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La aventura de la Penicilina

Por PaulBB - 19 de Julio, 2007, 21:59, Categoría: Historia

Sé que el título de la entrada puede ser, para la mayoría, algo desalentador. Pero créanme cuando les digo que si continúan con la lectura van a descubrir o a conocer una historia que yo calificaría como maravillosa.

Hace unas semanas con unos amigos comentábamos acerca de cuales habían sido los inventos o descubrimientos más importantes del siglo XX y del actual, ya sea por su importancia social, cultural, tecnológica, etc. Se soltaron nombres como la Internet, el genoma humano, la electricidad, entre otros. En esas estábamos cuando mi buen amigo Daniel dijo: "¿Y qué hay de la penicilina? Gracias a ella se han podido combatir eficazmente las infecciones en las heridas, ¡salud, por Fleming!". Entonces se produjo el siguiente diálogo:

  • Dirás, Howard Florey...
  • ¿Cómo Florey? Fue Alexander Fleming.
  • No, te aseguro que fue Florey.
  • ¿Apostamos? Qué te parecen 50 solcitos...
  • Vale, pero si no me pagas te empalo.

Salió disparado y trajo una enciclopedia donde, efectivamente, aparecía como descubridor de la Penicilina sir Alexander Fleming, en 1928. Con la mano estirada y seguro de haber ganado la apuesta más fácil de su vida le dije que le iba a contar una historia, y que es la que sigue a continuación.

La aventura de la Penicilina

Poco antes de las 10 de la mañana del 25 de mayo de 1940, el Dr. Howard Florey atravesaba ensimismado los prados de la Universidad de Oxford (Inglaterra) rumbo a su laboratorio, donde estaba a punto de comenzar un experimento importantísimo. El tiempo presagiaba un hermoso verano, pero las noticias de la guerra (la Segunda Guerra Mundial) ensombrecían el ambiente. Winston Churchill acababa de tomar posesión como Primer Ministro de Inglaterra, y no ofrecía más que sangre, sudor y lágrimas. Asolaba a Holanda y Bélgica la guerra relámpago de los nazis. Las bombas llovieron sin piedad sobre la indefensa Rotterdam, y los Stukas ametrallaban a los refugiados desvalidos. Por si fuera poco, aquel sábado por la mañana la radio informaba que el Ejército Expedicionario Británico estaba en Dunkerque, cercado por las tenazas de acero de las fuerzas blindadas alemanas.

En su calidad de patólogo investigador, especializado en la naturaleza y causa de las enfermedades, Florey podía apreciar claramente los terribles padecimientos de quienes habían resultdo heridos en la playa de ese puerto francés. Sabía que, aunque se les evacuara con éxito, muchos estaban condenados a morir. Los médicos poseían escasos medios para combatir la infección bacteriana: la mortalidad oscilaba entre un 10% hasta un 100% en las lesiones profundas. Y las circunstancias propias de la guerra multiplicaban los riesgos. En todas las batallas de la historia los fallecidos se debían menos a las heridas que a las infecciones resultantes. Aún con la ayuda de las nuevas sulfamidas, los resultados de estos combates no serían muy diferentes. A menos que...

El Dr. Florey columbraba una esperanza en el horizonte. Esa esperanza, basada en una posibilidad incierta, consistía en una pizca de cierto polvo parduzco, al parecer inocuo, elaborado en sus propios laboratorios. Su nombre: penicilina.

En la Sala 46 de la Escuela de Patología Sir William Dunn, de ladrillos rojos, lo esperaba James Kent, su técnico de laboratorio. Como parte de las preparaciones para el experimento de esta mañana, Kent tenía dispuestos ocho ratones suizos albinos en jaulas de vidrio. A las 11:00 pm cada uno de ellos recibió una inyección con una dosis mortal de estreptococos hemolíticos, cepa de bacterias sumamente virulentas. Se apartaron cuatro ratones a los cuales no se les dio ningún medicamento; estaban destinados a morir. Pero a otros dos se les dio una dosis única de penicilina, una pizca de polvo (diez miligramos) disuelta en una gota de solución salina, y el último par obtuvo la mitad de esa cantidad, aunque la dosis debía repetirse a intervalos de dos horas.

Puestas las primeras inyecciones, los dos hombres tomaron asiento y observaron en silencio los ratones, que correteaban en sus jaulas. No dejaron de verlos toda aquella tranquila tarde. A las 6:30 am Florey indicó a Kent que se fuera a casa, pero el permaneció al acecho, escudriñando con ojos avizores y experimentandos algún cambio en el comportamiento de los animales.

Para Kent aquel era sólo uno de los tantos experimentos del profesor. Pero Florey sabía que podía ser decisivo. El bacteriólogo escocés Alexander Fleming había descubierto la penicilina en 1928 de manera casi accidental: una laminilla de vidrio con un cultivo de estafilococos había sido contaminado por un moho. Por alguna razón no la echaron en el cubo con antiséptico que hay en la mayoría de laboratorios bacteriológicos para las laminillas usadas, y unas semanas después, cuando Fleming la observó, advirtió un extraño fenómeno del cual tomó debida nota:

"Las colonias de estafilococos, hasta una distancia considerable del moho, se disolvían. Lo que originalmente había sido una colonia micrbiana proliferante era ya una leve sombra de su forma anterior". Conservó el hongo, identificado como Penicilium notatum, y descubrió que un filtrado del caldo de cultivo (hecho de corazones de bueyes) ejercía un potente efecto en varias bacterias peligrosas para el hombre, entre ellas los estafilococos y los neumococos.

Para comprobar si aquel producto (para el que acuñó el nombre de penicilina) era inofensivo, inyectó el jugo del moho a un animal sano, y éste no sufrió ningún daño. Luego ensayó sus propiedades antisépticas y trató con él infecciones y heridas superficiales en dos o tres personas. Pero Fleming no probó la acción del P. notatum contra bacterias que proliferan en el cuerpo de animales enfermos. Había comprobado que la penicilina era extraordinariamente difícil de concentrar, que se destruía con mucha facilidad; y como al fin y al cabo existían otros buenos antisépticos llegó a la conclusión de que, si bien la nueva droga parecía prometedora, la gran dificultad de producirla hacía prohibitiva su elaboración en gran escala.

Pero Florey no era de esa opinión. Acababa de hacer algo que no se había intentado nunca: inyectó penicilina en animales infectados para averiguar si su poder bactericida vencía a los gérmenes patógenos que se multiplicaban en ellos. De ser así, podría significar un gran salto en la lucha del hombre contra la enfermedad, y el mundo entraría en la era de oro de la terapéutica: la de los antibióticos.

(continuará)

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