternidad rondaba el espectro de la fiebre puerperal. Uno de cada tres casos de pulmonía aún terminaba en el cementerio. La septicemia era casi siempre incurable, y la escarlatina, la fiebre reumática, la difteria, la tuberculosis, la meningitis y la osteomielitis eran nombres que a menudo implicaban una sentencia de muerte.

La idea de una "bala mágica", de algún agente quimioterapéutico capaz de exterminar los gérmenes patógenos sin afectar las células del organismo, era todavía poco más que un sueño.

Una abundante redada de esperanzas

En 1935, después de trabajar cuatro años como catedrático en la Universidad de Sheffield, ofrecieron a Florey la cátedra de patología en la Universidad de Oxford, posición que le daría poder e influencia y le permitiría formar su propio equipo de investigadores. Hacía mucho que él insistía en que el progreso de la medicina sería resultado del trabajo conjunto de bioquímicos, biólogos y patólogos que concentraran sus esfuerzos múltiples en proyectos concretos.

Por ello andaba con pasos ansiosos e impacientes en sus nuevos laboratorios de la Escuela de Patología Sir William Dunn, en Oxford. Un colega suyo más conservador le llamó "fanático de la investigación". Allí encontró esperándole excelentes científicos, pero también muchas brechas por tapar. Entre sus primeros colaboradores figuró su esposa Ethel, y también un bioquímico llamado Ernst Chain, joven judío alemán cuyo pelo y bigotes hacían que se pareciera a Albert Einstein. Para trabajos especiales de patología, Florey buscaba un cerebro "joven y brillante", y lo halló en la atractiva y talentosa doctora Margaret Jennings. Llamó de la Universidad de Cambridge al Dr. Norman Heatley, bioquímico, y a mediados de 1936 ya casi estaba integrado el equipo que daría al mundo el milagro de la penicilina.

En el verano de 1938, noche tras noche, Florey y Ernst Chain hablaban de los problemas que debían resolver, mientras se dirgían a sus respectivas casas a través del verde parque, detrás del edificio Dunn. Andaban lentamente, pisando las hojas y deteniéndose a trechos para discutir algún punto del programa. El tema de todas las conversaciones era el concepto de antibiosis, o sea, de un organismo vivo que luchaba contra otro. Un estudio ciudadoso de toda la literatura científica que informaba de casos de inhibición bacteriana o de antagonismo entre los microbios, reveló muchos ejemplos aislados; el primero de ellos procedía de Pasteur mismo. En 1877 el sabio francés observó que un cultivo de bacilos del ántrax se disolvía cuando los contaminaban las bacterias comunes del aire.

El científico español Gosio había extraído el primer antibiótico cristalino de un moho de Penicillium, pariente cercano del P. notatum; por desgracia, no consiguió hacerlo en cantidad suficiente para ampliar sus experimentos. Aquellos hallazgos parecían ser casos bien comprobados de antibiosis. ¿Pero cuál de ellos convendría seguir investigando?

Una vez más Florey concentró su atención en el informe de Fleming de 1929. Ciertamente la penicilina no llamaba la atención pública; no difería radicalmente de otras muchas sustancias dignas de estudiar. Sin embargo, esta sustancia le intrigaba. Parecía prometer en la lucha contra los estafilococos, hasta entonces invulnerables; además no producía efectos tóxicos. Quizá se pudiera extraer del moho algo beneficioso para el organismo humano. Una tarde, a fines de 1938, mientras meditaba bajo un viejo y frondoso castaño del parque, Florey tomó la decisión final: se concentraría en la penicilina.

La guerra era inminente. A Florey le preocupaba la posibilidad de que se deshiciera su equipo, y al mismo tiempo luchaba, como siempre, con problemas económicos. Escribió al Consejo de Investigaciones Médicas: necesitaba una subvención mayor para poder seguir trabajando con la penicilina. El Consejo le envió 25 libras esterlinas (unos 50 dólares, actualmente). Desesperados, él y Chain se dirigieron a la Fundación Rockefeller de Nueva York, pidiendo audazmente una suma elevada para sueldos y equipo, e indicando que el trabajo podría tener resultados prácticos y al mismo tiempo importancia teórica. Y obtuvieron el dinero.

En esa etapa la investigación de la penicilina era todavía un asunto académico, pues aún no se había revelado el extraordinario poder del producto. Pero Norman Heatley trabajaba con entusiasmo, sembrando y haciendo pasar el moho de uno a otro plato, incubándolo y cuidándolo. Dedicó largas y tediosas semanas de tesonero esfuerzo a tratar de aislar y extraer la sustancia activa del caldo de moho, pero todos los empeños fracasaron. Obstinado, Chain luchaba como un poseso contra las dificultades, y al fin halló la solución del problema. Ésta consistía en secar el jugo por congelación, evaporarlo en una cámara de vacío y luego concentrar y reconcentrar el material resultante. Así, de varios litros de caldo de cultivo surgió el primer montoncito de penicilina, una pizca de polvo parduzco que parecía sucio, apenas suficiente para cubrir una uña pequeña.

El 19 de marzo de 1940 fue un día crucial para la humanidad. Chain pidió que se llevara a cabo la primera prueba. Inyectaron a dos ratones diez miligramos del polvo tan difícilmente obtenido, disuelto en una solución salina; luego los observaron atentamente. A medida que pasaban los minutos sin que los animales presentaran ningún malestar, crecía la esperanza. Los estudiaron dos horas, y luego comunicaron a Chain y Florey la gran noticia: Alexander Fleming estaba en lo cierto: la penicilina no producía efectos tóxicos.

Chain tuvo más suerte de lo que suponía al hacer este experimento. Él creía que el concentrado de penicilina inyectado a los ratones era virtualmente puro, pero en realidad el 99% era basura. Cualquiera de los cientos de compuestos y elementos de este porcentaje pudo haber matado a los animales. Esas muertes se hubieran achacado a la penicilina, y el advenimiento de la era del antibiótico se habría retardado. Pero tal como ocurrieron las cosas, gracias al experimento de Chain, al cabo de dos meses Florey hizo una segunda prueba con ocho ratones y bacterias.

(continuará)

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La aventura de la Penicilina

Por PaulBB - 19 de Julio, 2007, 21:59, Categoría: Historia

Sé que el título de la entrada puede ser, para la mayoría, algo desalentador. Pero créanme cuando les digo que si continúan con la lectura van a descubrir o a conocer una historia que yo calificaría como maravillosa.

Hace unas semanas con unos amigos comentábamos acerca de cuales habían sido los inventos o descubrimientos más importantes del siglo XX y del actual, ya sea por su importancia social, cultural, tecnológica, etc. Se soltaron nombres como la Internet, el genoma humano, la electricidad, entre otros. En esas estábamos cuando mi buen amigo Daniel dijo: "¿Y qué hay de la penicilina? Gracias a ella se han podido combatir eficazmente las infecciones en las heridas, ¡salud, por Fleming!". Entonces se produjo el siguiente diálogo:

  • Dirás, Howard Florey...
  • ¿Cómo Florey? Fue Alexander Fleming.
  • No, te aseguro que fue Florey.
  • ¿Apostamos? Qué te parecen 50 solcitos...
  • Vale, pero si no me pagas te empalo.

Salió disparado y trajo una enciclopedia donde, efectivamente, aparecía como descubridor de la Penicilina sir Alexander Fleming, en 1928. Con la mano estirada y seguro de haber ganado la apuesta más fácil de su vida le dije que le iba a contar una historia, y que es la que sigue a continuación.

La aventura de la Penicilina

Poco antes de las 10 de la mañana del 25 de mayo de 1940, el Dr. Howard Florey atravesaba ensimismado los prados de la Universidad de Oxford (Inglaterra) rumbo a su laboratorio, donde estaba a punto de comenzar un experimento importantísimo. El tiempo presagiaba un hermoso verano, pero las noticias de la guerra (la Segunda Guerra Mundial) ensombrecían el ambiente. Winston Churchill acababa de tomar posesión como Primer Ministro de Inglaterra, y no ofrecía más que sangre, sudor y lágrimas. Asolaba a Holanda y Bélgica la guerra relámpago de los nazis. Las bombas llovieron sin piedad sobre la indefensa Rotterdam, y los Stukas ametrallaban a los refugiados desvalidos. Por si fuera poco, aquel sábado por la mañana la radio informaba que el Ejército Expedicionario Británico estaba en Dunkerque, cercado por las tenazas de acero de las fuerzas blindadas alemanas.

En su calidad de patólogo investigador, especializado en la naturaleza y causa de las enfermedades, Florey podía apreciar claramente los terribles padecimientos de quienes habían resultdo heridos en la playa de ese puerto francés. Sabía que, aunque se les evacuara con éxito, muchos estaban condenados a morir. Los médicos poseían escasos medios para combatir la infección bacteriana: la mortalidad oscilaba entre un 10% hasta un 100% en las lesiones profundas. Y las circunstancias propias de la guerra multiplicaban los riesgos. En todas las batallas de la historia los fallecidos se debían menos a las heridas que a las infecciones resultantes. Aún con la ayuda de las nuevas sulfamidas, los resultados de estos combates no serían muy diferentes. A menos que...

El Dr. Florey columbraba una esperanza en el horizonte. Esa esperanza, basada en una posibilidad incierta, consistía en una pizca de cierto polvo parduzco, al parecer inocuo, elaborado en sus propios laboratorios. Su nombre: penicilina.

En la Sala 46 de la Escuela de Patología Sir William Dunn, de ladrillos rojos, lo esperaba James Kent, su técnico de laboratorio. Como parte de las preparaciones para el experimento de esta mañana, Kent tenía dispuestos ocho ratones suizos albinos en jaulas de vidrio. A las 11:00 pm cada uno de ellos recibió una inyección con una dosis mortal de estreptococos hemolíticos, cepa de bacterias sumamente virulentas. Se apartaron cuatro ratones a los cuales no se les dio ningún medicamento; estaban destinados a morir. Pero a otros dos se les dio una dosis única de penicilina, una pizca de polvo (diez miligramos) disuelta en una gota de solución salina, y el último par obtuvo la mitad de esa cantidad, aunque la dosis debía repetirse a intervalos de dos horas.

Puestas las primeras inyecciones, los dos hombres tomaron asiento y observaron en silencio los ratones, que correteaban en sus jaulas. No dejaron de verlos toda aquella tranquila tarde. A las 6:30 am Florey indicó a Kent que se fuera a casa, pero el permaneció al acecho, escudriñando con ojos avizores y experimentandos algún cambio en el comportamiento de los animales.

Para Kent aquel era sólo uno de los tantos experimentos del profesor. Pero Florey sabía que podía ser decisivo. El bacteriólogo escocés Alexander Fleming había descubierto la penicilina en 1928 de manera casi accidental: una laminilla de vidrio con un cultivo de estafilococos había sido contaminado por un moho. Por alguna razón no la echaron en el cubo con antiséptico que hay en la mayoría de laboratorios bacteriológicos para las laminillas usadas, y unas semanas después, cuando Fleming la observó, advirtió un extraño fenómeno del cual tomó debida nota:

"Las colonias de estafilococos, hasta una distancia considerable del moho, se disolvían. Lo que originalmente había sido una colonia micrbiana proliferante era ya una leve sombra de su forma anterior". Conservó el hongo, identificado como Penicilium notatum, y descubrió que un filtrado del caldo de cultivo (hecho de corazones de bueyes) ejercía un potente efecto en varias bacterias peligrosas para el hombre, entre ellas los estafilococos y los neumococos.

Para comprobar si aquel producto (para el que acuñó el nombre de penicilina) era inofensivo, inyectó el jugo del moho a un animal sano, y éste no sufrió ningún daño. Luego ensayó sus propiedades antisépticas y trató con él infecciones y heridas superficiales en dos o tres personas. Pero Fleming no probó la acción del P. notatum contra bacterias que proliferan en el cuerpo de animales enfermos. Había comprobado que la penicilina era extraordinariamente difícil de concentrar, que se destruía con mucha facilidad; y como al fin y al cabo existían otros buenos antisépticos llegó a la conclusión de que, si bien la nueva droga parecía prometedora, la gran dificultad de producirla hacía prohibitiva su elaboración en gran escala.

Pero Florey no era de esa opinión. Acababa de hacer algo que no se había intentado nunca: inyectó penicilina en animales infectados para averiguar si su poder bactericida vencía a los gérmenes patógenos que se multiplicaban en ellos. De ser así, podría significar un gran salto en la lucha del hombre contra la enfermedad, y el mundo entraría en la era de oro de la terapéutica: la de los antibióticos.

(continuará)

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Brasil Campeón

Por PaulBB - 16 de Julio, 2007, 16:40, Categoría: Deportes

Dicen que en el fútbol no hay justicia, y no puedo estar más de acuerdo. Ayer Brasil se proclamó campeón de la Copa América Venezuela 2007 frente a la superfavorita Argentina.

Y encima fue 3 a 0. Ni Dunga ni el más optimista de los brasileños hubiera pronosticado ese marcador, tal vez sí la victoria pero no golear al favorito de los favoritos. Lamentablemente, Argentina escogió el peor de los momentos para dejar de ser el equipo avasallador que fue durante toda la competición. Ni Messi, ni Tévez ni nadie, salvo Román todos los demás se dejaron arrastrar por el mal momento.

Una incursión rápida de Julio Baptista en el área gaucha ante la pasividad de Roberto Ayala en el minuto 4 significó el primer gol de los dirigidos por Dunga. Un par de remates al palo de Riquelme fue todo lo que ofreció el equipo de Basile. Luego Ayala anotaría en propio arco "coronando" su mala tarde y luego un contragolpe muy bien llevado por Vágner Love que descargaría para que Daniel Álves marque el tercer y definitivo tanto. No puedo decir que estoy contento, de hecho, los que me conocen saben que tengo dos favoritos futbolísticos a nivel de selección (aparte de Perú, claro) y que siempre espero que ganen cuanto torneo continental se les ponga al frente: España y Argentina (y Francia, honorariamente); siempre hago mucha fuerza para que les vaya bien. Saliéndome un poco del tema el porqué es muy sencillo: De Argentina siempre me gustó esa garra que le ponen a todos los partidos, no quieren perder ni los amistosos. Y a "La Furia" la sigo desde que Raúl González Blanco "El ángel de Madrid" forma parte del equipo. Soy un hincha acérrimo del Real Madrid y por extensión, de España.

Pero creo que a nadie le queda duda acerca de cual fue la mejor selección del campeonato, ni de tampoco cual fue el mejor jugador (Lionel Messi) aunque es conocido ya que el premio se lo lleve algún jugador del equipo campeón, y Robinho fue de lejos el segundo mejor jugador del torneo. En fin, felicidades a todos los simpatizantes de la "verdeamarelha".

Nos leemos.

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Varias cosas

Por PaulBB - 12 de Julio, 2007, 20:31, Categoría: Miscelánea

Argentina y Brasil: Otra vez en la final

Me parece una final justa. Argentina, de lejos, el mejor equipo de la Copa y Brasil que llega de menos a más. Será el partido que marcará la revancha de la final jugada hace tres años, en Lima.

Hace unos meses ya escuché decir al conductor deportivo colombiano Carlos Antonio Vélez decir que el árbitro Óscar Ruíz (que pitó el partido de semifinal entre Uruguay y Brasil) era "el réferi de los brasileños". Ahora puedo decir que le doy la razón. No me explico como pudo quedarse tan tranquilo en esa infame definición por penales que dejó al equipo uruguayo eliminado. Y no había que saber mucho de fútbol para darse cuenta como en el último penal, el decisivo que pateó Diego Lugano y que fue atajado por el arquero Doni, fue clamorosamente ilegal. ¡El arquero brasileño se adelantó por lo menos un metro! e irresponsablemente el árbitro no decretó la nulidad del tiro, si casi parece que tenía la "verdeamarelha" debajo de su uniforme negro. De nada sirven ya los reclamos, el penal que erró Pablo García hubiera definido el juego, pero de todas maneras da mucha bronca lo que ocurrió. Brasil es un gran equipo pero no mereció estar en la final, al menos no así.

Y de Argentina sólo hay una cosa por decir: E-QUI-PA-ZO. Si bien la defensa no es tan sólida como se desearía, tienen un mediocampo y una delantera letal, con un Mascherano que se come todo el campo, un Riquelme que es un genio y un Messi que es poco menos que una deidad del fútbol. Que gran torneo que está haciendo "La Pulga", es increíble como juega con y sin la pelota, la velocidad que tiene, el chico es de otro lote. En el partido con México demostraron el gran equipo que son, aunque no se puede soslayar la enorme responsabilidad de los mexicanos. Primero la horrorosa salida de Sánchez en el gol de Heinze (no lo termino de entender, ni los porteros escolares salen tan a destiempo y con tan poca coordinación) y luego el penal de Márquez, totalmente desentendido de la jugada y yendo directamente a obstaculizar a Tévez. Por cierto ¡qué golazo de Messi! Para verlo una y otra vez. Son favoritos para ganar la final, pero mucho ojo, llegaron igual de favoritos frente a Brasil en la final pasada y al final quien se llevo el trofeo fue el equipo de Adriano. Es un clásico del fútbol mundial y como en todo clásico no hay un resultado previsible. No me animo a ponerle una fichita a ningún equipo.

Alberto Fujimori y su "senaduría"

Ahora que el Poder Judicial chileno ha negado la extradición del prófugo (en primera instancia) el panorama se muestra algo sombrío y hay motivos de sobra, lo cual no quiere decir que sean acertados, para suponer que han habido presiones o por lo menos "poca voluntad" de parte de las autoridades del país del sur. Es entendible, claro; primero porque el hecho de que Fujimori haya decidido irse a refugiar allá no hizo sino complicar más las siempre tensas relaciones entre nuestros países; segundo, porque la candidatura del "Fuji-tivo" al Senado nipón no hace sino entorpecer las relaciones entre Chile y Japón, sobre todo en temas de índole comercial. Lógicamente hay que priorizar las relaciones con el gigante asiático antes que con nosotros, me parece lo más cuerdo, aunque nos resulte chocante.

Leyendo los fallos del juez chileno Orlando Álvarez para cada uno de los delitos presentados por nuestra Procuradoría no puedo dejar de sentir cierto estremecimiento, pues los rebate de forma categórica y sin dejar margen de duda, aduciendo razones tan simples como la prescripción de varios delitos y la doble penalidad. Razones que nos hacen quedar de la peor manera pues demuestran un total desconocimiento de nuestros defensores legales sobre la norma chilena. Aún queda la apelación, ojalá que se logre el retorno del japonés-peruano, de lo contrario lo tendremos postulando a la presidencia si es que no logra entrar al Senado de su país. Ah, que patético es ver a Carlos Raffo defender a Fujimori como si se tratase del Mesías. Es una deshonra para el género humano.

Nuestros "maestros"

Me da mucho gusto ver en acción al ministro de Educación José Antonio Chang (ex-rector de mi alma máter) contra los dizque "docentes". Pero es que es increíble ver a los "docentes" bloqueando carreteras, tomando aeropuertos, peleando con los policías y jorobándonos la pita. ¿Qué tanto les afecta rendir evaluaciones? Y encima son tres exámenes, yo lo hubiera dejado en dos y el que no aprueba pues a la calle. No se puede poner la educación de nuestros niños en sus estultas manos, porque son nuestros, tanto tuyos como míos, pues son los que se van a ser los que continúen lo que tú y yo estamos haciendo para tratar de conseguir un lugar mejor para vivir. Es increíble la cantidad de incapaces que infestan el magisterio peruano y es ésa la principal causa que origina la abismal diferencia entre la educación pública y la privada.

Me gustaría que nuestros policías tuvieran balas de goma para dispararles a tanto revoltoso que no hace sino joder (perdón por la expresión) a los demás ciudadanos. Porque nos afecta a todos. Las toneladas de alimentos como las frutas y verduras que se malogran porque los camiones se quedan atrapados en las carreteras; las emergencias, tanto médicas como policiales que se dejan de atender por tener bloqueadas las vías públicas; el mal clima "político" que ahuyenta al turismo y a la inversión privada. Ahora con Machu Picchu como nueva maravilla a los "docentes" no se les ocurrió mejor idea que bloquear los accesos a la ciudadela... Me da mucha rabia. ¡Qué vengan esas balas! aunque sean de goma...

Una nueva aventura de mi mago favorito

Hoy fui a ver la película "Harry Potter y la Orden del Fénix" (quise ir al estreno a medianoche pero me contuve por mis clases) y no puedo decir que he salido decepcionado pero tampoco puedo decir que colmó mis expectativas. Acostumbrados ya a tener una película mejor que la anterior, esta entrega no llega a superar a "Harry Potter y el Cáliz de Fuego" a pesar del riquísimo contenido del quinto libro. Hay escenas logradas (la de los chicos en el Ministerio) y otras no tan bien aprovechadas (el juicio de Harry y las apariciones de la Orden, por ejemplo), pero que sumadas nos podrían dejar contentos mas no satisfechos.

Las interpretaciones son correctas, sobresaliendo Gary Oldman (Sirius Black), Jason Isaacs (Lucius Malfoy), y las señoritas Emma Watson y Evanna Lynch (Hermione Granger y Luna Lovegood, respectivamente). Obviamente hay personajes que podrían dar mucho más tanto por calidad actoral como por intensidad de los representados, es el caso de Lord Voldemort y Severus Snape. Si hubiera la posibilidad de tener una película de seis horas podríamos gozar con sus actuaciones. Me gustaría contarles la película entera pero será mejor que la vean. Seguramente la iré a ver otra vez y leeré los libros por enésima vez, me encantan.

Nos leemos.

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Mis discusiones con los cristianos

Por PaulBB - 10 de Julio, 2007, 14:27, Categoría: Opinión

Tengo un hobby muy particular: debatir con los cristianos.

Y no, no soy satánico, ni budista, sintoísta, musulmán o miembro de alguna religión conocida (soy alizéeísta) pero me gusta mucho debatir con ellos. Pocas cosas son tan gratificantes como la batalla argumentativa: eres tú contra tu adversario, ambos armados con un arma potentísima, el cerebro. Porque un cerebro bien instruído puede lograr que defiendas hasta lo indefendible.

Tuve un curso, en el segundo ciclo de Derecho, Oratoria. De mis favoritos, sin duda. Pocas cosas me parecen tan atractivas como pararse en un atrio y defender tu posición y aunque sea ajena, en el caso de los abogados, asumirla como propia para lograr derrotar al orador "enemigo". Recuerdo que uno de los consejos más valiosos que he recibido en la vida me lo dio el doctor que enseñaba dicha cátedra. Me dijo: "Es mil veces más fácil atacar la posición de tu rival, que defender la tuya". Claro, este es un consejo abogadil pero bien puede ser aplicado en la vida cotidiana, como es el caso del que toqué en el título de la entrada, mi debate con los cristianos.

Evidentemente, al ser yo alizéeísta, y si mis rivales argumentativos lo saben, no tengo muchas probabilidades de defender satisfactoriamente mi postura. ¿Cómo competir con una maquinaria de casi dos mil años de existencia? Es entonces cuando se pone en práctica el consejo de arriba. Y ciertamente, la postura católica en general es muy frágil, tanto como la mía, la diferencia es que ellos son la mayoría. Me gusta abrir el debate con un poema que es magnífico, y que lo pongo de introducción para futuras entradas. Se llama "Los dados eternos" y es parte del poemario "Los heraldos negros", obra de uno de los más brillantes exponentes de las letras peruanas (sino el más) y que es conocido y estudiado en todas las universidades prestigiosas del mundo: César Vallejo. Lean cuidadosamente el poema y notarán, a veces entre líneas, el sentido y la fuerza de lo chocante de estos versos. Recomiendo también leerlo en voz alta y con cierta entonación, propia de un recitador, para sentir más lo que se quiere dar a entender.

Los dados eternos

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan,
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡Tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: ¡El Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh, jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgiran las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

Nos leemos.

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