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20 de Julio, 2007

La aventura de la penicilina (2da parte)

Por PaulBB - 20 de Julio, 2007, 22:37, Categoría: Historia

Howard Walter Florey, hijo de un fabricante de zapatos, nació en Malvern, suburbio de Adelaida (Australia), el 24 de setiembre de 1898. Desde la enseñanza media se distinguió en química; Luis Pasteur se convirtió en su héroe, y a los 12 años anunció que se consagraría a la investigación.

En 1921 se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Adelaida; luego obtuvo una beca Rhodes para estudiar en la de Oxford, y pagó su pasaje trabajando como médico del barco que lo conducía a Inglaterra, pues su familia, antes próspera, estaba reducida a la pobreza. Howard Florey era entonces un joven de 23 años bronceado por el sol, ávido de distinguirse y con temperamento serio y decidido.

Florey fue aprobado sin ningún tropiezo en los exámenes y mereció un primer premio en la exigente Escuela Honours de Fisiología. Luego, por motivos económicos, fue a la Universidad de Cambridge con disfrute de una beca para comenzar trabajos experimentales de patología. Ya nada quedaba en él del joven bronceado por el sol. Tres inviernos ingleses y casi 30 meses de estudios infatigables, ademas de sus preocupaciones pecuniarias, lo habían hecho palidecer. Usaba ropa vieja y floja, y anteojos con montura de acero afirmados en una nariz sobre la cual pendía un mechón de pelo. Pero tras ese exterior albergaba un fuego ardoroso, y sólo un discreto velo de reserva ocultaba su explosiva personalidad.

"Todos advertíamos la fuerza que había en él", cuenta un colega suyo. "Su integridad era inquebrantable, pero a veces era difícil llevarse bien con él, elevar la voz tanto como la suya y no permitirle acallarnos". Florey confesó posteriormente que aprovechaba sus rasgos de carácter australiano para cometer impunemente acciones audaces o extravagantes. "Los ingleses mostraban consideración con los rudos habitantes de las colonias", explicaba.

Después de estudiar un año en los EEUU gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, aceptó el puesto de conferenciante en Cambridge. Entonces escribió a Ethel Reed, hermosa joven alta y rubia a quien había conocido en la Facultad de Medicina, la cual acababa de terminar un año agotador como médico residente en el Hospital Pediátrico de Adelaida. Le pidió que fuera a Inglaterra, y en octubre de 1926 se casaron en la Holy Trinity Church, de Paddington, que por casualidad estaba sólo a unas cuantas calles del Hospital Saint Mary, donde trabajaba Alexander Fleming.

Florey leyó con interés la memoria sobre la penicilina que publicó Fleming en 1929. En el medio siglo transcurrido desde los extraordinarios descubrimientos de Pasteur, los microbios invasores del organismo y causantes de enfermedades graves habían sido identificados y clasificados. Sin embargo, no obstante vacunas, sueros y antitoxinas, amén de algunas sustancias específicas, como el arsénico contra la sífilis y la quinina contra el paludismo, aún no se disponía de un arma suficientemente poderosa para combatir con eficacia a los temibles invasores. Las salas de enfermedades infecciosas de los hospitales seguían atestadas. El temor a la infección se cernía sobre todas las operaciones de cirugía mayor y menor, y por las salas de maternidad rondaba el espectro de la fiebre puerperal. Uno de cada tres casos de pulmonía aún terminaba en el cementerio. La septicemia era casi siempre incurable, y la escarlatina, la fiebre reumática, la difteria, la tuberculosis, la meningitis y la osteomielitis eran nombres que a menudo implicaban una sentencia de muerte.

La idea de una "bala mágica", de algún agente quimioterapéutico capaz de exterminar los gérmenes patógenos sin afectar las células del organismo, era todavía poco más que un sueño.

Una abundante redada de esperanzas

En 1935, después de trabajar cuatro años como catedrático en la Universidad de Sheffield, ofrecieron a Florey la cátedra de patología en la Universidad de Oxford, posición que le daría poder e influencia y le permitiría formar su propio equipo de investigadores. Hacía mucho que él insistía en que el progreso de la medicina sería resultado del trabajo conjunto de bioquímicos, biólogos y patólogos que concentraran sus esfuerzos múltiples en proyectos concretos.

Por ello andaba con pasos ansiosos e impacientes en sus nuevos laboratorios de la Escuela de Patología Sir William Dunn, en Oxford. Un colega suyo más conservador le llamó "fanático de la investigación". Allí encontró esperándole excelentes científicos, pero también muchas brechas por tapar. Entre sus primeros colaboradores figuró su esposa Ethel, y también un bioquímico llamado Ernst Chain, joven judío alemán cuyo pelo y bigotes hacían que se pareciera a Albert Einstein. Para trabajos especiales de patología, Florey buscaba un cerebro "joven y brillante", y lo halló en la atractiva y talentosa doctora Margaret Jennings. Llamó de la Universidad de Cambridge al Dr. Norman Heatley, bioquímico, y a mediados de 1936 ya casi estaba integrado el equipo que daría al mundo el milagro de la penicilina.

En el verano de 1938, noche tras noche, Florey y Ernst Chain hablaban de los problemas que debían resolver, mientras se dirgían a sus respectivas casas a través del verde parque, detrás del edificio Dunn. Andaban lentamente, pisando las hojas y deteniéndose a trechos para discutir algún punto del programa. El tema de todas las conversaciones era el concepto de antibiosis, o sea, de un organismo vivo que luchaba contra otro. Un estudio ciudadoso de toda la literatura científica que informaba de casos de inhibición bacteriana o de antagonismo entre los microbios, reveló muchos ejemplos aislados; el primero de ellos procedía de Pasteur mismo. En 1877 el sabio francés observó que un cultivo de bacilos del ántrax se disolvía cuando los contaminaban las bacterias comunes del aire.

El científico español Gosio había extraído el primer antibiótico cristalino de un moho de Penicillium, pariente cercano del P. notatum; por desgracia, no consiguió hacerlo en cantidad suficiente para ampliar sus experimentos. Aquellos hallazgos parecían ser casos bien comprobados de antibiosis. ¿Pero cuál de ellos convendría seguir investigando?

Una vez más Florey concentró su atención en el informe de Fleming de 1929. Ciertamente la penicilina no llamaba la atención pública; no difería radicalmente de otras muchas sustancias dignas de estudiar. Sin embargo, esta sustancia le intrigaba. Parecía prometer en la lucha contra los estafilococos, hasta entonces invulnerables; además no producía efectos tóxicos. Quizá se pudiera extraer del moho algo beneficioso para el organismo humano. Una tarde, a fines de 1938, mientras meditaba bajo un viejo y frondoso castaño del parque, Florey tomó la decisión final: se concentraría en la penicilina.

La guerra era inminente. A Florey le preocupaba la posibilidad de que se deshiciera su equipo, y al mismo tiempo luchaba, como siempre, con problemas económicos. Escribió al Consejo de Investigaciones Médicas: necesitaba una subvención mayor para poder seguir trabajando con la penicilina. El Consejo le envió 25 libras esterlinas (unos 50 dólares, actualmente). Desesperados, él y Chain se dirigieron a la Fundación Rockefeller de Nueva York, pidiendo audazmente una suma elevada para sueldos y equipo, e indicando que el trabajo podría tener resultados prácticos y al mismo tiempo importancia teórica. Y obtuvieron el dinero.

En esa etapa la investigación de la penicilina era todavía un asunto académico, pues aún no se había revelado el extraordinario poder del producto. Pero Norman Heatley trabajaba con entusiasmo, sembrando y haciendo pasar el moho de uno a otro plato, incubándolo y cuidándolo. Dedicó largas y tediosas semanas de tesonero esfuerzo a tratar de aislar y extraer la sustancia activa del caldo de moho, pero todos los empeños fracasaron. Obstinado, Chain luchaba como un poseso contra las dificultades, y al fin halló la solución del problema. Ésta consistía en secar el jugo por congelación, evaporarlo en una cámara de vacío y luego concentrar y reconcentrar el material resultante. Así, de varios litros de caldo de cultivo surgió el primer montoncito de penicilina, una pizca de polvo parduzco que parecía sucio, apenas suficiente para cubrir una uña pequeña.

El 19 de marzo de 1940 fue un día crucial para la humanidad. Chain pidió que se llevara a cabo la primera prueba. Inyectaron a dos ratones diez miligramos del polvo tan difícilmente obtenido, disuelto en una solución salina; luego los observaron atentamente. A medida que pasaban los minutos sin que los animales presentaran ningún malestar, crecía la esperanza. Los estudiaron dos horas, y luego comunicaron a Chain y Florey la gran noticia: Alexander Fleming estaba en lo cierto: la penicilina no producía efectos tóxicos.

Chain tuvo más suerte de lo que suponía al hacer este experimento. Él creía que el concentrado de penicilina inyectado a los ratones era virtualmente puro, pero en realidad el 99% era basura. Cualquiera de los cientos de compuestos y elementos de este porcentaje pudo haber matado a los animales. Esas muertes se hubieran achacado a la penicilina, y el advenimiento de la era del antibiótico se habría retardado. Pero tal como ocurrieron las cosas, gracias al experimento de Chain, al cabo de dos meses Florey hizo una segunda prueba con ocho ratones y bacterias.

(continuará)

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