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La aventura de la penicilina (4ta parte)

Por PaulBB - 24 de Julio, 2007, 18:55, Categoría: Historia

Licor de maíz

La paradoja a que entonces se enfrentaba Florey consistía en que para convencer al escéptico cuerpo médico e iniciar la producción comercial de penicilina, debía efectuar mayor número de pruebas clínicas satisfactorias, pero no podía hacerlas mientras no hubiera producción en escala comercial. Las industrias química y farmacéutica de Inglaterra, dañadas por los bombardeos aéreos alemanes y completamente dedicadas a satisfacer las necesidades bélicas, no estaban en la primavera de 1941 en condiciones de elaborar una droga probada a medias. Por fin, con la aprobación del Consejo de Investigaciones Médicas, el Dr. Florey resolvió ir a los Estados Unidos "e intentar allí la fabricación de la penicilina".

En una atmósfera de misión secreta, Florey y Heatley salieron de Oxford el 26 de junio. En la maleta del primero había muestras del vital moho y ampolletas con extracto penicilínico, varias copias del informe que pensaba publicar en The Lancet, donde se detallaba todo el proceso, y cuadernos con el resultado de las pruebas recientes en seres humanos. En Nueva York visitaron la Fundación Rockefeller un día de calor agobiante. Como el dinero de ésta había pagado gran parte de la investigación, Florey pensaba que debía comunicarle lo que habían logrado. Durante una hora Heatley y el jefe de un departamento de la Fundación escucharon cautivados a Florey, el cual, sin consultar sus notas y sin vacilar, contó la historia entera, paso a paso, desde el concepto inicial hasta las primeras vidas salvadas. Esta escena quedó grabada en la memoria de Heatley: "Lo recuerdo ante todo por su exposición", escribió. "No fue emotiva, sino informativa, y de manera sorprendente revelaba la enorme capacidad de su cerebro de hombre de ciencia. Aunque yo conocía bien el tema, supo mostrarme nuevas facetas, y de pronto advertí qué gran hombre era".

En tres meses de gira de divulgación por los Estados Unidos, Florey repitió muchas veces la misma exposición. Deseaba conseguir que los norteamericanos produjeran suficiente penicilina para poder hacer amplios ensayos. Especificaba un extracto de 10,000 litros de jugo de moho (cantidad que pronto se conoció como "el kilo de Florey"), que les permitiría a él y a Ethel hacer pruebas en 80 enfermos, incluso adultos víctimas de las más graves infecciones. Esperaba que los resultados fueran lo bastante convincentes para que la industria pudiera producir penicilina en gran escala, a tiempo de poder utilizarla en la guerra.

En una táctica brillante por lo sencilla, al llegar a Norteamérica Florey no se puso en relación con especialistas médicos, sino con la estación experimental de la Secretaria de Agricultura de los Estados Unidos situada en Beltsville (Maryland). Los científicos de allí lo llevaron a uno de sus laboratorios regionales, establecido en Peoria (Illinois), donde trabajaba un grupo de investigadores con gran experiencia en la elaboración de productos químicos extraídos de organismos en fermentación. Florey denominaría después a esos hombres "Mercaderes de hongos mágicos".

El grupo de Peoria puso manos a la obra inmediatamente. Semanas de calor y de viaje habían vuelto recalcitrantes las esporas de hongos traídas de Oxford, pero gradualmente la pelusa blanca se afirmó, apareció un tono azul verdoso y salieron las primeras gotitas doradas, exudadas de los hongos. Hasta principios del otoño se siguieron ensayando diferentes caldos y condiciones, con la esperanza de que afectaran  favorablemente el rendimiento. Y entonces, una vez más, la suerte ayudó a la penicilina. Entre las obligaciones de los científicos de Peoria figuraba la de hallar aplicaciones industriales a los productos derivados de los cereales, y uno de utilización especialmente difícil era el "licor de infusión de maíz", residuo viscoso y concentrado de la extracción del almidón del maíz dulce. Al ensayarlo como nutriente para el hongo penicilínico el efecto fue pasmoso. El rendimiento de la penicilina se multiplicó por diez. El Dr. Robert Coghill, jefe de un grupo de 20 científicos en Peoria, ha considerado siempre un milagro que Florey hubiera sido enviado "al único laboratorio donde podía haberse descubierto la magia del licor de infusión de maíz".

Florey, mientras tanto, había tratado de abrirse paso hasta los despachos de los jefes de las compañías farmacéuticas. Éstos, en su mayoría, lo recibían con desconfianza o con indiferencia. Unos pocos se interesaron, pero consideraban que su "kilo" era imposible de obtener. La noticia del descubrimiento hecho en Peoria cambió esa actitud, y el objetivo de Florey empezó a aparecer razonable. El Dr. Coghill expresó la situación con la siguiente metáfora: Un niño se concibió en Inglaterra, y el licor de infusión de maíz "evitó que naciera muerto".

Ya sólo hacía falta la técnica apropiada para producir penicilina a gran escala. Coghill, en la primera entrevista que tuvo con Florey en Peoria, había sugerido proféticamente que quizá el moho de la penicilna podría reproducirse dentro de tanques de miles de litros de caldo nutritivo, removido y aireado. Heatley, que se quedó en Peoria, ensayó este nuevo método. Llenó dos toneles con nutrimento, los sembró con esporas y los hizo girar por una semana aproximadamente. Esta técnica produjo penicilina, pero sólo la mitad de la que se obtenía por medio del engorroso procedimiento de cultivo superficial. Entonces se comenzó a buscar en serio un moho que no sólo rindiera más penicilina que el P. notatum, sino que rindiera más sumergido en tanques profundos. Debía de existir una cepa más productiva, pues eran astronómicamente pequeñas las probabilidades de que ese organismo particular caído por casualidad en la laminilla de cultivo de Fleming resultara ser el antibiótico más eficaz de la Tierra.

Con la colaboración de la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos se ordenó a todos los pilotos de del Comando Aéreo del Ejército dispersos por el mundo que recogieran muestras de tierra de los lugares donde tenían sus bases. Cuando llegaron a Peoria esas muestras, procedentes de Venezuela, Zanzíbar, Australia, el Extremo Oriente, Europa y China, se cultivaron los cientos de diferentes hongos que contenían, pero ninguno superó en rendimiento al P. notatum.

"Sumamente espectacular"

Cuando Florey regresó a Inglaterra, a fines de setiembre de 1941, vio que la escasez de penicilina inglesa era todavía desilusionante. Conservaba la esperanza de obtener su kilo en Estados Unidos, y lo animó la llegada de una caja remitida por una compañía farmacéutica norteamericana a principios de 1942. Pero en ella había otra caja más pequeña, y dentro de ésta grandes cantidades de relleno. "En cuanto levanté ese condenado paquete", escribió a Heatley, "supe que algo había salido mal. ¡Era tan ligero!". En efecto, recibió sólo la octava parte de la penicilina necesaria. Florey sabía perfectamente que su kilo había desaparecido con las bombas caídas en Pearl Harbor en diciembre último. Los estadounidenses pronto habían comprendido el gran valor de la penicilina en tiempo de guerra, y sus compañías farmacéuticas se apresuraban a participar en el programa de producción del gobierno.

Las pruebas que Florey y Ethel deseaban hacer dependerían de los recursos ingleses. El Dr. Gordon Sanders se puso al frente del edificio de la Escuela Dunn dedicado a los animales y, con el empeñoso James Kent, organizó la fábrica extractora de la "segunda generación" del grupo de Oxford. Era una ingeniosa instalación, en la cual el caldo de moho se pasaba a través de un filtro y se llevaba a cuatro lecheras de 38 litros cada una provistas de revolvedores, que daban al lugar el aspecto de una lechería. También se adelantó en el proceso de extracción, y los científicos se sintieron más animosos cuando la compañía Imperial Chemical Industries inició a su vez la producción en pequeña escala.

Heatley había conseguido un bidón de 28 kilos de licor de infusión de maíz procedente de Peoria, lo cual, en tiempo de guerra, resultó un gran triunfo de logística. Llegó a Liverpool en un carguero; Florey lo probó y vio que los resultados eran excelentes.

A mediados de 1942 una pizca de polvo de penicilina, apenas una cucharadita de sal, se envió al Hospital de la Real Fuerza Aérea de Buckinghamshire. Allí, el teniente de aviación Denis Bodenham trató con la nueva droga cuatro casos de quemaduras e informó: "Por primera vez hemos podido esterilizar completamente una quemadura, y esto era algo que considerábamos imposible. Fue asombroso; sumamente espectacular". Este oficial de la Real Fuerza Aérea mezcló también penicilina con polvo de sulfa y obtuvo así una crema que utilizó para tratar a los quemados.

Por fin, tras meses de trabajo, Florey y Ethel poseían una larga lista de curaciones, convincente, que incluía 15 casos de graves infecciones generalizadas y 172 aplicaciones tópicas. Irónicamente, el uso más notable de la penicilina fue uno en el cual ellos tuvieron sólo participación marginal. Tuvo efecto en el Hospital Saint Mary, en Paddington, donde 15 años antes se había observado el efecto antibacteriano del P. notatum, pero sin llevar adelante la investigación. El médico que trataba este caso era Alexander Fleming, y el enfermo un amigo personal suyo, hombre de 52 años con meningitis cerebroespinal. Después de siete semanas de fiebre, cefaleas, somnolencia y otros síntomas, el paciente entró en coma. Fleming extrajo un poco del líquido cefalorraquídeo y logró aislar al estreptococo que estaba destruyendo el tejido cerebral de su amigo. Probándolo, halló que resistía al sulfatiazol, pero encambio era sensible a la penicilina.

En la madrugada del 5 de agosto Fleming tomó el teléfono y llamó a Florey, que estaba en Oxford. Éste ofreció en seguida toda la penicilina que poseía (1'300,000 unidades) a condición de que las notas del caso pudieran incluirse en la lista que él y Ethel estaban preparando. Sacó el precioso medicamento del refrigerador de la Escuela Dunn, tomó el primer tren para Londres, y entró en el Hospital Saint Mary con la droga en la maleta. Tras indicar a Fleming cómo prepararla y usarla, regresó a Oxford.

Fleming comenzó a administrar inyecciones hipodérmicas, pero pronto vio que esto no daba ningún resultado. Entonces, por primera vez, inyectó la droga en el canal espinal del moribundo. Era peligroso, pero el resultado justificó el riesgo. La penicilina destruyó los microbios invasores. A la semana el hombre estaba virtualmente bien, y poco tiempo después salió del hospital. "La primera vez que uno ve esto siente una gran impresión", declaró el Dr. Fleming.

Florey sentía una profunda antipatía por la prensa, pero no así Fleming. Casi inmediatamente apareció en los periódicos la noticia de la "cura milagrosa", y fotografiaron a Fleming junto a su microscopio, y de bata blanca. Fue una noticia sensacional que difundió el nombre de la penicilina por todo el mundo. Además, Fleming se apresuró a comunicarse con uno de los ministros de Winston Churchill y trató de interesarlo en la producción de penicilina. A fines de setiembre Florey, sentado ante una mesa en el Ministerio de Abastecimientos, oyó decir a un funcionario: "El gobierno dará toda la ayuda económica necesaria. Los conocimientos y la pericia disponibles se reunirán para que esta droga se elabore sin tardanza en gran escala".

Hacía exactamente tres años que el Consejo de Investigaciones Médicas, en respuesta a la solicitud de fondos de Florey para la investigación de la penicilina, le había concedido la magnánima suma de 25 libras esterlinas.

(continuará)

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