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Mis discusiones con los cristianos

Por PaulBB - 10 de Julio, 2007, 14:27, Categoría: Opinión

Tengo un hobby muy particular: debatir con los cristianos.

Y no, no soy satánico, ni budista, sintoísta, musulmán o miembro de alguna religión conocida (soy alizéeísta) pero me gusta mucho debatir con ellos. Pocas cosas son tan gratificantes como la batalla argumentativa: eres tú contra tu adversario, ambos armados con un arma potentísima, el cerebro. Porque un cerebro bien instruído puede lograr que defiendas hasta lo indefendible.

Tuve un curso, en el segundo ciclo de Derecho, Oratoria. De mis favoritos, sin duda. Pocas cosas me parecen tan atractivas como pararse en un atrio y defender tu posición y aunque sea ajena, en el caso de los abogados, asumirla como propia para lograr derrotar al orador "enemigo". Recuerdo que uno de los consejos más valiosos que he recibido en la vida me lo dio el doctor que enseñaba dicha cátedra. Me dijo: "Es mil veces más fácil atacar la posición de tu rival, que defender la tuya". Claro, este es un consejo abogadil pero bien puede ser aplicado en la vida cotidiana, como es el caso del que toqué en el título de la entrada, mi debate con los cristianos.

Evidentemente, al ser yo alizéeísta, y si mis rivales argumentativos lo saben, no tengo muchas probabilidades de defender satisfactoriamente mi postura. ¿Cómo competir con una maquinaria de casi dos mil años de existencia? Es entonces cuando se pone en práctica el consejo de arriba. Y ciertamente, la postura católica en general es muy frágil, tanto como la mía, la diferencia es que ellos son la mayoría. Me gusta abrir el debate con un poema que es magnífico, y que lo pongo de introducción para futuras entradas. Se llama "Los dados eternos" y es parte del poemario "Los heraldos negros", obra de uno de los más brillantes exponentes de las letras peruanas (sino el más) y que es conocido y estudiado en todas las universidades prestigiosas del mundo: César Vallejo. Lean cuidadosamente el poema y notarán, a veces entre líneas, el sentido y la fuerza de lo chocante de estos versos. Recomiendo también leerlo en voz alta y con cierta entonación, propia de un recitador, para sentir más lo que se quiere dar a entender.

Los dados eternos

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan,
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡Tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: ¡El Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh, jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgiran las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

Nos leemos.

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