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¿Un clavo saca a otro clavo?

Por PaulBB - 17 de Noviembre, 2011, 22:49, Categoría: Opinión

¿Cuántas veces hemos oído esta expresión, tan antigua como lo pueden ser los sentimientos que la inspiraron? Siempre que una persona anda por los suelos y dolida porque la pareja la ha dejado o engañado (o las dos cosas), nunca falta esa voz amiga, que en un intento por hacernos pasar el mal rato, nos sugiere este ejemplo de sabiduría popular. Sin embargo, ponerlo en práctica no es tan fácil como parece.

Y claro, todo depende de la relación de la que se acabe de salir, y sobre todo de cómo nos sintamos respecto de esa relación. Quizás si se trata de algo pasajero, o si no estuvimos muy comprometidos en el tema, es más fácil dar vuelta de hoja, e incluso no sentirnos mal sobre ello. Lo duro es cuando hemos querido mucho y no se puede dejar de pensar en esa persona.

Porque el periodo de duelo, en estos casos, es increíblemente largo y extremadamente doloroso. No se puede dejar de querer o recordar de un día para otro, ni tampoco existe la tecla Borrar en nuestro cerebro, esa bendita tecla que automáticamente nos recuperaría del pesar y nos pondría de nuevo en el camino. Es un proceso complicado, casi como recuperarse de una adicción, donde las recaídas abundan, y la fuerza de voluntad es la que hace la diferencia entre avanzar o quedarse en el hoyo. Y cuando la fuerza de voluntad no basta, es donde se sugiere al clavo.

Mas esta medida difiere en efectividad según se aplique en hombres o en mujeres, porque está hartamente demostrado que nuestras maneras de querer y de salir de una relación son muy distintas. Los hombres somos seres pasionales, reaccionamos acorde a nuestros impulsos; tras una relación fallida -en la mayoría de los casos- salimos diciendo "ella se lo pierde", e inmediatamente podemos enfilar nuestras atenciones a una nueva chica, a la que estamos dispuestos a querer, cuidar y proteger, como lo manda nuestro ADN. Una mujer en cambio, ante un rompimiento, puede pasarse mucho tiempo preguntándose qué hizo mal, a la vez que su mente está exclusivamente ocupada por ése, que aunque miserable, malo, canalla y sinverguenza, sigue siendo a quien ella ama; sigue siendo ése.

Entonces el famoso clavo, en estos casos, es muy probable que tenga la misma efectividad que si quisiera horadar una roca. Ella no puede darle su amor a un advenedizo, ni siquiera a un pretendiente que ella conozca bien. A lo mucho podrá darle unas sonrisas, unos besos y hasta algunas noches, pero cuando esté recostada en su cama y con la cabeza sobre la almohada, los últimos pensamientos del día, y quizás algún souvenir fugaz, estarán relacionados a aquél que la ha dejado. Porque cuando esté con el clavo indefectiblemente pensará en el otro y su cerebro se pondrá en piloto automático para ponerse a hacer comparaciones: él no le tomaba la mano así, él no la miraba de esa manera, él sabía hacerla reír, él sabía cómo hacerla llegar al cielo armado con sólo una mirada.

Al ser seres tan sentimentales, las mujeres necesitan de un golpe extremadamente fuerte -emocionalmente hablando- para poder reaccionar y darse cuenta de que todo ha terminado. Y sólo en ese momento un nuevo clavo podrá ir desplazando de a poquitos la herrumbre que dejó el anterior. Pero no entrará porque él lo quiso, de ninguna manera se trata de una victoria suya (no seamos ilusos), sino porque ella así lo decidió.

¿Y los hombres? Pues muy poco qué decir. El martillo está en el cajón de la mesa de noche.

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