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26 de Julio, 2007

La aventura de la penicilina (parte final)

Por PaulBB - 26 de Julio, 2007, 20:34, Categoría: Historia

La penicilina va a la guerra

La muestra de penicilina que Florey envió al norte de África intrigó tanto a los médicos del Ejército británico establecidos en El Cairo que obtuvieron un poco del moho de Fleming "por medios particulares" y establecieron una granja de hongos en los sótanos relativamente frescos del antiguo palacio de los jedives. Utilizaron filtrados simples del jugo amarillento para tratar infecciones superficiales, y obtuvieron éxitos notables. Luego, a mediados de 1943, Florey fue para allá con un grupo de diez cirujanos para averiguar cómo podría usarse mejor la penicilina en una zona de guerra. En julio, la llegada de soldados ingleses heridos durante la invasión de Sicilia proporcionó lesiones en las cuales probar la droga. Pero pronto resultó evidente que el tratamiento debía comenzarse antes de que se propagara la infección. Por tanto, la penicilina fue llevada a los hospitales de campaña.

La cirugía militar tradicional aconsejaba dejar abiertas las heridas grandes para limpiarlas perfectamente y después curarlas y coserlas, pues se habían producido graves accidentes cuando se cosían demasiado pronto y quedaban dentro bacterias tóxicas. Pero rompiendo audazmente con la tradición, Florey las bañó con penicilina y las saturó inmediatamente, dejando a veces pequeños tubos de caucho insertados para poder aplicar más tarde una solución de la droga hasta que la curación fuera completa. Algunos médicos se mostraron renuentes a aceptar el nuevo método, y un escéptico cirujano del Ejército, con el rostro enrojecido por la ira, exclamó "¡Esto es un crimen!"

Pero era exactamente lo contrario. Las heridas sanaban con frecuencia en la primera tentativa. La extensa lista de 300 casos preparada por el equipo de cirujanos de Florey hacía hincapié en la rapidez de la curación, y se refería una y otra vez a soldados malheridos que al cabo de unas cuantas semanas volvían a la lucha. Tan revolucionarias fueron los resultados que llamaron la atención de Eisenhower y Montgomery. Algunas veces la cura era tan rápida que el problema de cuándo debía un hombre volver a combatir después de haber sido herido adquirió un cariz más psicológico que físico.

Florey ansiaba llevar la penicilina al campo de batalla y hacer de ella un producto que pudiera inyectarse en el frente para suprimir la infección desde el principio, pero por el momento era imposible, debido a la escasez de la droga. Sin embargo, lo entusiasmaron los resultados obtenidos en sus tres meses de pruebas clínicas hechas en la zona de combate. Impresionado, el Ministerio de Guerra preparó rápidamente cursos especiales para instruir al personal médico que llevaría consigo penicilina durante las invasiones de Italia y Normandía. El científico australiano llevó una muestra de moho a Moscú para instruir a los rusos en la elaboración y aplicación de la penicilina. Mientras, desilusionado por la lentitud del esfuerzo industrial británico, advirtió que, cuando comenzara la invasión de Europa, la posibilidad de abastecer a Inglaterra dependería en gran medida del ingenio y de la generosidad de los norteamericanos.

"Mary Moho"

La suerte ejerció considerable influencia en el éxito de la elaboración de penicilina en gran escala en los Estados Unidos. En los laboratorios de Peoria, durante la busca mundial de un hongo que rindiera más penicilina que el P. notatum, no dejaron de investigar los que crecían en la zona. Se pidió a los habitantes de la ciudad que llevaran muestras de todas clases de moho que pudieran encontrar, por ejemplo, de los que crecían en zapatos húmedos, frutas en descomposición y pan o queso viejos. Una mujer, Mary Hunt, destacó por su entusiasmo en esa tarea. Cubos para basura, cajas de cartón desechadas y fruterías constituían sus fuentes favoritas. Al correr de los meses llevó tantas colonias de hongos que se ganó el apodo de "Mary Moho". Un día veraniego de 1943 descubrió detrás de una frutería una variedad de melón medio podrido en el cual crecía un hongo con "un bonito vellón dorado". Lo recogió y lo llevó al laboratorio. Las pruebas demostraron que producía un poco más de penicilina que la cepa de Alexander Fleming.

Luego los científicos descubrieron que una parte de ese moho del melón contenía una variedad natural cuyo rendimiento era mayor, a tal punto que llegaba a duplicar el que ellos obtenían. Entonces bombardearon esta cepa con rayos X y luz ultravioleta, lo cual les permitió aislar esporas con rendimiento aun más alto, y todo el proceso se repitió una y otra vez. El resultado fue una subcepa llamada Q-176 que rendía la fantástica cantidad de 1000 unidades de penicilina por mililitro de caldo y medraba en un cultivo sumergido.

"El efecto de estos descubrimientos en la producción industrial no podía exagerarse", escribió Florey. La compañía farmacéutica Pfizer, por ejemplo, pudo multiplicar su producción mensual 130,000 veces en dos años. Al principio la elaboración de un millón de unidades de penicilina, que constituían una infección única para infecciones sépticas graves, costaba 200 dólares. En 1944 el precio bajó a 6.50, y en los años siguientes continuó bajando, hasta que hoy la penicilina pura y cristalina se vende en un diezmilésimo de su precio de 1943.

Estos resultados no dependieron sólo del trabajo paciente de los investigadores agrónomos, ni de la pelusa del melón en descomposición, sino también de la decisión tomada una medianoche por A. L. (Larry) Elder, el "zar" del esfuerzo norteamericano para producir penicilina. Se le había ordenado lograr que la industria estadounidense fabricara esa droga en cantidad suficiente para los ejércitos aliados el Día D. En Peoria se había comprobado que el moho Q-176 podía crecer en tanques de 3780 litros. Por tanto, en un café de Chicago, Elder preguntó al Dr. Coghill si estos recipientes podrían ser todavía mayores y llegar a contener 37,800 litros. Coghill le advirtió que no era seguro que el moho siguiera medrando en ese volumen de caldo nutritivo. Pero Elder lo intentó. Ordenó la construcción de equipo más grande. El proyecto obtuvo la mayor prioridad concedida a cualquier programa militar norteamericano excepto el de la bomba atómica. A principios de 1944 Coghill visitó la fábrica de la compañía Pfizer en Brooklyn (Nueva York) y vio alzarse ante él los enormes depósitos. Entonces fue hasta el término de la línea de producción. "Allí vi las ampolletas de 100,000 unidades sucederse más rápidamente de lo que yo podía contarlas, y comprendí que la batalla de la producción se había ganado, y que habíamos alcanzado la victoria".

El 6 de junio de 1944, cuando los ejércitos reunidos de los aliados occidentales lanzaron a través del Canal de la Mancha el asalto tan esperado, las bajas iniciales fueron elevadas, tal como se esperaba. Pero la penicilina, utilizada en las heridas para evitar infecciones y tratarlas, ayudó de manera espectacular. El 95% de los heridos curados con esta admirable droga en la batalla de Europa recuperaron la salud. Los anales oficiales del Grupo de Ejército 21 atestiguan: "Las heridas que antes ocasionaban muchas muertes, ya no eran peligrosas. El promedio de los que sanaban con fracturas expuestas osciló entre 94 y el 100 por ciento. Y, por primera vez en la historia de la guerra, el 100 por ciento de los combatientes que tenían quemaduras extendidas hasta la quinta parte del cuerpo, se salvaron".

Así probó sus méritos la penicilina en la más violenta de las guerras, y abrió la puerta de la era de oro de la medicina, edad en la cual cada año, en toda la Tierra, se escriben 800 millones de recetas de antibióticos y se salva la vida a incontables personas. Actualmente hay pocas familias que no hayan sido beneficiadas por la revolución que Florey inició con este antibiótico, el primero y el mejor de todos.

Semáforo en luz roja

Tres hombres compartieron el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1945: Alexander Fleming, Ernst Chain y Howard Florey. Se reunieron en la Universidad de Estocolmo el 11 de diciembre para pronunciar el tradicional discurso. Fleming recordó el descubrimiento del moho penicilínico: "El trabajo comenzó con una observación hecha por casualidad. Tratamos de extraer un concentrado, pero fracasamos en todos nuestros esfuerzos". En su intervención, Florey habló de las posibilidades futuras y permitió a su público vislumbrar la revolución que prometían los antibióticos en la medicina. La penicilina no era la panacea universal, pero un continuo trabajo de investigación "acaso permita elaborar, como si fueran hechas a medida, drogas quimioterapéuticas contra cualquier tipo de infección".

El grupo de Florey siguió trabajando varios años en Oxford. Su principal descubrimiento e esa época fue la Cefalospirina C, sustancia afín a la penicilina, pero diferente, y desarrollada a partir de un moho procedente de esporas halladas en agua de mar cerca de una cloaca de Cerdeña. Resultó ser un antibiótico de espectro muy amplio, muy eficaz contra cepas bacterianas que habían adquirido inmunidad contra la penicilina. Luego, a fines de 1950, los científicos de las compañías farmacéuticas norteamericanas lograron fabricar productos químicos para exterminar otras cepas de determinadas bacterias. De ello surgió una nueva familia de antibióticos, los "hechos a medida" que había previsto Florey en su discurso de aceptación del premio Nobel.

Entonces Florey sufría una afección cardiaca, angina de pecho, cuya gravedad iba en aumento, aunque él la ocultaba a su familia. Sus colegas comentaban que "el profesor se ha suavizado mucho en los últimos años"; la verdad era que, con gran fuerza de voluntad, había impuesto a su vida un ritmo más lento. En esos días mandó instalar un "semáforo de tráfico" encima de la puerta de su despacho. La luz verde significaba que los visitantes podían entrar; la ámbar, que sólo debían hacerlo cuando el asunto fuera urgente, y la roja convertía esa puerta en una barrera infranqueable. A medida que los ataques de angina aumentaban en intensidad, la señal roja aparecía con mayor frecuencia.

De todos los honores otorgados a Florey, ninguno le agradó tanto como el que le confirió en 1960 la Real Sociedad, la institución científica más antigua y de mayor prestigio del mundo. Una delegación compuesta por varios socios ilustres visitó a Florey, como otras análogas habían visitado en siglos pasados a Newton, Faraday, Darwin y Lister, y le ofreció la presidencia de esa corporación, momento de apoteósis para el modesto investigador australiano. "Es emocionante, ¿verdad?" comentó con un amigo suyo, mientras en sus ojos brillaba una pasión inusitada en él. Terminó sus fecundos cinco años de presidencia visiblemente envejecido, con el cabello completamente blanco, el paso más lento y arrugas en el rostro producidas por el dolor y la fatiga. Ethel falleció en 1966 y, al recibir ese golpe, Florey abrió ante sus hijos su corazón y su pensamiento como casi nunca lo hizo. Mencionó por primera vez sus ataques cardiacos. También expresó su preocupación por los efectos sociales de sus descubrimientos. "Tenemos ahora cierto dominio sobre la muerte, pero ya dudo si esto debió ser así. La población del mundo aumenta demasiado. Y supongo que yo, junto con los ingenieros de sanidad, soy tan responsable de este fenómeno como cualquier otro hombre".

En junio de 1967 Florey y la doctora Margaret Jennings, su colega y ayudante especial durante 30 años, se casaron en la oficina del Registro Civil de Oxford, y James Kent fue su testigo. Esa unión feliz sólo duró ocho meses. Una tarde, a mediados de febrero, Florey murió de un ataque cardiaco. El esplendor de los funerales en la Abadía de Westminster constituyó un homenaje impresionante, pero efímero, al hombre de trato difícil cuyo genio había captado el concepto de la antibiosis. Su verdadero monumento conmemorativo no está en la Abadía, ni en las becas o el edifico que llevan su nombre, sino en las vidas salvadas y en el conjunto de enormes tanques de fermentación que se alzan en cuatro continentes y vuelcan en ríos de penicilina pura, blanca y cristalina.

Una vez Florey rechazó indignado la propuesta de que una placa indicara los laboratorios de la Universidad de Oxford donde se obtuvo por primera vez la penicilina terapéutica. Pero hoy existe en el Magdalen College una rosaleda conmemorativa, y en ella una lápida con la siguiente inscripción:

Por salvar vidas,
mitigar padecimientos
e inspirar nuevas
investigaciones, toda la
humanidad está en
deuda con ellos.

Sigue la lista de los nombres de Florey y de nueve de sus colaboradores. Aparecen, como el Dr. Howard Florey hubiera querido, por orden alfabético.

Nos leemos.

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