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21 de Julio, 2007

La aventura de la penicilina (3era parte)

Por PaulBB - 21 de Julio, 2007, 20:07, Categoría: Historia

Ratones y hombres

Duarante aquel largo sábado, 25 de mayo de 1940, Florey observó a los ocho roedores en sus jaulas. Poco después de las 11 de la noche llegó el Dr. Norman Heatley a relevarlo. Luego, a las 3:28 de la madrugada, murió el último de los cuatro animales no tratados con penicilina. Los otros cuatro, protegidos por la droga, seguían vivos y sanos.

Ya amanecía cuando Heatley se dirigió en bicicleta a su casa por las calles oscurecidas en previsión de bombardeos. Iba tan alborozado, con la cabeza llena de proyectos, que casi atropelló un anciano guardia de los que precavían a la población contra los ataques aéreos. Enojado, el hombre le pidió explicaciones. El fatigado científico sólo pudo sonreir y disculparse. ¿Cómo explicar que acababa de presenciar un milagro? ¡La pizca de un polvo pardo podía curar enfermedades mortales!

Más tarde, aquella mañana, Florey regresó al laboratorio para hacer una inspección final. Los cuatro ratones tratados seguían sanos y salvos. Anunció a sus colegas que inmediatamente iniciarían una segunda etapa, que consistía en pruebas en gran escala, con tandas de hasta 75 ratones a la vez, y diferentes cepas de bacterias. ¿Podría Norman Heatley aumentar la producción del caldo de moho a 200 litros semanales? El Dr. Heatley, exhausto, repuso que lo intentaría.

"Recuerde", recomendó Florey, "que debemos llegar al hombre. Hasta que no alcancemos ese objetivo, todo será una curiosidad de laboratorio, como lo fue el hongo de Fleming. Y el ser humano es 300 veces mayor que un ratón".

Al día siguiente comenzaron otros experimentos para determinar con mayor precisión la dosis necesaria contra cierta cantidad de bacterias. Al ver esos datos y comprobar la cantidad de penicilina que requerían las pruebas, hasta Florey se desanimó. ¿Dónde podrían ellos, en tiempos de guerra, encontrar recipientes adecuados para cultivar tanto moho? Entonces ordenó a sus colaboradores: "Utilicen todo lo que encuentren; cualquier objeto donde crezcan los hongos". El resultado fue una insólita colección de botellas, bandejas de metal, latas de galletas, platos para pastel, orinales para camas de hospital, una bañera y hasta una tina para bañar perros; cada uno de estos recipientes tenía una capa delgada del líquido nutritivo. Junto con todo esto se instaló un laberinto de tubos, caños, bombas de acuario, tapones y grifos. Sólo a fines de junio este conjunto de extraños artefactos produjo suficiente penicilina para las pruebas a gran escala con ratones. Mientras éstas continuaban, Florey y James Kent estaban siempre al acecho y sólo dormían unas cuantas horas en el laboratorio mismo. Florey vio surgir el increíble poder de una nueva droga revolucionaria, capaz de buscar y destruir la infección en cualquier parte del organismo.

A mediados de agosto las oleadas de bombarderos alemanes zumbaban sobre Inglaterra. Todo el mundo pensaba en la inminencia de la invasión. Los científicos del equipo convinieron en que, si ocurría lo peor y únicamente uno de ellos lograba escapar a América, llevaría en la cabeza los secretos de la extracción y las vitales esporas del moho en la ropa. Florey refregó dentro del forro de su abrigo impermeable un puñado de ellas; Heatley embadurnó los bolsillos de su traje. Mientras esas prendas no se lavaran en seco, las esporas que cayeran al sacudirlas sobre un plato de material nutritivo harían revivir el moho.

Entonces el grupo escribió los resultados del experimento y los publicó en la revista médica The Lancet. Al pie del artículo iban los nombres de los autores, precisamente en orden alfabético, a instancias de Florey. "Se han descubierto métodos para obtener un considerable rendimiento de penicilina... un polvo pardo... Aunque no es una sustancia pura, es muy potente su acción bactericida... Los resultados son inequívocos". El informe La penicilina como agente quimioterapéutico apareció relegado a la página 226 del número de The Lancet correspondiente al 24 de agosto de 1940. Poco después Alexander Fleming llamaba a la puerta de Florey. Era un hombre bajo, de cabellos blancos y corbata de lazo de vivos colores. Inmediatamente hizo valer su calidad de descubridor. "¡Hola!" exclamó al tender la mano. "He oído que usted está haciendo algo con mi penicilina. Me gustaría mucho ver de qué se trata".

Florey y Chain le mostraron los laboratorios, le explicaron los complejos procedimientos de extracción, paso a paso, y le dieron una pequeña muestra de sus concentrados purificados. Fleming permanecía silenciosos y reservado. Chain sospechó que no había comprendido del todo el método. El visitante regresó a Londres sin hacer ningún comentario ni expresar un solo elogio. Y nunca más se le volvió a ver por el laboratorio. Pronto, sin embargo, muchas personas emotivas le besarían la mano y la ropa. La prensa y la radio divulgarían la importancia de su descubrimiento y le otorgarían el premio Nobel. Desde entonces, la fotografía de Alexander Fleming inclinado sobre la placa de cultivo contaminado se ha convertido en algo tan inmortal como la estampa de Isaac Newton debajo del manzano. Hasta un cráter de la Luna lleva actualmente el nombre del bacteriólogo escocés.

Muerte de un policía

El tramo de carretera de 160 km que va de Stoke-on-Trent a Oxford estaba cubierto por un manto de hielo sucio. El Dr. Norman Heatley, aterido de frío en una camioneta sin calefacción, proseguía su camino decidido a llevar intacta a los laboratorios su preciosa carga de 172 recipientes de cerámica. Éstos, diseñados según el modelo de orinales de cama de hospital, que habían resultado ser los mejores para el cultivo del caldo de moho, eran los primeros de 600 que habían pedido a una alfarería de Staffordshire. Cuando llegaron a Oxford el 23 de diciembre de 1940, el edificio Dunn se convirtió en una fábrica provisional de penicilina. La producción del caldo de moho ascendió a 500 litros semanales, y de ellos Florey esperaba extraer, según las medidas modernas, entre 100 mil y 200 mil "unidades Oxford" de penicilina, o sea un décimo de lo que ahora se necesita para curar una infección única de gonorrea. Pero aún esta modesta aspiración resultó difícil de lograr. A veces los retrasos y las frustraciones alteraban el rígido autodominio de Florey, que daba rienda suelta a toda su ira.

Pero todos siguieron trabajando. Una nueva técnica, invención de Heatley, no sólo aceleró el procedimiento, sino que logró producir una penicilina diez veces más potente. A fines de enero de 1941 Florey se disponía a hacer el primer experimento en seres humanos. No tomó esta decisión a la ligera: le desagradaba ser árbitro de la vida y siempre evitaba tener relación directa con los enfermos.

La doctora Ethel Florey, que entonces trabajaba en la Enfermería Radcliffe de Oxford, llamó la atención de su marido sobre el estado de Albert Alexander, corpulento agente de la policía, de 43 años. A consecuencia de un rasguño en la mejilla ocasionado por una espina de rosa, su cuerpo se había convertido en huésped de dos temibles cepas de estafilococos y estreptococos. Desde fines de diciembre se temía por su vida. A mediados de enero los médicos tuvieron que abrirle muchos abscesos en el cuero cabelludo, y las cuencas de los ojos se le habían convertido en focos virulentos. La infección le atacaba hasta los huesos. Alexander estaba enflaquecido y al borde de la muerte, cuando el 12 de febrero le administraron una inyección intravenosa de penicilina.

Para ayudarle, Florey llevó a la enfermería hasta la última y preciosa pizca de la droga que su grupo lograba producir. Además, cada vez que Alexander orinaba, un investigador llevaba la botella al laboratorio de la Escuela Dunn, donde se recobraba el residuo de penicilina. Así podía recuperarse hasta la mitad de la droga inyectada. Al cabo de tres días de tratamiento se agotaron las reservas de penicilina. A partir de ese momento la vida del policía dependía únicamente de la que era posible recuperar, y resultaba cada vez más escasa. Pero al cuarto día el cambio en Alexander era notable: las supuraciones de los ojos y los abscesos de la cabeza se estaban secando, la fiebre había desaparecido y ya tenía apetito. Sin embargo, en el transcurso del quinto día apareció una frase siniestra en la historia de aquel caso: "Se agotó la penicilina".

Estas palabras fueron la sentencia de muerte de Alexander. La infección se le propagó a los pulmones y diez días después murió, no porque la penicilina hubiera fallado, sino porque no se le pudo inyectar bastante. Abatido, Florey dijo a su grupo que mientras no hubiera suficiente droga sólo tratarían a niños, cuyos cuerpos más pequeños requerirían dosis menores.

En mayo obtuvo el equipo su primer triunfo verdaderamente espectacular, que por desgracia terminó también en otra desilusión. Johny Cox, de cuatro años y medio, fue admitido en la Enfermería Radcliffe el 13 de mayo, moribundo y en estado de doma debido a un ataque bacteriano que afectaba a pulmones, hígado, ojos y líquido encefalorraquídeo. Los estafilococos habían invadido el cuerpo como secuela del sarampión. Tratado inmediatamente con penicilina, se repuso en forma milagrosa; a los nueve días el chiquillo estaba convaleciente, sonreía y hablaba en su cama de hospital. Pero la madrugada del 27 de mayo la enfermera nocturna se aterró al ver que el niño era presa de convulsiones súbitas. Una dosis adicional de penicilina no surtió efecto. La temperatura corporal ascendió a 42º C. y poco después murió. La autopsia demostró que la penicilina no era responsable de lo ocurrido. Había limpiado los abscesos en los pulmones del chico y había vencido a las bacterias en todo el cuerpo. Pero no pudo reparar el daño ya causado a una arteria vital que corre a lo largo de la espina dorsal. Debilitado por la infección, ese vaso se dilató por la presión de la vitalidad recobrada, y en consecuencia se rompió.

Durante esas angustiosas semanas de pruebas clínicas hubo otros casos más satisfactorios desde el punto de vista humano; entre ellos el de un muchacho de 14 años que llegó gravísmo con una infección de estafilococos resultante de una herida en la pierna, y se repuso al cabo de 14 días de administrarle penicilina. Un niño de pecho de seis meses cn una infección de las vías urinarias fue curado con la primera dosis oral de droga. Todas las aplicaciones tópicas, o superficiales, tuvieron éxito. Florey llegó a ensayarla en sí mismo; hizo gárgaras con el jugo crudo una vez que tuvo una infección estreptocócica en la garganta. "Sabía a rayos", confesó a sus colegas, "pero me curó".

(continuará)

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