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Historia

Un comentario chileno

Por PaulBB - 21 de Enero, 2008, 21:06, Categoría: Historia

Generalmente no suelo publicar los comentarios que recibo en este blog, tal vez por mi personalidad egocéntrica, y los dejo en la "lista de espera". No con mala intención, chicos, de verdad (si quieren que su comentario aparezca en el blog, indíquenlo). Sin embargo esta vez haré una excpeción porque me resulta muy interesante un comentario que dejó un vecino del Sur en la entrada que escribiera yo hace unos meses acerca de la guerra peruano-chilena. El amigo no indica nombre así que me referiré a él con el gentilicio que le corresponde: chileno. El mensaje que reproduzco a continuación sólo ha sido editado para una mejor lectura pero no afecta en nada su contenido, como puede dar fe nuestro amigo chileno (eso sí, las negritas son mías):

Hola.

Bueno sin querer me topé con este interesante articulo y ya que está de moda el tema limitrofe quiero dejar algunos comentarios (eso sí, sólo leí el artículo del 1ero de octubre, 2007 y ahora también un pedacito del del 28 de septiembre):

1º Felicitarte por la calidad de lo escrito, y las gracias por mostrar la perspectiva peruana en el conflicto de una manera clara, apegada a la historia y relativamente imparcial.

2º A pesar de todo me molesta un poco el tono "quejón" ya que como se menciona, el conflicto comenzó inicialmente entre Bolivia y Chile, y en vez de mediar en el conflicto (creo que ese hubiese sido el mejor camino) Perú se incluyó "solito" en la guerra con los catastróficos resultados para ustedes. Además en las guerras simpre se cometen atrocidades independientemente de las reglas (nomás vean en la historia universal: 1era y 2da Guerras Mundiales, por ejemplo)

3º Para aquellos que andan buscando una revancha ojalá se acordaran como Chile les ayudó a independizarse haciendo uso de una flota armada que Chile aún no terminaba de pagar (O'Higgins... sin dudas fue un gran tipo).

Finalmente un cordial saludo y esperando que algun día volvamos a vernos como hermanos y nos fortifiquemos en la amistad tal como pudieron hacerlo en Europa.

Disculpa que no haya puesto mi dirección de correo verdadera pero prefiero el anonimato. Ojalá que publiquen de todas formas este post.

Como diría Jason, de la película Viernes 13, "vamos por partes" (permítome algo de humor):

No veo, amigo chileno, la relativa imparcialidad, sino una imparcialidad total. Lo que comento en mis entradas (que por cierto, son de redacción totalmente propia, para algunos que preguntaron) son hechos contrastables y verificables en libros de historia que hay de ambos lados de la frontera. No me inventé nada, puedes corrobarlo tú mismo leyendo por ejemplo, al Sr. Vicuña Mackenna, sólo por citar un caso. Puede ser el caso que muestre cierto apasionamiento pero de ningún modo falseo la información. Reafirmo: todo lo comentado es absolutamente verificable. Hay historias, por ejemplo, que sí por ejemplo se me hacen ridículas e inmundamente chauvinistas y patrioteras, como una referida al Almirante Arturo Prat y las circunstancias de su muerte (tú conoces mejor la historia que yo). No dudo, ni por un instante, de la catadura moral y el heroicismo de su máximo héroe naval, por lo que tales historias truculentas y sucias que manchan su honra a mí simplemente, me causan arcadas.

El "tono quejón", amigo chileno, no es tal. Como escribí antes, el Tratado de Mutua Defensa existía, por lo que la intervención peruana era una cuestión de principios y también de legalidad. Ciertamente hubiera sido mejor pasar del tratado y pasar por cretinos y traidores (como se trató en cierto momento), pero tampoco se puede ir así por la vida. No "nos incluímos solitos", fueron las circunstancias antes explicadas.

Por otro lado, es cierto, muy cierto, que la Armada chilena fue pieza fundamental para lograr la independencia del Perú, al igual que la oficialía argentina y la tropa colombiana y venezolana, luego. Pero, amigo chileno, recordemos que aún Argentina y Chile, habiendo logrado su independencia, no tenían asegurada la libertad si antes Perú no lograba escapar del yugo español. Sabido es que el Virreinato del Perú era el de mayor importancia de la región y desde donde se impartían las directivas hacia el resto de América. Si el Perú no lograba su independencia, ninguna región que lograra la libertad sería realmente "libre". Es muy romántico decir que O'Higgins trajo los barcos por amor al prójimo; es casi la misma situación que la del francés Du Petit Thouars. Y no fue la única vez que Chile "ayudó" al Perú, recordemos que cuando España pretendió retomar sus colonias allá por 1866, Arturo Prat y Miguel Grau pelearon uno junto al otro, en las aguas del Pacífico, pues una caída peruana significaría el regreso de la opresión española.

Tu reflexión final es compartida: ojalá llegue el día en que todo esto se acabe. Es cierto que el encono es mayor del lado peruano que del chileno (al menos así lo aprecio yo), por la sencilla razón de que es más fácil olvidar para el que gana que para el que pierde, sino mira a los argentinos celebrando el aniversario de Las Malvinas (¿?).

Guerra, guerra, guerra... es el estribillo que se oye en las mentes afiebradas de viejos militares retirados y hombres de saco y corbata sentados detrás de un escritorio. Pero ¿quiénes van al campo de batalla? Chiquillos de 17-20 años que se matan entre ellos sólo porque se los ordenan. Menuda forma de ver la vida. Un saludo, amigo chileno (aprovecho en invitarte a la legión "alizéeísta" visitando alguno de los enlaces del menú de la izquierda. La prédica nunca la dejo de lado).

Nos leemos. 

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Harry Houdini

Por PaulBB - 28 de Octubre, 2007, 17:02, Categoría: Historia

En mayo de 1903 Harry Houdini se preparaba en un cabaret en Moscú. Para hacer publicidad a su número, visitó a Lebedef, el gigantesco y barbado jefe de la Policía Secreta de Moscú. Houdini le pidió que lo encerrara en la cárcel para demostrar con cuánta facilidad podría escapar. Lebedef, que conocía la reputación del mago, se negó sonriendo.

- Entonces, ¿qué le parecería la Carrette? -propuso Houdini al jefe de la policía.

Lebedef se río. La Carrette (cubo de dos metros cuadrados reforzado con acero) se utilizaba para transportar criminales peligrosos a Siberia. Tenía únicamente dos aberturas: una ventanilla enrejada de 20 centímetros de lado y una sólida puerta de acero. La llave con que se cerraba la puerta de la Carrette, en Moscú, activaba un mecanismo que sólo podía abrirse con una segunda llave, guardada en poder del gobernador de la prisión, en Siberia, a 3000 kilómetros de distancia.

- Nadie ha escapado nunca de la Carrette -advirtió Lebedef a Houdini-. Acepto su reto. pero una vez que lo encerremos tendremos que enviarlo a Siberia para que lo liberen cuando llegue allá.
- Yo me escaparé -insistió Houdini.

Lo desnudaron por completo, y después de registrarlo en busca de alguna llave falsa, fue esposado y encadenado, y a continuación introducido en el minúsculo cubo. Luego lo cerraron con llave y lo pusieron en el patio de la prisión con la puerta contra la pared. Veintiocho minutos después, bañado en sudor, Houdini apareció tambaleante detrás de la caja. Estupefactos, los agentes corrieron a examinar la Carrette. El sello colocado sobre la puerta estaba intacto, las esposas y cadenas que habían colocado al prisionero seguían allí, bien cerradas. Pero Houdini estaba libre. Cómo lo logró, es algo que continúa en el misterio.

"Es sólo un truco". Harry Houdini (artista del escape, mago, autor de más de 40 libros, inventor, actor de cine, aviador, atracción escénica y psicólogo) pasó por el mundo como un huracán entre 1895 y 1926, dejando atrás toda una serie de celdas carcelarias vacías, de esposas de acero burladas y de público maravillado. Sir Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, lo acusó de tener "poderes sobrenaturales". En Alemania, un periodista, asombrado por la facilidad con que Houdini había logrado escapar de una caja de embalaje sellada sin haber movido un solo clavo, declaró: "Houdini tiene la facultad de desmaterializar su propio cuerpo y atravesar las paredes". En Washington, el mago, con esposas en las manos, escapó airosamente de una celda de máxima seguridad de la penitenciaria federal. Luego, por jugar, hizo pasar a otros 18 presos a diferentes celdas antes de escapar al exterior: todo ello en 27 minutos.

En el fondo de cada muestra del arte de Houdini obraba una minuciosa atención a los detalles. Para prepararse a demoler la afirmación de que los faquires hindúes estaban dotados de poderes sobrenaturales que les permitían sobrevivir encerrados, pasó horas interminables dentro de una caja mientras sus ayudantes comprobaban su capacidad de permanecer consciente con una provisión de oxígeno muy limitada. Decididamente convencido de que podía igualar las hazañas de los faquires, se metió en un ataúd, cruzó las manos sobre el pecho y permitió que lo encerraran herméticamente en su interior. Hora y media después salió de allí, pálido pero con vida. Burlándose de cualquier alusión a  poderes sobrenaturales, dijo a los periodistas: "Es sólo un truco. No como ni bebo nada desde 24 horas antes y permanezco absolutamente inmóvil; de ese modo no consumo mucho oxígeno".

Margery, la médium. En su afán de desenmascarar "falsos médiums", Houdini era incansable. Su caso más célebre fue el referente a Margery, bella y rubia médium de Boston. Tan convincentes eran sus sesiones (en que colocaban bajo la mesa una caja con campanillas, por la cual se suponía que los espíritus respondían a las preguntas), que la conservadora y eminente publicación Scientific American se declaró dispuesta a pagarle el premio de 2500 dólares que había ofrecido por un contacto auténtico con el mundo de los espíritus. En junio de 1924 el mago (que había hecho una oferta de 10,000 dólares a cualquier médium que fuera capaz de provocar fenómenos psíquicos que él no pudiese igualar por procedimientos naturales) canceló un contrato teatral y se trasladó a Boston para desafiar a Margery. Después de estipular que él debería sentarse junto a la médium, Houdini sensibilizó la pierna derecha (que había de estar oprimida contra la izquierda de Margery durante la sesión), para lo cual por la mañana del día señalado se ató fuertemente una venda elástica debajo de la rodilla. Cuando se inició la sesión, la pierna de Houdini estaba tan sensible que habría podido detectar el estornudo de una mariposa a tres metros de distancia. Una vez apagadas las luces, y cuando Margery había entrado en trance, Houdini se levantó la pernera del pantalón, dejando la piel desnuda con la sedosa pantorrilla de la médium. Al hacer ésta con el pie un movimiento casi imperceptible para oprimir un botón oculto (maniobra que Houdini había sospechado desde hace mucho), la pierna de Harry vibró como un gong bien pulsado. El mago se puso en pie de un salto, acusó a Margery de impostora, denunció su proceder y volvió a su trabajo en el escenario, con sus 10,000 dólares y habiendo ahorrado 2500 a la revista Scientific American.

Fuera de la escena Houdini era un hombre tímido y pequeño (medía solamente 1.65 m. de estatura), que vestía siempre con ropa arrugada y hablaba haciéndose líos con los verbos y sus tiempos. En cambio en el escenario todo cambiaba. Houdini parecía adquirir la estatura de un gigante: le relucían los ojos, de color azul grisáceo; su dicción se volvía impecable; su traje era siempre inmaculado y el dominio de su arte era tal que, como dijo el difunto escritor Fulton Oursler: "Ese hombre podía escapar de todo, menos de nuestra memoria".

Un sueño realizado. El gran Houdini, cuyo verdadero nombre era Ehrich Weiss, nació en Budapest (Hungría) en 1874, el quinto de ocho hijos de un rabino pobre que emigró a EEUU cuando Ehrich aún era un niño de brazos. De pequeño vendió periódicos, lustró zapatos y trabajó en una tienda de maletas de Milwaukee (Wisconsin), donde gustaba de examinar en su tiempo libre las cerraduras de baúles y maletas. A los 16 años de edad, después de leer la autobiografía de Robert Houdin, el gran mago y diplomático francés del siglo XIX, empezó a soñar con llegar a ser él mismo un gran mago. Cuando cumplió los 17 su familia se trasladó a Nueva York, y Harry Houdini, como dio en hacerse llamar entonces, fue aprendiz de cortador en una fábrica de corbatas durante el día, y mago cuando alguien lo alquilaba para una función teatral por una noche o un fin de semana. Con algún amigo suyo o su hermano Theo como ayudante, presentaba, en excursiones campestres de bomberos, en fiestas de caldereros y reuniones de ciertos gremios, un sensacional número en el cual ejecutaba una escapatoria tan rápida como inexplicable.

En junio de 1894 conoció a una chica de Brooklyn de nombre Bess Rahner y se casó con ella después de un noviazgo de dos días. El matrimonio duró 32 venturosos años, hasta la muerte del mago.

En 1900, convencido de que podía abrirse paso en el gran mundo del espectáculo, Houdini se trasladó con su número a Nueva York. Pero la ciudad se mostró indiferente. Resentido, Harry dijo a Bess: "Haz las maletas, nos vamos a Londres". Una vez allí, el joven se presentó al empresario del Alhambra (el teatro de variedades más importante de la capital inglesa), le mostró su álbum de recortes y le pidió que lo sometiera a prueba. El empresario no se mostró impresionado por el hecho de que Houdini hubiera podido librar sus muñecas de las esposas norteamericanas. "Vaya a Scotland Yard", le indicó, "y si puede librarse de las esposas que ellos le pongan, quizá le dé una oportunidad".

Houdini fue a Scotland Yard y convenció a un jefe de detectives que lo pusiera a prueba. El detective llevó a Harry hasta una columna, le puso las esposas, se caló el sombrero y anunció que se iría a almorzar. "¡Espere un momento!" le gritó el mago. "¡Voy con usted!" Y entregando las esposas abiertas al atónito inspector, lo tomó del brazo y cruzó con él la puerta.

El relato de aquel suceso apareció en todos los periódicos de Inglaterra y pronto se difundió por Europa la fama de Harry como "el hombre al que no puede aprisionar grillete alguno, ninguna cárcel ni cerradura". En 1905 volvió a Nueva York. Ya era una celebridad.

Visitante sin invitación. El año 1913 fue decisivo en la carrera de Houdini. Mientras él iba rumbo a Copenhague, murió su madre, quien había ejercido profunda influencia en su vida. Sin poder resignarse a tal pérdida ni perdonarse el no haber estado junto a su lecho de muerte, dejó a un lado el escepticismo y empezó a visitar médiums y espiritistas con la esperanza de comunicarse con ella. Pero todos los que visitó resultaron simples charlatanes. La gota que derramó el vaso llegó en cierta ocasión cuando una voz (hablando inglés con un acento propio de la Universidad de Oxford) aseguró a Harry que era su madre y que estaba feliz en el "otro mundo". La madre de Houdini nunca había aprendido bien el inglés, y el poco que hablaba tenía un inconfundible acento judeoalemán. Furioso, Houdini emprendió una violenta campaña que lo convirtió en el terror de todos los espiritistas impostores.

En 1923, a la edad de 49 años, empezó a hablar de retirarse. Su popularidad, fomentada por sus actuaciones en el cine, nunca había sido mayor. Sin embargo tenía el presentimiento de su muerte inminente. Veía presagios en hechos extraños: el inexplicable sonido de la voz de su madre llamándolo por su nombre, las singulares reacciones de los animales en su presencia. En Nueva York, una noche lluviosa de octubre de 1926 telefoneó a Joseph Dunninger, célebre mago y adivino, y le pidió que fuera a su casa. Al llegar éste, Houdini le pidió que lo ayudara a llevar unas cajas a cierto almacén situado en el otro lado de la ciudad. Apenas se pusieron en camino, Houdini pidió a Dunninger de repente que regresara. Ya ante la casa, el primero se apeó del auto. Permaneció un rato bajo la lluvia sin decir palabra y luego volvió a subir al coche. "Sólo quería echar una última ojeada a mi casa", reveló. "Nunca volveré a verla".

Pronto salió Harry en una gira que lo llevaría a recorrer EEUU y Canadá. En Montreal dio una conferencia en la Universidad McGill sobre las imposturas del espiritismo. Ello enfureció a los médiums locales, que se decidieron unánimamente a atacarlo. Por la mañana del día de su última actuación en Montreal, Houdini yacía agotado sobre un diván de su camarín cuando llegaron varios estudiantes que habían asistido a su conferencia. Uno de ellos deseaba hacer un dibujo de Houdini y había sido invitado; los otros se presentaron sin invitación. De pronto uno de estos empezó a atacar las opiniones antiespiritistas del mago, quien, demasiado cansado para discutir, trató de calmar a su visitante, aunque sólo consiguió enfurecerlo más y hacerlo gritar: "¿Es cierto que usted es tan fuerte que puede recibir un golpe en cualquier parte del cuerpo sin sufrir daño?" Houdini murmuró algo. Su interlocutor empezó a golpearlo salvajemente en el plexo solar sin que el mago hubiera podido prepararse.

Aunque estaba gravemente lesionado, Houdini logró disimularlo, y lo cierto es que se presentó en el escenario para la función anunciada. Pero los días siguientes fueron para él un tormento, pues perdía y recobraba el conocimiento intermitentemente. En Detroit se desmayó y fue conducido al Hospital de la Piedad con el apéndice perforado y con peritonitis. Bess, que también había estado enferma, se reunió con su esposo en el hospital. El 29 de octubre Houdini, ya exhausto, se enfrentó a su problema final. "Mi madre nunca pudo ponerse en contacto conmigo", le dijo a Bess con voz jadeante. "Si algo sucede debes estar preparada. Recuerda este mensaje: Rosabelle, dulce Rosabelle". poco después Harry había muerto; falleció, cosa extraña, el 31 de octubre, víspera del día de Todos los Santos; temporada por tradición, de brujas y fantasmas.

Pero su muerte no puso fin a su historia. A lo largo de los años siguientes lo mismos médiums cuyos trucos tan laboriosamente había denunciado Houdini empezaron a decir que estaban recibiendo mensajes del mago desde el más allá. "Si Houdini sigue enviando tantos mensajes", comentó el popular humorista Will Rogers, "dejará sin trabajo a la oficina de telégrafos".

Durante los diez años siguientes, en cada aniversario de la muerte de su marido, Bess permaneció sentada en su hogar ante un retrato del maestro iluminado por velas, esperando una señal que nunca llegó. En 1936, diez años después de la muerte del Gran Houdini, Bess apagó la luz.

Pero entre los magos y prestidigitadores de hoy, aún hay algunos que cada año, en el día de Todos los Santos, se dirigen al lugar en que el maestro está enterrado. Y allí aguardan alguna señal de que el invencible Houdini haya logrado realizar el más sensacional de sus escapes.

Nos leemos.

PD.: Este artículo apareció en la revista Selecciones del Reader's Digest en mayo de 1976, y fue escrito por James Stewart-Gordon (Gracias J. P. Hamilton por los créditos).

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Fin de la Guerra

Por PaulBB - 8 de Octubre, 2007, 19:20, Categoría: Historia

Las fuerzas militares que defendían Lima eran ahora polvo, destruídas y acabadas por el ejército chileno. Sin embargo aún quedaban peruanos que querían seguir combatiendo, que no estaban dispuestos a resignarse al hecho de bajar la cerviz y aceptar la humillación. Recordemos.

Andrés A. Cáceres había sido sacado del campo de batalla, en Miraflores, gracias a una astuta estratagema de sus soldados y ahora, ya recuperado, se disponía a alistar un nuevo ejército con el cual enfrentar a las fuerzas chilenas. Sin soldados a quienes recurrir, Cáceres decidió que los únicos que podían combatir eran los ciudadanos de Lima: hombres, ancianos y chiquillos, pero no se dio. Los habitantes de la ciudad eran temerosos de participar en un enfrentamiento luego de haber visto el poderío y la eficacia de Chile en el campo de batalla. Entonces Cáceres dejó Lima y enrrumbó hacia los Andes.

Cuando Cáceres llegaba a un pueblo pedía a los párrocos o sacerdotes que hiceran tañir las campanas para convocar a los pobladores para hablarles de la situación en la que se encontraba el país. Se dirigía a los campesinos en estos términos: "¡El Perú está en peligro, hay que defenderlo!". Entonces los campesinos le preguntaban y se preguntaban a ellos mismos: "Y quién es ese 'Perú' al que hay que ir a defender?". Esta insólita respuesta se daba por el triste hecho de que en los andes peruanos, la nula presencia del Estado hacía que se viva una especie de feudalismo, donde los "gamonales" eran los dueños de enormes áreas de tierras de cultivo y tenían a los indígenas trabajándolas, a cambio de alimento y vivienda. Lamentable situación por la cual cuando Cáceres les pedía defender al Perú, los campesinos creían que "Perú" era una persona. El mariscal cambió el discurso: "¡Los chalinos nos invaden y quieren quitarles su pachamama! ¿Lo van a permitir?". El término "chalino" era usado como chileno y la pachamama era la "madre tierra", elemento ancestral de la etnia inca. El mariscal Cáceres reunió así a 5000 peruanos dispuestos a luchar para conservar su pachamama. Pero eran aldeanos, no militares, y a pesar de su valor para combatir se presentaban con azadas, rastrillos, lampas, hondas y piedras, en una milicia conformada por hombres y mujeres, sin la menor noción de como formar o atacar como un batallón.

Cuenta Cáceres, en sus memorias, que los campesinos no tenían idea de cual era su izquierda y su derecha, cosa que complicaba muchísimo si nos damos cuenta que para combatir se debe saber hacia donde ir o desde donde se está siendo atacado. Como los campesinos no lograban entender el concepto, Cáceres envió a uno de sus colaboradores a traer toda la "cancha" (maíz tostado) y "kisu" (queso) que encontrara. Reunió a sus milicia y a cada uno le fue poniendo en su mano derecha la cancha, y en la izquierda, el queso. Y les dijo que en la batalla, cuando él gritara cancha o queso, se deberían mover al lado que correspondía. Así se solucionó esta situación, de entre otras tantas anecdóticas.

Con su milicia entrenada, Cáceres se dispuso a enfrentar al ejército chileno que lo había ido a buscar. Fueron sendas victorias en las batallas de Marcavalle, Concepción y dos veces en Pucará. El Mariscal había logrado que un grupo de aldeanos derrotaran a soldados de un ejército regular. Estas victorias sorprendían sobremanera a los jefes militares chilenos Baquedano y Lynch, quienes enviaban tropas a combatir contra Cáceres y estos ya no volvían, entonces deciden enviar a uno de sus mejores hombres, si no el mejor, Pedro Lagos, para que vaya a apoyar a los generales Canto y Letelier, en la sierra.

En la batalla, las fuerzas chilenas superaban a las peruanas en número y esto lo sabía Cáceres, que ideó otra treta. Esta vez pidió que le traigan mucha ropa y a todos los camélidos (llamas y guanacos) que encuentren; los vistió y los apostó en las cumbres de los cerros. Durante el combate, cuando la cosa pintó desfavorable, Cáceres hizo la señal respectiva para que desde arriba los campesinos azuzaran a los animales y estos bajen en estampida, levantando polvo, y armaron tal alboroto que los soldados chilenos pensaron que eran refuerzos, creando confusión que fue aprovechada por la milicia del Mariscal. Así se logró la victoria en la localidad de Sangrar. Cáceres era visto como un caudillo, era su "Tayta" (Señor)  para los milicianos, y estos estaban dispuestos a marchar a Lima, para recuperar la capital.

Mientras tanto en Cajamarca, el general peruano derrotado en la batalla de San Juan, Miguel Iglesias, logró una victoria en la batalla de San Pablo. Este hecho haría que los hacendados cajamarquinos lo vieron como a un líder y tal era la anarquía en ese momento que lo nombraron Presidente. Pero el cargo no era gratuito. A cambio, los hacendados exigían que Iglesias firme la paz con Chile, aceptándose la entrega de los territorios en disputa. Hay muchas teorías respecto al porqué de esta increíble petición, pero la que cobra más fuerza es el temor de los terratenientes a perder sus haciendas a manos de la milicia de Cáceres, pues en el caso de una victoria peruana, Cáceres les quitaría sus tierras para repartirlas entre los campesinos que habían peleado contra los chilenos.

Así es que Iglesias da el tristemente famoso "Grito de Montán", donde pide la paz a Chile. Cáceres y su milicia son sorprendidos por la noticia, la moral de los campesinos cae por los suelos: mientras ellos peleaban por su "pachamama" había otros que se resignaban a perderla, y peor aún, a entregarla voluntariamente. El desconcierto es aprovechado por el ejército chileno; en la batalla de Huamachuco Cáceres es derrotado. En Lima se firma el Tratado de Ancón, donde el Perú entrega Tarapacá a Chile, y Arica y Tacna quedarían bajo control chileno durante 10 años, transcurridos los cuales se haría un plebiscito para que los pueblos decidan su nacionalidad.

De este modo terminaría la guerra contra Chile. Me siento apesadumbrado, nos leemos. 

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Recuerdos históricos (continuación)

Por PaulBB - 1 de Octubre, 2007, 20:14, Categoría: Historia

Luego de haber perdido el combate naval, Perú aún tenía una opción de reivindicación si ganaba los combates terrestres. Leamos.

Campaña de Tarapacá o Del Sur

Se produce el primer desembarco chileno en Pisagua, que se ubicaba al norte de Tarapacá. Una hábil maniobra militar pues de este modo el ejército chileno desembarcaba en una localidad desprotegida militarmente y tomaba al ejército peruano por sorpresa, pues la tropa peruana esperaba el desembarco chileno en la misma Tarapacá. Las batallas de Pisagua y San Francisco son sendas victorias chilenas. Queda por resaltar que el número de soldados en ambos bandos o la proporción de efectivos militares era de 3,5 a 1 favorable a Chile. En la batalla de Tarapacá, el batallón Zepita bajo el mando de Andrés A. Cáceres lograría una victoria peruana (única batalla donde la proporción fue de 1 a 1). Días después Chile retomaría Tarapacá pues no se enviaron los refuerzos necesarios para consolidar la victoria. Los chilenos seguían subiendo en el mapa.

Campaña de Tacna y Arica

Volviendo a usar la táctica que tan bien les había resultado, los chilenos desembarcan por Ilo (Moquegua) y bajan hacia Tacna y Arica. Se da una primera batalla en la localidad llamada "Ángeles", que sería una victoria chilena. En la batalla del Alto de la Alianza, en Tacna, que volvemos a perder, Bolivia decide retirarse de la guerra. Si hasta ahora no se ha mencionado a los bolivianos fue porque estos no representaban poderío militar alguno, además, la guerra los había dejado en la bancarrota total y el Gobierno boliviano no podía solventar ya los gastos de la guerra. El Perú desde ese momento combatiría en solitario.

Fue en Arica, donde se daría la última batalla de esta campaña. El enviado de las tropas chilenas Juan de La Cruz de Salvo se reúne con el jefe de las tropas peruanas, el coronel Francisco Bolognesi, para pedirle la rendición del Perú ante la inminente toma de Arica. Bolognesi pronunciaría, ante este pedido, las palabras que hasta hoy lo hacen célebre: "Tengo deberes sagrados que cumplir, y los cumpliré hasta quemar el último cartucho". Chile arrasaría en Arica, la parte sur del Perú estaba perdida.

Tras la victoria, el Gobierno chileno envía al Perú al militar Patricio Lynch con un objetivo claro: lograr la ruina económica del Perú. Para este fin se vale de unos medios que hoy podrían considerarse como crímenes de guerra, pues "El Príncipe Rojo" se dedicó a quemar y destruir haciendas peruanas, cortando de este modo la producción de alimentos e insumos militares.

Por esas fechas, Estados Unidos envía un barco en el cual los representantes de ambos países deberían tratar de poner fin al conflicto, el "Lackawana". La reunión se dio, sin embargo las pretensiones de Chile para terminar la guerra eran inadmisibles: Tarapacá, Arica, Tacna y Moquegua. Lógicamente, el Perú no aceptó, y Estados Unidos se retiró. Chile se prepara para el golpe final, tomar la capital peruana: Lima.

La Campaña de Lima

Ante el inminente ataque chileno sobre Lima, el presidente peruano Nicolás de Piérola, organiza dos líneas de defensa: la primera en San Juan y la segunda en Miraflores. Sin embargo Piérola, que no era militar, es duramente cuestionado pues el ejército peruano contaba con muy pocos efectivos y el hecho de dividirlos los hacía muy vulnerables, pues lo más apropiado hubiera sido que peleen todos juntos. Piérola consideró que las dos líneas de defensa eran lo que correspondía antes esta situación.

Cuando Chile desembarca en Lima lo hace en tres puntos: San Pedro, Curayacu y Lurín. Piérola, al ver el enorme contingente chileno dicta una ley por la cual todos los peruanos varones, incluídos los adultos mayores y los chicos en edad en escolar deberían participar en la guerra (a día de hoy, centros educativos como el colegio Nuestra Señora de Guadalupe y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos guardan en sus relicarios, los uniformes y el armamento que usaron sus alumnos). Las escaramuzas son cruentas y siempre favorables para Chile donde destacaría un detalle entre los muchos que inclinarían la balanza siempre a su favor: mientras el ejército chileno tenía como único armamento a los fusiles Remington, el ejército peruano usaba armas de todo tipo. ¿Y cuál era la desventaja? La falta de municiones; cuando los soldados peruanos necesitaban balas se daban con la situación de que ya no había, o si había pues eran de otro calibre u otro tipo de arma. Tal era el grado de incompetencia de nuestro poco preparado ejército ante esta guerra.

En la batalla de San Juan, la primera línea defensiva peruana al mando de Miguel Iglesias es derrotada en el Morro Solar. Iglesias es tomado prisionero. Sin fuerzas militares que los contengan, los soldados chilenos se dedican a combatir "casa por casa" en el distrito de Chorrillos. El modo era simple; tocaban la puerta, se metían a las casas, se llevaban lo que servía, destruían lo que podían, mataban a los hombres y en ocasiones ultrajaban a las mujeres y niñas (tamaño sadismo es contado tanto por historiadores peruanos como chilenos). El ejército de Chile seguía su camino hacia Lima, destruyendo esta vez el distrito de Barranco.

Tras la fácil victoria, el grueso del ejército chileno se había dedicado a la celebración, al punto de encontrarse totalmente ebrios. El jefe de las tropas chilenas, Manuel Baquedano, ordena la liberación de Miguel Iglesias y le indica que le diga al presidente Piérola que Chile busca una tregua. Obviamente, Baquedano había notado la vulnerabilidad de su ejército, diezmado por el alcohol, y quería dejar pasar unos días ante el posible hecho de que las tropas peruanas decidieran realizar un ataque sorpresivo. Cuando Iglesias se reúne con Piérola le indica la situación del ejército chileno. Andrés A. Cáceres, que se encontraba ahí (había sobrevivido a la Campaña de Tarapacá) se da cuenta de la situación y le pide a Piérola 2000 reservistas para ir inmediatamente a atacar a las tropas de Baquedano. Piérola se negaría, por temor a una derrota que acabaría definitivamente con los únicos soldados peruanos que quedaban para la defensa de Lima.

Cuando los soldados chilenos ya estaban recuperados de la "resaca" se produce la batalla de Miraflores, donde la última línea defensiva peruana, bajo el mando de los generales Cáceres, Iglesias, Canevaro y Panizo, sería aniquilada. Cáceres es herido de gravedad y, el ejército desmoralizado, pierde la batalla. Es este combate, uno de las pocos en el que el ejército chileno no practicó el "repase" (muerte a los soldados que habían caído heridos) donde se les escaparía un enemigo que luego les traería problemas. Baquedano había permitido que la tropa peruana recoja a sus muertos para llevárselos a enterrar, sin embargo había ordenado la captura de Cáceres, a quien le tenía especial tirria desde la derrota que sufriera en Tarapacá, pero no lo encontraba. "¿Dónde está Cáceres? ¡Encuéntrenlo, ha caído herido en el combate!". Sin embargo, los soldados peruanos habían metido al mariscal, aún con vida, en un ataúd y lo sacaron con los demás muertos.

El Perú, sin defensas ahora, estaba a merced de Chile.

Ocupación de Lima

Patricio Lynch y sus tropas, que venían desde el norte del Perú luego de acabar con las haciendas, se encuentran con Manuel Baquedano y ambos entran triunfantes a la Plaza de Armas (actual Plaza Mayor). Para esto ya el presidente Nicolás de Piérola había fugado a la sierra peruana, a Ayacucho. Lynch y Baquedano toman prisionero al alcalde de Lima, Rufino Torrico y lo conminan a aceptar la ocupación de Lima a manos de Chile. El alcalde, sin más que hacer, acepta y es así que los chilenos se instalan en el Palacio de Gobierno. Como hechos particulares de estos momentos se podría señalar que en esa época la bandera chilena se izaba en Palacio de Gobierno en vez de la peruana. También se puede mencionar que ocupada ya la ciudad de Lima, los soldados chilenos solían desfilar por la calle principal de esos tiempos, el Jirón de la Unión, y que para evitar los ataques de los ciudadanos usaban a los bomberos como escudos humanos. También se recuerda que las tropas chilenas saquearon la Biblioteca Nacional, llevándose ejemplares valiosísimos y cuando terminaron usaron la biblioteca como caballeriza; además destruyeron la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Tal grado de enajenación se nos hace ahora inconcebible, Chile masacraba y desgarraba al Perú a su antojo. Sin embargo, aparecería un personaje que pararía esta barbarie.

Llega a las costas peruanas el almirante francés Abel Du Petit Thouars con una pequeña armada y se entrevista con Baquedano y Lynch, conminándolos a terminar con la destrucción de la ciudad o de lo contrario él, y por extensión, Francia, se verían en la necesidad de intervenir y combatir contra Chile. Aunque algunos tomen esto como un gesto altruísta y generoso de parte del gobierno francés pues no lo es tanto, pues hay que recordar que Francia tenía inversiones en el Perú y que tanta destrucción ponía en peligro sus capitales. La intervención de Du Petit Thouars sirvió para que Chile, prudentemente, se calmara. Además, no era un secreto que Inglaterra financiaba a Chile para afrontar la guerra, y ya entonces existía una franca rivalidad entre franceses e ingleses.

Francisco García Calderón es nombrado, por Chile, como Presidente del Perú, ante las protestas de Nicolás de Piérola quien aún decía que era el Presidente en funciones. Los chilenos reconocen a García Calderón y desconocen a Piérola, iniciándose así una vez más las negociaciones para el fin de la guerra. Manuel María Gálvez, Ministro de Relaciones Exteriores peruano se entrevista con los diplomáticos chilenos quienes persistían en su posición de detener la guerra a cambio de la cesión de Tarapacá, Arica, Tacna y Moquegua. García Calderón no acepta y es deportado junto con su familia a Chile. Mientras tanto, en Arequipa, una junta de hacendados nombra como Presidente a Lizardo Montero.

Manuel Baquedano todavía se encontraba con cierta preocupación pues hasta ahora no habían podido encontrar a Andrés A. Cáceres, desaparecido en la batalla de Miraflores. Pronto tendría noticias de él, de la forma que menos esperaba.

(continuará)

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Recuerdos históricos

Por PaulBB - 28 de Septiembre, 2007, 20:22, Categoría: Historia

La historia es fascinante, sobre todo si se trata de la historia propia. Las primeras imágenes que se me vienen a la mente al recordarme con libros en la mano son de cuando yo tenía 4 o 5, y andaba para todos con libros de historia y la novela "Corazón" de Edmundo de Amicis. Supongo que mucha de mi personalidad fue forjada más por los libros que leí que por mi entorno social y no es que sea un ratón de biblioteca ni un científico que se desvive por encontrar nuevos teoremas, pero sí encuentro verdadero placer en la lectura.

Hace unas semanas chateaba con un buen amigo chileno acerca de fútbol, política y también historia. Fue divertido y a la vez sorprendente como un mismo hecho (la guerra que hubo entre nuestros países) es contado de formas tan distintas de cada lado de la línea de la frontera. Quedó pendiente entonces que cada uno de nosotros contara su versión, la historia que se nos cuenta cuando chicos acerca de este conflicto que ha dejado huellas que hasta el momento son reacias a ser borradas. Espero que me envíe su reseña pronto pero mientras tanto yo iré contándoles la mía.

La Guerra entre Perú y Chile

También se le llama "La Guerra del Salitre" o "Guerra del Pacífico" (por el océano que baña nuestras costas) y ha sido sin dudas el evento internacional que más recordamos los peruanos, algunos con ánimo revanchista, otros como en mi caso, como un hecho histórico trascendental. A pesar que en la guerra participaron tres países, Perú, Chile y Bolivia, se suele dejar de mencionar a este último por razones que en el transcurso del relato se van a detallar. Vayamos ubicándonos en el contexto.

Los presidentes de aquella época, antes del inicio de la guerra eran Manuel Ignacio Prado (Perú), Aníbal Pinto (Chile) e Hilaríon Daza (Bolivia). Es importante mencionarlos pues ellos serán partícipes importantes dentro de esta "guerra del salitre". Pero, ¿por qué ese nombre? Porque evidentemente, la causa principal de esta guerra, fue por el salitre, mineral que por aquellas épocas (1870-1900) era usado como abono y como elemento fundamental para la elaboración de la pólvora. Miren el mapa:

Como se puede apreciar, antes Perú y Chile no tenían una frontera común pues Bolivia estaba en medio. Fue a causa de la guerra que los mapas quedaron delimitados como se conocen en la actualidad.

En Sudamérica había dos zonas con un alto potencial salitrero: Antofagasta (Atacama) que en ese entonces le pertenecía a Bolivia; y Tarapacá que quedaba en el Perú. Para entender a cabalidad el porqué de la guerra hay que analizar primero el conflicto entre Chile y Bolivia.

Conflicto chileno-boliviano

Estos dos países tenían una controversia limítrofe que en la historia es conocida como "El problema de los paralelos". Resulta que Bolivia consideraba que su territorio llegaba hasta el pararelo 25, y Chile decía que no, que sólo hasta el paralelo 23. El área en disputa fue motivo de debate por mucho tiempo, hasta que el presidente de Bolivia en esos años, Mariano Melgarejo, en un hecho insólito (no se me ocurre otra palabra) decide darle a Chile, como medida para evitar un probable conflicto armado, "derechos de explotación" hasta el paralelo 24, es decir, otorgaba facultades a Chile para que explotaran los recursos naturales en ese área, rica en salitre.

Cuando Hilarión Daza asume el poder en Bolivia (mediante un golpe de Estado) nota la tremenda cantidad de salitre que Chile explotaba en un territorio que él consideraba boliviano, dando casi nada a cambio, y decide crear un impuesto: por cada quintal de salitre (45,5 kg) que sea extraído: La "Compañía de salitre y ferrocarriles de Antofagasta" (empresa chilena de capitales ingleses) deberá pagar diez centavos más de lo establecido por contrato. Para hacer cumplir su nueva ley, Daza amenazó a la "Compañía..." con expropiarla y rematarla al mejor postor.

Obviamente esto no cayó nada bien al gobierno de Aníbal Pinto, quien defendiendo los intereses de la empresa chilena comprometida, adujo la ley que antes dictara el ex-presidente Melgarejo. Hilarión Daza no dio su brazo a torcer, arguyendo el peregrino argumento de que ése contrato llevaba la firma de Melgarejo y no la suya, y volvió a amenazar con la expropiación de la "Compañía...". Ante la terquedad y bravuconería de Daza, Chile decide iniciar acciones armadas. En una rápida maniobra la Armada chilena toma las costas de Antofagasta y aniquila, literalmente, la resistencia de las tropas bolivianas, tomando así el control territorial de esa localidad. Hilarión Daza inmediatamente se contacta con el presidente del Perú, Mariano I. Prado.

Perú entra a la guerra

¿Por qué Hilarión Daza buscó apoyo en el Perú? En 1873, seis años antes de la guerra, el entonces presidente peruano Manuel Pardo firmó un tratado de Mutua Defensa (que era secreto, previendo un probable conflicto con Chile) con Bolivia. Se había buscado también la firma de Argentina, pero estos rehusaron pues tenían algunos conflictos limítrofes con Bolivia y dijeron que sólo firmarían cuando se hayan resuelto, por otro lado, se rumoraba de un tratado entre Chile y Brasil, hecho que influyó sin dudas para que Argentina declinara el ofrecimiento peruano.

Años después, Daza acudiría a Prado pidiendo la ejecución y puesta en marcha del tratado de Mutua Defensa, pues Chile había invadido Antofagasta. El presidente Prado anuncia el inmediato envío del Ministro de Relaciones Exteriores hacia Chile, pero con el propósito de que el Perú participe como "mediador" y se buscara una solución pacífica al lío chileno-boliviano.

Cuando el ministro Lavalle llega al puerto chileno de Valparaíso (entre pifias e insultos por parte de la población) se entrevista con el presidente Pinto y le expone su propósito, que consistía en un inmediato retiro de las tropas chilenas apostadas en Antofagasta para que el Perú adopte su papel de mediador. Aníbal Pinto calificó de inaceptable tal pedido pues conocía el tratado que Perú había firmado con Bolivia. Lavalle, en una actitud absurda, negó la existencia de tal documento. En esas circunstancias se estaba cuando Hilarión Daza, enterado de la entrevista del Ministro con el Presidente, decide declararle la guerra a Chile. Aníbal Pinto le pide a Lavalle que el Perú se mantenga como "neutral" en el conflicto.

El Ministro regresa al Perú y comunica los resultados de la reunión al presidente Prado, quien deja que sea el Congreso el que decida la posición que el país adoptaría ante la guerra. El Gobierno de Chile exige una respuesta inmediata ante el inicio de las hostilidades, pero Prado sostiene que mientras el Congreso no se pronuncie él no tomará una decisión. Chile no esperaría y el 5 de abril de 1879 le declara la guerra al Perú.

Campaña marítima

El dominio del mar era fundamental para romper así las vías de comunicación y evitar un posible desembarco en tierras propias, además de una improbable "llegada de refuerzos". En ese aspecto Chile nos superaba. Los barcos militares de la época eran (de menor a mayor capacidad militar): transportes, corbetas, monitores, fragatas y acorazados. El Perú contaba en su armada con embarcaciones hasta el nivel de fragatas, en cambio Chile era el único país de Latinoamérica en tener acorazados. Muchos historiadores concuerdan en el hecho de que Chile se preparó militarmente para enfrentarse al Perú y que Bolivia era sólo un paso previo, claro ejemplo de ello es que la toma de Antofagasta fue una masacre para los bolivianos ¿Por que Chile iba a armarse tanto si Bolivia, militarmente, no representaba ninguna amenaza? Los almirantes chilenos y los altos mandos del ejército eran enviados a Inglaterra donde recibían preparación de la poderosa Armada inglesa.

El primer encontronazo entre los barcos peruanos y chilenos se dio en Chipana, donde sólo se efectuaron algunos disparos de cañón y maniobras disuasivas como "midiendo" el poderío de ambas escuadras. El primer combate real se dio en el puerto de Iquique.

Combate de Iquique

El jefe de la Armada chilena, almirante Williams Revolledo, ordena la toma y el bloqueo de Iquique para evitar así una fuga del salitre peruano por el mar. El presidente Prado convoca al almirante Miguel Grau y lo pone al mando de la escuadra naval peruana que tenía como misión romper tal bloqueo y recuperar Iquique. Es así que Grau al mando del monitor "Huáscar" y el almirante Moore al mando de la fragata "Independencia" parten desde el Callao rumbo al sur donde los esperaban los barcos chilenos "Esmeralda" y "Covadonga". En este combate se puso en evidencia la poca preparación de la Armada peruana. Al momento del enfrentamiento las balas disparadas por los artilleros peruanos del "Huáscar" no acertaban a ningún blanco, es por eso que Grau ordena el ataque a la "Esmeralda" usando el "espolón". El espolón era como una especie de punta ubicada en el frente del barco que era usada a modo de lanza para romper el casco de los buques enemigos y provocar así su hundimiento. Grau persigue a la "Esmeralda" y logra hundirla a certeros espolonazos.

Mientras tanto, la "Independencia" iba detrás de la "Covadonga", persiguiéndola para espolonearla. El buque chileno aprovechó su menor tamaño para dirigir la persecución cerca a la orilla. La "Independencia" no notó que debido a su envergadura, una navegación tan cercana a la orilla la hacía proclive a que choque contra alguna piedra y provoque su encallamiento. Eso pasó y la "Covadonga" logró hundir así a nuestro mejor elemento naval. El barco chileno decidió regresar y apoyar a la "Esmeralda", pero ésta ya había sido hundida por el "Huáscar", por lo que decide marcharse, lográndose así una victoria peruana.  

El almirante Moore, que había sobrevivido al hundimiento de la "Independencia", regresó al Perú para rendir cuentas ante el Congreso acerca del hundimiento de nuestro barco mejor equipado militarmente. Sería acusado de negligente y además de cobarde (por lo del dicho de que "el último en abandonar el barco es el capitán") y sería arrestado. El presidente Prado, al notar que sin la "Independencia" la suerte de la guerra estaba prácticamente echada, encomienda a Grau que se dedique a atacar a la Armada chilena y ganar tiempo para la preparación del combate terrestre. Ante esta misión calificada como "suicida", Miguel Grau aceptó.

"Las correrías del Huáscar"


El monitor "Huáscar"

Como se explicó antes, el objetivo de Grau era retrasar el inminente desembarco chileno por unos días para preparar al Ejército. Grau y el "Huáscar" lograron detener el desembarco chileno por 5 meses (mayo - octubre, 1879) mediante exitosos ataques sorpresivos. El monitor "Huáscar" y la corbeta "Unión" causaban zozobra en territorio chileno atacando y replegándose rápidamente. Como era de esperarse, el presidente de Chile, Aníbal Pinto, exige explicaciones al comandante de la Armada chilena Williams Revolledo. En ésas circunstancias llega la noticia de que Grau ha logrado capturar al transporte chileno "Lima" y que se lo había llevado al Perú. Pinto se lo increpa a Revolledo quien no se explica el hecho de que dos barcos logren burlar a su Armada entera. El comandante Revolledo presenta su renuncia y asume el cargo Galvarino Riveros con un objetivo claro: capturar al "Huáscar".

El combate de Angamos

El 8 de octubre de 1879, dos divisiones de tres barcos cada una bajo el mando de los acorazados "Cochrane" y "Blanco Encalada" parten hacia Angamos. El almirante Grau, que conocía de la situación ordena al almirante Aurelio García y García, al mando de la corbeta "Unión", que regrese a las bases y organice la resistencia peruana; estaba decidido a inmolarse.

Grau y el "Huáscar" se enfrentaron primero a cuatro barcos: el "Loa", el "O'Higgins", el "Matías Cousiño" y la "Covadonga", luego llegarían los acorazados "Cochrane" y "Blanco Encalada" rodeando los seis al monitor peruano. Un cañonazo destruye la torre de mando donde se encontraba el almirante Miguel Grau y su ayudante, el teniente Diego Ferré, muriendo ambos en el acto. Asume la comandancia el teniente Elías Aguirre quien también fallecería y asumirían alternadamente la dirección del barco los tenientes Melitón Carbajal y Melitón Rodríguez, quienes trataban de atacar con el espolón a los acorazados que se encontraban rodéandolo. Más balas de cañón harían caer a la tripulación inmisericordemente. Toma el mando el teniente Pedro Garezón, que al ver imposibilitada la opción de seguir atacando pues las balas chilenas habían destrozado la artillería peruana y acabado con el espolón, toma la valiente decisión de abrir las válvulas del "Huáscar" para que se hunda en medio del mar. Los marinos chilenos evitaron la acción irrumpiendo en la cubierta del monitor y cerrando las válvulas.

Como epílogo de este combate quedaría la nota que enviara el comandante chileno Galvarino Riveros al Ministerio de Guerra de su país:

"La muerte del contralmirante peruano, don Miguel Grau, ha sido, señor comandante general, muy sentida en esta Escuadra, cuyos jefes y oficiales hacían amplia justicia al patriotismo y al valor de aquel notable marino..."

El glorioso monitor "Huáscar" está ahora en la bahía de Talcahuano, en Chile. Se explica ahora el porqué recordamos cada 8 de octubre la gesta de nuestro símbolo máximo del patriotismo nacional, Miguel Grau Seminario. 

Chile tenía el dominio del mar y ahora sólo quedaba definir el destino de la guerra en tierra.

(continuará) 

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La aventura de la penicilina (parte final)

Por PaulBB - 26 de Julio, 2007, 20:34, Categoría: Historia

La penicilina va a la guerra

La muestra de penicilina que Florey envió al norte de África intrigó tanto a los médicos del Ejército británico establecidos en El Cairo que obtuvieron un poco del moho de Fleming "por medios particulares" y establecieron una granja de hongos en los sótanos relativamente frescos del antiguo palacio de los jedives. Utilizaron filtrados simples del jugo amarillento para tratar infecciones superficiales, y obtuvieron éxitos notables. Luego, a mediados de 1943, Florey fue para allá con un grupo de diez cirujanos para averiguar cómo podría usarse mejor la penicilina en una zona de guerra. En julio, la llegada de soldados ingleses heridos durante la invasión de Sicilia proporcionó lesiones en las cuales probar la droga. Pero pronto resultó evidente que el tratamiento debía comenzarse antes de que se propagara la infección. Por tanto, la penicilina fue llevada a los hospitales de campaña.

La cirugía militar tradicional aconsejaba dejar abiertas las heridas grandes para limpiarlas perfectamente y después curarlas y coserlas, pues se habían producido graves accidentes cuando se cosían demasiado pronto y quedaban dentro bacterias tóxicas. Pero rompiendo audazmente con la tradición, Florey las bañó con penicilina y las saturó inmediatamente, dejando a veces pequeños tubos de caucho insertados para poder aplicar más tarde una solución de la droga hasta que la curación fuera completa. Algunos médicos se mostraron renuentes a aceptar el nuevo método, y un escéptico cirujano del Ejército, con el rostro enrojecido por la ira, exclamó "¡Esto es un crimen!"

Pero era exactamente lo contrario. Las heridas sanaban con frecuencia en la primera tentativa. La extensa lista de 300 casos preparada por el equipo de cirujanos de Florey hacía hincapié en la rapidez de la curación, y se refería una y otra vez a soldados malheridos que al cabo de unas cuantas semanas volvían a la lucha. Tan revolucionarias fueron los resultados que llamaron la atención de Eisenhower y Montgomery. Algunas veces la cura era tan rápida que el problema de cuándo debía un hombre volver a combatir después de haber sido herido adquirió un cariz más psicológico que físico.

Florey ansiaba llevar la penicilina al campo de batalla y hacer de ella un producto que pudiera inyectarse en el frente para suprimir la infección desde el principio, pero por el momento era imposible, debido a la escasez de la droga. Sin embargo, lo entusiasmaron los resultados obtenidos en sus tres meses de pruebas clínicas hechas en la zona de combate. Impresionado, el Ministerio de Guerra preparó rápidamente cursos especiales para instruir al personal médico que llevaría consigo penicilina durante las invasiones de Italia y Normandía. El científico australiano llevó una muestra de moho a Moscú para instruir a los rusos en la elaboración y aplicación de la penicilina. Mientras, desilusionado por la lentitud del esfuerzo industrial británico, advirtió que, cuando comenzara la invasión de Europa, la posibilidad de abastecer a Inglaterra dependería en gran medida del ingenio y de la generosidad de los norteamericanos.

"Mary Moho"

La suerte ejerció considerable influencia en el éxito de la elaboración de penicilina en gran escala en los Estados Unidos. En los laboratorios de Peoria, durante la busca mundial de un hongo que rindiera más penicilina que el P. notatum, no dejaron de investigar los que crecían en la zona. Se pidió a los habitantes de la ciudad que llevaran muestras de todas clases de moho que pudieran encontrar, por ejemplo, de los que crecían en zapatos húmedos, frutas en descomposición y pan o queso viejos. Una mujer, Mary Hunt, destacó por su entusiasmo en esa tarea. Cubos para basura, cajas de cartón desechadas y fruterías constituían sus fuentes favoritas. Al correr de los meses llevó tantas colonias de hongos que se ganó el apodo de "Mary Moho". Un día veraniego de 1943 descubrió detrás de una frutería una variedad de melón medio podrido en el cual crecía un hongo con "un bonito vellón dorado". Lo recogió y lo llevó al laboratorio. Las pruebas demostraron que producía un poco más de penicilina que la cepa de Alexander Fleming.

Luego los científicos descubrieron que una parte de ese moho del melón contenía una variedad natural cuyo rendimiento era mayor, a tal punto que llegaba a duplicar el que ellos obtenían. Entonces bombardearon esta cepa con rayos X y luz ultravioleta, lo cual les permitió aislar esporas con rendimiento aun más alto, y todo el proceso se repitió una y otra vez. El resultado fue una subcepa llamada Q-176 que rendía la fantástica cantidad de 1000 unidades de penicilina por mililitro de caldo y medraba en un cultivo sumergido.

"El efecto de estos descubrimientos en la producción industrial no podía exagerarse", escribió Florey. La compañía farmacéutica Pfizer, por ejemplo, pudo multiplicar su producción mensual 130,000 veces en dos años. Al principio la elaboración de un millón de unidades de penicilina, que constituían una infección única para infecciones sépticas graves, costaba 200 dólares. En 1944 el precio bajó a 6.50, y en los años siguientes continuó bajando, hasta que hoy la penicilina pura y cristalina se vende en un diezmilésimo de su precio de 1943.

Estos resultados no dependieron sólo del trabajo paciente de los investigadores agrónomos, ni de la pelusa del melón en descomposición, sino también de la decisión tomada una medianoche por A. L. (Larry) Elder, el "zar" del esfuerzo norteamericano para producir penicilina. Se le había ordenado lograr que la industria estadounidense fabricara esa droga en cantidad suficiente para los ejércitos aliados el Día D. En Peoria se había comprobado que el moho Q-176 podía crecer en tanques de 3780 litros. Por tanto, en un café de Chicago, Elder preguntó al Dr. Coghill si estos recipientes podrían ser todavía mayores y llegar a contener 37,800 litros. Coghill le advirtió que no era seguro que el moho siguiera medrando en ese volumen de caldo nutritivo. Pero Elder lo intentó. Ordenó la construcción de equipo más grande. El proyecto obtuvo la mayor prioridad concedida a cualquier programa militar norteamericano excepto el de la bomba atómica. A principios de 1944 Coghill visitó la fábrica de la compañía Pfizer en Brooklyn (Nueva York) y vio alzarse ante él los enormes depósitos. Entonces fue hasta el término de la línea de producción. "Allí vi las ampolletas de 100,000 unidades sucederse más rápidamente de lo que yo podía contarlas, y comprendí que la batalla de la producción se había ganado, y que habíamos alcanzado la victoria".

El 6 de junio de 1944, cuando los ejércitos reunidos de los aliados occidentales lanzaron a través del Canal de la Mancha el asalto tan esperado, las bajas iniciales fueron elevadas, tal como se esperaba. Pero la penicilina, utilizada en las heridas para evitar infecciones y tratarlas, ayudó de manera espectacular. El 95% de los heridos curados con esta admirable droga en la batalla de Europa recuperaron la salud. Los anales oficiales del Grupo de Ejército 21 atestiguan: "Las heridas que antes ocasionaban muchas muertes, ya no eran peligrosas. El promedio de los que sanaban con fracturas expuestas osciló entre 94 y el 100 por ciento. Y, por primera vez en la historia de la guerra, el 100 por ciento de los combatientes que tenían quemaduras extendidas hasta la quinta parte del cuerpo, se salvaron".

Así probó sus méritos la penicilina en la más violenta de las guerras, y abrió la puerta de la era de oro de la medicina, edad en la cual cada año, en toda la Tierra, se escriben 800 millones de recetas de antibióticos y se salva la vida a incontables personas. Actualmente hay pocas familias que no hayan sido beneficiadas por la revolución que Florey inició con este antibiótico, el primero y el mejor de todos.

Semáforo en luz roja

Tres hombres compartieron el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1945: Alexander Fleming, Ernst Chain y Howard Florey. Se reunieron en la Universidad de Estocolmo el 11 de diciembre para pronunciar el tradicional discurso. Fleming recordó el descubrimiento del moho penicilínico: "El trabajo comenzó con una observación hecha por casualidad. Tratamos de extraer un concentrado, pero fracasamos en todos nuestros esfuerzos". En su intervención, Florey habló de las posibilidades futuras y permitió a su público vislumbrar la revolución que prometían los antibióticos en la medicina. La penicilina no era la panacea universal, pero un continuo trabajo de investigación "acaso permita elaborar, como si fueran hechas a medida, drogas quimioterapéuticas contra cualquier tipo de infección".

El grupo de Florey siguió trabajando varios años en Oxford. Su principal descubrimiento e esa época fue la Cefalospirina C, sustancia afín a la penicilina, pero diferente, y desarrollada a partir de un moho procedente de esporas halladas en agua de mar cerca de una cloaca de Cerdeña. Resultó ser un antibiótico de espectro muy amplio, muy eficaz contra cepas bacterianas que habían adquirido inmunidad contra la penicilina. Luego, a fines de 1950, los científicos de las compañías farmacéuticas norteamericanas lograron fabricar productos químicos para exterminar otras cepas de determinadas bacterias. De ello surgió una nueva familia de antibióticos, los "hechos a medida" que había previsto Florey en su discurso de aceptación del premio Nobel.

Entonces Florey sufría una afección cardiaca, angina de pecho, cuya gravedad iba en aumento, aunque él la ocultaba a su familia. Sus colegas comentaban que "el profesor se ha suavizado mucho en los últimos años"; la verdad era que, con gran fuerza de voluntad, había impuesto a su vida un ritmo más lento. En esos días mandó instalar un "semáforo de tráfico" encima de la puerta de su despacho. La luz verde significaba que los visitantes podían entrar; la ámbar, que sólo debían hacerlo cuando el asunto fuera urgente, y la roja convertía esa puerta en una barrera infranqueable. A medida que los ataques de angina aumentaban en intensidad, la señal roja aparecía con mayor frecuencia.

De todos los honores otorgados a Florey, ninguno le agradó tanto como el que le confirió en 1960 la Real Sociedad, la institución científica más antigua y de mayor prestigio del mundo. Una delegación compuesta por varios socios ilustres visitó a Florey, como otras análogas habían visitado en siglos pasados a Newton, Faraday, Darwin y Lister, y le ofreció la presidencia de esa corporación, momento de apoteósis para el modesto investigador australiano. "Es emocionante, ¿verdad?" comentó con un amigo suyo, mientras en sus ojos brillaba una pasión inusitada en él. Terminó sus fecundos cinco años de presidencia visiblemente envejecido, con el cabello completamente blanco, el paso más lento y arrugas en el rostro producidas por el dolor y la fatiga. Ethel falleció en 1966 y, al recibir ese golpe, Florey abrió ante sus hijos su corazón y su pensamiento como casi nunca lo hizo. Mencionó por primera vez sus ataques cardiacos. También expresó su preocupación por los efectos sociales de sus descubrimientos. "Tenemos ahora cierto dominio sobre la muerte, pero ya dudo si esto debió ser así. La población del mundo aumenta demasiado. Y supongo que yo, junto con los ingenieros de sanidad, soy tan responsable de este fenómeno como cualquier otro hombre".

En junio de 1967 Florey y la doctora Margaret Jennings, su colega y ayudante especial durante 30 años, se casaron en la oficina del Registro Civil de Oxford, y James Kent fue su testigo. Esa unión feliz sólo duró ocho meses. Una tarde, a mediados de febrero, Florey murió de un ataque cardiaco. El esplendor de los funerales en la Abadía de Westminster constituyó un homenaje impresionante, pero efímero, al hombre de trato difícil cuyo genio había captado el concepto de la antibiosis. Su verdadero monumento conmemorativo no está en la Abadía, ni en las becas o el edifico que llevan su nombre, sino en las vidas salvadas y en el conjunto de enormes tanques de fermentación que se alzan en cuatro continentes y vuelcan en ríos de penicilina pura, blanca y cristalina.

Una vez Florey rechazó indignado la propuesta de que una placa indicara los laboratorios de la Universidad de Oxford donde se obtuvo por primera vez la penicilina terapéutica. Pero hoy existe en el Magdalen College una rosaleda conmemorativa, y en ella una lápida con la siguiente inscripción:

Por salvar vidas,
mitigar padecimientos
e inspirar nuevas
investigaciones, toda la
humanidad está en
deuda con ellos.

Sigue la lista de los nombres de Florey y de nueve de sus colaboradores. Aparecen, como el Dr. Howard Florey hubiera querido, por orden alfabético.

Nos leemos.

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La aventura de la penicilina (4ta parte)

Por PaulBB - 24 de Julio, 2007, 18:55, Categoría: Historia

Licor de maíz

La paradoja a que entonces se enfrentaba Florey consistía en que para convencer al escéptico cuerpo médico e iniciar la producción comercial de penicilina, debía efectuar mayor número de pruebas clínicas satisfactorias, pero no podía hacerlas mientras no hubiera producción en escala comercial. Las industrias química y farmacéutica de Inglaterra, dañadas por los bombardeos aéreos alemanes y completamente dedicadas a satisfacer las necesidades bélicas, no estaban en la primavera de 1941 en condiciones de elaborar una droga probada a medias. Por fin, con la aprobación del Consejo de Investigaciones Médicas, el Dr. Florey resolvió ir a los Estados Unidos "e intentar allí la fabricación de la penicilina".

En una atmósfera de misión secreta, Florey y Heatley salieron de Oxford el 26 de junio. En la maleta del primero había muestras del vital moho y ampolletas con extracto penicilínico, varias copias del informe que pensaba publicar en The Lancet, donde se detallaba todo el proceso, y cuadernos con el resultado de las pruebas recientes en seres humanos. En Nueva York visitaron la Fundación Rockefeller un día de calor agobiante. Como el dinero de ésta había pagado gran parte de la investigación, Florey pensaba que debía comunicarle lo que habían logrado. Durante una hora Heatley y el jefe de un departamento de la Fundación escucharon cautivados a Florey, el cual, sin consultar sus notas y sin vacilar, contó la historia entera, paso a paso, desde el concepto inicial hasta las primeras vidas salvadas. Esta escena quedó grabada en la memoria de Heatley: "Lo recuerdo ante todo por su exposición", escribió. "No fue emotiva, sino informativa, y de manera sorprendente revelaba la enorme capacidad de su cerebro de hombre de ciencia. Aunque yo conocía bien el tema, supo mostrarme nuevas facetas, y de pronto advertí qué gran hombre era".

En tres meses de gira de divulgación por los Estados Unidos, Florey repitió muchas veces la misma exposición. Deseaba conseguir que los norteamericanos produjeran suficiente penicilina para poder hacer amplios ensayos. Especificaba un extracto de 10,000 litros de jugo de moho (cantidad que pronto se conoció como "el kilo de Florey"), que les permitiría a él y a Ethel hacer pruebas en 80 enfermos, incluso adultos víctimas de las más graves infecciones. Esperaba que los resultados fueran lo bastante convincentes para que la industria pudiera producir penicilina en gran escala, a tiempo de poder utilizarla en la guerra.

En una táctica brillante por lo sencilla, al llegar a Norteamérica Florey no se puso en relación con especialistas médicos, sino con la estación experimental de la Secretaria de Agricultura de los Estados Unidos situada en Beltsville (Maryland). Los científicos de allí lo llevaron a uno de sus laboratorios regionales, establecido en Peoria (Illinois), donde trabajaba un grupo de investigadores con gran experiencia en la elaboración de productos químicos extraídos de organismos en fermentación. Florey denominaría después a esos hombres "Mercaderes de hongos mágicos".

El grupo de Peoria puso manos a la obra inmediatamente. Semanas de calor y de viaje habían vuelto recalcitrantes las esporas de hongos traídas de Oxford, pero gradualmente la pelusa blanca se afirmó, apareció un tono azul verdoso y salieron las primeras gotitas doradas, exudadas de los hongos. Hasta principios del otoño se siguieron ensayando diferentes caldos y condiciones, con la esperanza de que afectaran  favorablemente el rendimiento. Y entonces, una vez más, la suerte ayudó a la penicilina. Entre las obligaciones de los científicos de Peoria figuraba la de hallar aplicaciones industriales a los productos derivados de los cereales, y uno de utilización especialmente difícil era el "licor de infusión de maíz", residuo viscoso y concentrado de la extracción del almidón del maíz dulce. Al ensayarlo como nutriente para el hongo penicilínico el efecto fue pasmoso. El rendimiento de la penicilina se multiplicó por diez. El Dr. Robert Coghill, jefe de un grupo de 20 científicos en Peoria, ha considerado siempre un milagro que Florey hubiera sido enviado "al único laboratorio donde podía haberse descubierto la magia del licor de infusión de maíz".

Florey, mientras tanto, había tratado de abrirse paso hasta los despachos de los jefes de las compañías farmacéuticas. Éstos, en su mayoría, lo recibían con desconfianza o con indiferencia. Unos pocos se interesaron, pero consideraban que su "kilo" era imposible de obtener. La noticia del descubrimiento hecho en Peoria cambió esa actitud, y el objetivo de Florey empezó a aparecer razonable. El Dr. Coghill expresó la situación con la siguiente metáfora: Un niño se concibió en Inglaterra, y el licor de infusión de maíz "evitó que naciera muerto".

Ya sólo hacía falta la técnica apropiada para producir penicilina a gran escala. Coghill, en la primera entrevista que tuvo con Florey en Peoria, había sugerido proféticamente que quizá el moho de la penicilna podría reproducirse dentro de tanques de miles de litros de caldo nutritivo, removido y aireado. Heatley, que se quedó en Peoria, ensayó este nuevo método. Llenó dos toneles con nutrimento, los sembró con esporas y los hizo girar por una semana aproximadamente. Esta técnica produjo penicilina, pero sólo la mitad de la que se obtenía por medio del engorroso procedimiento de cultivo superficial. Entonces se comenzó a buscar en serio un moho que no sólo rindiera más penicilina que el P. notatum, sino que rindiera más sumergido en tanques profundos. Debía de existir una cepa más productiva, pues eran astronómicamente pequeñas las probabilidades de que ese organismo particular caído por casualidad en la laminilla de cultivo de Fleming resultara ser el antibiótico más eficaz de la Tierra.

Con la colaboración de la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos se ordenó a todos los pilotos de del Comando Aéreo del Ejército dispersos por el mundo que recogieran muestras de tierra de los lugares donde tenían sus bases. Cuando llegaron a Peoria esas muestras, procedentes de Venezuela, Zanzíbar, Australia, el Extremo Oriente, Europa y China, se cultivaron los cientos de diferentes hongos que contenían, pero ninguno superó en rendimiento al P. notatum.

"Sumamente espectacular"

Cuando Florey regresó a Inglaterra, a fines de setiembre de 1941, vio que la escasez de penicilina inglesa era todavía desilusionante. Conservaba la esperanza de obtener su kilo en Estados Unidos, y lo animó la llegada de una caja remitida por una compañía farmacéutica norteamericana a principios de 1942. Pero en ella había otra caja más pequeña, y dentro de ésta grandes cantidades de relleno. "En cuanto levanté ese condenado paquete", escribió a Heatley, "supe que algo había salido mal. ¡Era tan ligero!". En efecto, recibió sólo la octava parte de la penicilina necesaria. Florey sabía perfectamente que su kilo había desaparecido con las bombas caídas en Pearl Harbor en diciembre último. Los estadounidenses pronto habían comprendido el gran valor de la penicilina en tiempo de guerra, y sus compañías farmacéuticas se apresuraban a participar en el programa de producción del gobierno.

Las pruebas que Florey y Ethel deseaban hacer dependerían de los recursos ingleses. El Dr. Gordon Sanders se puso al frente del edificio de la Escuela Dunn dedicado a los animales y, con el empeñoso James Kent, organizó la fábrica extractora de la "segunda generación" del grupo de Oxford. Era una ingeniosa instalación, en la cual el caldo de moho se pasaba a través de un filtro y se llevaba a cuatro lecheras de 38 litros cada una provistas de revolvedores, que daban al lugar el aspecto de una lechería. También se adelantó en el proceso de extracción, y los científicos se sintieron más animosos cuando la compañía Imperial Chemical Industries inició a su vez la producción en pequeña escala.

Heatley había conseguido un bidón de 28 kilos de licor de infusión de maíz procedente de Peoria, lo cual, en tiempo de guerra, resultó un gran triunfo de logística. Llegó a Liverpool en un carguero; Florey lo probó y vio que los resultados eran excelentes.

A mediados de 1942 una pizca de polvo de penicilina, apenas una cucharadita de sal, se envió al Hospital de la Real Fuerza Aérea de Buckinghamshire. Allí, el teniente de aviación Denis Bodenham trató con la nueva droga cuatro casos de quemaduras e informó: "Por primera vez hemos podido esterilizar completamente una quemadura, y esto era algo que considerábamos imposible. Fue asombroso; sumamente espectacular". Este oficial de la Real Fuerza Aérea mezcló también penicilina con polvo de sulfa y obtuvo así una crema que utilizó para tratar a los quemados.

Por fin, tras meses de trabajo, Florey y Ethel poseían una larga lista de curaciones, convincente, que incluía 15 casos de graves infecciones generalizadas y 172 aplicaciones tópicas. Irónicamente, el uso más notable de la penicilina fue uno en el cual ellos tuvieron sólo participación marginal. Tuvo efecto en el Hospital Saint Mary, en Paddington, donde 15 años antes se había observado el efecto antibacteriano del P. notatum, pero sin llevar adelante la investigación. El médico que trataba este caso era Alexander Fleming, y el enfermo un amigo personal suyo, hombre de 52 años con meningitis cerebroespinal. Después de siete semanas de fiebre, cefaleas, somnolencia y otros síntomas, el paciente entró en coma. Fleming extrajo un poco del líquido cefalorraquídeo y logró aislar al estreptococo que estaba destruyendo el tejido cerebral de su amigo. Probándolo, halló que resistía al sulfatiazol, pero encambio era sensible a la penicilina.

En la madrugada del 5 de agosto Fleming tomó el teléfono y llamó a Florey, que estaba en Oxford. Éste ofreció en seguida toda la penicilina que poseía (1'300,000 unidades) a condición de que las notas del caso pudieran incluirse en la lista que él y Ethel estaban preparando. Sacó el precioso medicamento del refrigerador de la Escuela Dunn, tomó el primer tren para Londres, y entró en el Hospital Saint Mary con la droga en la maleta. Tras indicar a Fleming cómo prepararla y usarla, regresó a Oxford.

Fleming comenzó a administrar inyecciones hipodérmicas, pero pronto vio que esto no daba ningún resultado. Entonces, por primera vez, inyectó la droga en el canal espinal del moribundo. Era peligroso, pero el resultado justificó el riesgo. La penicilina destruyó los microbios invasores. A la semana el hombre estaba virtualmente bien, y poco tiempo después salió del hospital. "La primera vez que uno ve esto siente una gran impresión", declaró el Dr. Fleming.

Florey sentía una profunda antipatía por la prensa, pero no así Fleming. Casi inmediatamente apareció en los periódicos la noticia de la "cura milagrosa", y fotografiaron a Fleming junto a su microscopio, y de bata blanca. Fue una noticia sensacional que difundió el nombre de la penicilina por todo el mundo. Además, Fleming se apresuró a comunicarse con uno de los ministros de Winston Churchill y trató de interesarlo en la producción de penicilina. A fines de setiembre Florey, sentado ante una mesa en el Ministerio de Abastecimientos, oyó decir a un funcionario: "El gobierno dará toda la ayuda económica necesaria. Los conocimientos y la pericia disponibles se reunirán para que esta droga se elabore sin tardanza en gran escala".

Hacía exactamente tres años que el Consejo de Investigaciones Médicas, en respuesta a la solicitud de fondos de Florey para la investigación de la penicilina, le había concedido la magnánima suma de 25 libras esterlinas.

(continuará)

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La aventura de la penicilina (3era parte)

Por PaulBB - 21 de Julio, 2007, 20:07, Categoría: Historia

Ratones y hombres

Duarante aquel largo sábado, 25 de mayo de 1940, Florey observó a los ocho roedores en sus jaulas. Poco después de las 11 de la noche llegó el Dr. Norman Heatley a relevarlo. Luego, a las 3:28 de la madrugada, murió el último de los cuatro animales no tratados con penicilina. Los otros cuatro, protegidos por la droga, seguían vivos y sanos.

Ya amanecía cuando Heatley se dirigió en bicicleta a su casa por las calles oscurecidas en previsión de bombardeos. Iba tan alborozado, con la cabeza llena de proyectos, que casi atropelló un anciano guardia de los que precavían a la población contra los ataques aéreos. Enojado, el hombre le pidió explicaciones. El fatigado científico sólo pudo sonreir y disculparse. ¿Cómo explicar que acababa de presenciar un milagro? ¡La pizca de un polvo pardo podía curar enfermedades mortales!

Más tarde, aquella mañana, Florey regresó al laboratorio para hacer una inspección final. Los cuatro ratones tratados seguían sanos y salvos. Anunció a sus colegas que inmediatamente iniciarían una segunda etapa, que consistía en pruebas en gran escala, con tandas de hasta 75 ratones a la vez, y diferentes cepas de bacterias. ¿Podría Norman Heatley aumentar la producción del caldo de moho a 200 litros semanales? El Dr. Heatley, exhausto, repuso que lo intentaría.

"Recuerde", recomendó Florey, "que debemos llegar al hombre. Hasta que no alcancemos ese objetivo, todo será una curiosidad de laboratorio, como lo fue el hongo de Fleming. Y el ser humano es 300 veces mayor que un ratón".

Al día siguiente comenzaron otros experimentos para determinar con mayor precisión la dosis necesaria contra cierta cantidad de bacterias. Al ver esos datos y comprobar la cantidad de penicilina que requerían las pruebas, hasta Florey se desanimó. ¿Dónde podrían ellos, en tiempos de guerra, encontrar recipientes adecuados para cultivar tanto moho? Entonces ordenó a sus colaboradores: "Utilicen todo lo que encuentren; cualquier objeto donde crezcan los hongos". El resultado fue una insólita colección de botellas, bandejas de metal, latas de galletas, platos para pastel, orinales para camas de hospital, una bañera y hasta una tina para bañar perros; cada uno de estos recipientes tenía una capa delgada del líquido nutritivo. Junto con todo esto se instaló un laberinto de tubos, caños, bombas de acuario, tapones y grifos. Sólo a fines de junio este conjunto de extraños artefactos produjo suficiente penicilina para las pruebas a gran escala con ratones. Mientras éstas continuaban, Florey y James Kent estaban siempre al acecho y sólo dormían unas cuantas horas en el laboratorio mismo. Florey vio surgir el increíble poder de una nueva droga revolucionaria, capaz de buscar y destruir la infección en cualquier parte del organismo.

A mediados de agosto las oleadas de bombarderos alemanes zumbaban sobre Inglaterra. Todo el mundo pensaba en la inminencia de la invasión. Los científicos del equipo convinieron en que, si ocurría lo peor y únicamente uno de ellos lograba escapar a América, llevaría en la cabeza los secretos de la extracción y las vitales esporas del moho en la ropa. Florey refregó dentro del forro de su abrigo impermeable un puñado de ellas; Heatley embadurnó los bolsillos de su traje. Mientras esas prendas no se lavaran en seco, las esporas que cayeran al sacudirlas sobre un plato de material nutritivo harían revivir el moho.

Entonces el grupo escribió los resultados del experimento y los publicó en la revista médica The Lancet. Al pie del artículo iban los nombres de los autores, precisamente en orden alfabético, a instancias de Florey. "Se han descubierto métodos para obtener un considerable rendimiento de penicilina... un polvo pardo... Aunque no es una sustancia pura, es muy potente su acción bactericida... Los resultados son inequívocos". El informe La penicilina como agente quimioterapéutico apareció relegado a la página 226 del número de The Lancet correspondiente al 24 de agosto de 1940. Poco después Alexander Fleming llamaba a la puerta de Florey. Era un hombre bajo, de cabellos blancos y corbata de lazo de vivos colores. Inmediatamente hizo valer su calidad de descubridor. "¡Hola!" exclamó al tender la mano. "He oído que usted está haciendo algo con mi penicilina. Me gustaría mucho ver de qué se trata".

Florey y Chain le mostraron los laboratorios, le explicaron los complejos procedimientos de extracción, paso a paso, y le dieron una pequeña muestra de sus concentrados purificados. Fleming permanecía silenciosos y reservado. Chain sospechó que no había comprendido del todo el método. El visitante regresó a Londres sin hacer ningún comentario ni expresar un solo elogio. Y nunca más se le volvió a ver por el laboratorio. Pronto, sin embargo, muchas personas emotivas le besarían la mano y la ropa. La prensa y la radio divulgarían la importancia de su descubrimiento y le otorgarían el premio Nobel. Desde entonces, la fotografía de Alexander Fleming inclinado sobre la placa de cultivo contaminado se ha convertido en algo tan inmortal como la estampa de Isaac Newton debajo del manzano. Hasta un cráter de la Luna lleva actualmente el nombre del bacteriólogo escocés.

Muerte de un policía

El tramo de carretera de 160 km que va de Stoke-on-Trent a Oxford estaba cubierto por un manto de hielo sucio. El Dr. Norman Heatley, aterido de frío en una camioneta sin calefacción, proseguía su camino decidido a llevar intacta a los laboratorios su preciosa carga de 172 recipientes de cerámica. Éstos, diseñados según el modelo de orinales de cama de hospital, que habían resultado ser los mejores para el cultivo del caldo de moho, eran los primeros de 600 que habían pedido a una alfarería de Staffordshire. Cuando llegaron a Oxford el 23 de diciembre de 1940, el edificio Dunn se convirtió en una fábrica provisional de penicilina. La producción del caldo de moho ascendió a 500 litros semanales, y de ellos Florey esperaba extraer, según las medidas modernas, entre 100 mil y 200 mil "unidades Oxford" de penicilina, o sea un décimo de lo que ahora se necesita para curar una infección única de gonorrea. Pero aún esta modesta aspiración resultó difícil de lograr. A veces los retrasos y las frustraciones alteraban el rígido autodominio de Florey, que daba rienda suelta a toda su ira.

Pero todos siguieron trabajando. Una nueva técnica, invención de Heatley, no sólo aceleró el procedimiento, sino que logró producir una penicilina diez veces más potente. A fines de enero de 1941 Florey se disponía a hacer el primer experimento en seres humanos. No tomó esta decisión a la ligera: le desagradaba ser árbitro de la vida y siempre evitaba tener relación directa con los enfermos.

La doctora Ethel Florey, que entonces trabajaba en la Enfermería Radcliffe de Oxford, llamó la atención de su marido sobre el estado de Albert Alexander, corpulento agente de la policía, de 43 años. A consecuencia de un rasguño en la mejilla ocasionado por una espina de rosa, su cuerpo se había convertido en huésped de dos temibles cepas de estafilococos y estreptococos. Desde fines de diciembre se temía por su vida. A mediados de enero los médicos tuvieron que abrirle muchos abscesos en el cuero cabelludo, y las cuencas de los ojos se le habían convertido en focos virulentos. La infección le atacaba hasta los huesos. Alexander estaba enflaquecido y al borde de la muerte, cuando el 12 de febrero le administraron una inyección intravenosa de penicilina.

Para ayudarle, Florey llevó a la enfermería hasta la última y preciosa pizca de la droga que su grupo lograba producir. Además, cada vez que Alexander orinaba, un investigador llevaba la botella al laboratorio de la Escuela Dunn, donde se recobraba el residuo de penicilina. Así podía recuperarse hasta la mitad de la droga inyectada. Al cabo de tres días de tratamiento se agotaron las reservas de penicilina. A partir de ese momento la vida del policía dependía únicamente de la que era posible recuperar, y resultaba cada vez más escasa. Pero al cuarto día el cambio en Alexander era notable: las supuraciones de los ojos y los abscesos de la cabeza se estaban secando, la fiebre había desaparecido y ya tenía apetito. Sin embargo, en el transcurso del quinto día apareció una frase siniestra en la historia de aquel caso: "Se agotó la penicilina".

Estas palabras fueron la sentencia de muerte de Alexander. La infección se le propagó a los pulmones y diez días después murió, no porque la penicilina hubiera fallado, sino porque no se le pudo inyectar bastante. Abatido, Florey dijo a su grupo que mientras no hubiera suficiente droga sólo tratarían a niños, cuyos cuerpos más pequeños requerirían dosis menores.

En mayo obtuvo el equipo su primer triunfo verdaderamente espectacular, que por desgracia terminó también en otra desilusión. Johny Cox, de cuatro años y medio, fue admitido en la Enfermería Radcliffe el 13 de mayo, moribundo y en estado de doma debido a un ataque bacteriano que afectaba a pulmones, hígado, ojos y líquido encefalorraquídeo. Los estafilococos habían invadido el cuerpo como secuela del sarampión. Tratado inmediatamente con penicilina, se repuso en forma milagrosa; a los nueve días el chiquillo estaba convaleciente, sonreía y hablaba en su cama de hospital. Pero la madrugada del 27 de mayo la enfermera nocturna se aterró al ver que el niño era presa de convulsiones súbitas. Una dosis adicional de penicilina no surtió efecto. La temperatura corporal ascendió a 42º C. y poco después murió. La autopsia demostró que la penicilina no era responsable de lo ocurrido. Había limpiado los abscesos en los pulmones del chico y había vencido a las bacterias en todo el cuerpo. Pero no pudo reparar el daño ya causado a una arteria vital que corre a lo largo de la espina dorsal. Debilitado por la infección, ese vaso se dilató por la presión de la vitalidad recobrada, y en consecuencia se rompió.

Durante esas angustiosas semanas de pruebas clínicas hubo otros casos más satisfactorios desde el punto de vista humano; entre ellos el de un muchacho de 14 años que llegó gravísmo con una infección de estafilococos resultante de una herida en la pierna, y se repuso al cabo de 14 días de administrarle penicilina. Un niño de pecho de seis meses cn una infección de las vías urinarias fue curado con la primera dosis oral de droga. Todas las aplicaciones tópicas, o superficiales, tuvieron éxito. Florey llegó a ensayarla en sí mismo; hizo gárgaras con el jugo crudo una vez que tuvo una infección estreptocócica en la garganta. "Sabía a rayos", confesó a sus colegas, "pero me curó".

(continuará)

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La aventura de la penicilina (2da parte)

Por PaulBB - 20 de Julio, 2007, 22:37, Categoría: Historia

Howard Walter Florey, hijo de un fabricante de zapatos, nació en Malvern, suburbio de Adelaida (Australia), el 24 de setiembre de 1898. Desde la enseñanza media se distinguió en química; Luis Pasteur se convirtió en su héroe, y a los 12 años anunció que se consagraría a la investigación.

En 1921 se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Adelaida; luego obtuvo una beca Rhodes para estudiar en la de Oxford, y pagó su pasaje trabajando como médico del barco que lo conducía a Inglaterra, pues su familia, antes próspera, estaba reducida a la pobreza. Howard Florey era entonces un joven de 23 años bronceado por el sol, ávido de distinguirse y con temperamento serio y decidido.

Florey fue aprobado sin ningún tropiezo en los exámenes y mereció un primer premio en la exigente Escuela Honours de Fisiología. Luego, por motivos económicos, fue a la Universidad de Cambridge con disfrute de una beca para comenzar trabajos experimentales de patología. Ya nada quedaba en él del joven bronceado por el sol. Tres inviernos ingleses y casi 30 meses de estudios infatigables, ademas de sus preocupaciones pecuniarias, lo habían hecho palidecer. Usaba ropa vieja y floja, y anteojos con montura de acero afirmados en una nariz sobre la cual pendía un mechón de pelo. Pero tras ese exterior albergaba un fuego ardoroso, y sólo un discreto velo de reserva ocultaba su explosiva personalidad.

"Todos advertíamos la fuerza que había en él", cuenta un colega suyo. "Su integridad era inquebrantable, pero a veces era difícil llevarse bien con él, elevar la voz tanto como la suya y no permitirle acallarnos". Florey confesó posteriormente que aprovechaba sus rasgos de carácter australiano para cometer impunemente acciones audaces o extravagantes. "Los ingleses mostraban consideración con los rudos habitantes de las colonias", explicaba.

Después de estudiar un año en los EEUU gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, aceptó el puesto de conferenciante en Cambridge. Entonces escribió a Ethel Reed, hermosa joven alta y rubia a quien había conocido en la Facultad de Medicina, la cual acababa de terminar un año agotador como médico residente en el Hospital Pediátrico de Adelaida. Le pidió que fuera a Inglaterra, y en octubre de 1926 se casaron en la Holy Trinity Church, de Paddington, que por casualidad estaba sólo a unas cuantas calles del Hospital Saint Mary, donde trabajaba Alexander Fleming.

Florey leyó con interés la memoria sobre la penicilina que publicó Fleming en 1929. En el medio siglo transcurrido desde los extraordinarios descubrimientos de Pasteur, los microbios invasores del organismo y causantes de enfermedades graves habían sido identificados y clasificados. Sin embargo, no obstante vacunas, sueros y antitoxinas, amén de algunas sustancias específicas, como el arsénico contra la sífilis y la quinina contra el paludismo, aún no se disponía de un arma suficientemente poderosa para combatir con eficacia a los temibles invasores. Las salas de enfermedades infecciosas de los hospitales seguían atestadas. El temor a la infección se cernía sobre todas las operaciones de cirugía mayor y menor, y por las salas de maternidad rondaba el espectro de la fiebre puerperal. Uno de cada tres casos de pulmonía aún terminaba en el cementerio. La septicemia era casi siempre incurable, y la escarlatina, la fiebre reumática, la difteria, la tuberculosis, la meningitis y la osteomielitis eran nombres que a menudo implicaban una sentencia de muerte.

La idea de una "bala mágica", de algún agente quimioterapéutico capaz de exterminar los gérmenes patógenos sin afectar las células del organismo, era todavía poco más que un sueño.

Una abundante redada de esperanzas

En 1935, después de trabajar cuatro años como catedrático en la Universidad de Sheffield, ofrecieron a Florey la cátedra de patología en la Universidad de Oxford, posición que le daría poder e influencia y le permitiría formar su propio equipo de investigadores. Hacía mucho que él insistía en que el progreso de la medicina sería resultado del trabajo conjunto de bioquímicos, biólogos y patólogos que concentraran sus esfuerzos múltiples en proyectos concretos.

Por ello andaba con pasos ansiosos e impacientes en sus nuevos laboratorios de la Escuela de Patología Sir William Dunn, en Oxford. Un colega suyo más conservador le llamó "fanático de la investigación". Allí encontró esperándole excelentes científicos, pero también muchas brechas por tapar. Entre sus primeros colaboradores figuró su esposa Ethel, y también un bioquímico llamado Ernst Chain, joven judío alemán cuyo pelo y bigotes hacían que se pareciera a Albert Einstein. Para trabajos especiales de patología, Florey buscaba un cerebro "joven y brillante", y lo halló en la atractiva y talentosa doctora Margaret Jennings. Llamó de la Universidad de Cambridge al Dr. Norman Heatley, bioquímico, y a mediados de 1936 ya casi estaba integrado el equipo que daría al mundo el milagro de la penicilina.

En el verano de 1938, noche tras noche, Florey y Ernst Chain hablaban de los problemas que debían resolver, mientras se dirgían a sus respectivas casas a través del verde parque, detrás del edificio Dunn. Andaban lentamente, pisando las hojas y deteniéndose a trechos para discutir algún punto del programa. El tema de todas las conversaciones era el concepto de antibiosis, o sea, de un organismo vivo que luchaba contra otro. Un estudio ciudadoso de toda la literatura científica que informaba de casos de inhibición bacteriana o de antagonismo entre los microbios, reveló muchos ejemplos aislados; el primero de ellos procedía de Pasteur mismo. En 1877 el sabio francés observó que un cultivo de bacilos del ántrax se disolvía cuando los contaminaban las bacterias comunes del aire.

El científico español Gosio había extraído el primer antibiótico cristalino de un moho de Penicillium, pariente cercano del P. notatum; por desgracia, no consiguió hacerlo en cantidad suficiente para ampliar sus experimentos. Aquellos hallazgos parecían ser casos bien comprobados de antibiosis. ¿Pero cuál de ellos convendría seguir investigando?

Una vez más Florey concentró su atención en el informe de Fleming de 1929. Ciertamente la penicilina no llamaba la atención pública; no difería radicalmente de otras muchas sustancias dignas de estudiar. Sin embargo, esta sustancia le intrigaba. Parecía prometer en la lucha contra los estafilococos, hasta entonces invulnerables; además no producía efectos tóxicos. Quizá se pudiera extraer del moho algo beneficioso para el organismo humano. Una tarde, a fines de 1938, mientras meditaba bajo un viejo y frondoso castaño del parque, Florey tomó la decisión final: se concentraría en la penicilina.

La guerra era inminente. A Florey le preocupaba la posibilidad de que se deshiciera su equipo, y al mismo tiempo luchaba, como siempre, con problemas económicos. Escribió al Consejo de Investigaciones Médicas: necesitaba una subvención mayor para poder seguir trabajando con la penicilina. El Consejo le envió 25 libras esterlinas (unos 50 dólares, actualmente). Desesperados, él y Chain se dirigieron a la Fundación Rockefeller de Nueva York, pidiendo audazmente una suma elevada para sueldos y equipo, e indicando que el trabajo podría tener resultados prácticos y al mismo tiempo importancia teórica. Y obtuvieron el dinero.

En esa etapa la investigación de la penicilina era todavía un asunto académico, pues aún no se había revelado el extraordinario poder del producto. Pero Norman Heatley trabajaba con entusiasmo, sembrando y haciendo pasar el moho de uno a otro plato, incubándolo y cuidándolo. Dedicó largas y tediosas semanas de tesonero esfuerzo a tratar de aislar y extraer la sustancia activa del caldo de moho, pero todos los empeños fracasaron. Obstinado, Chain luchaba como un poseso contra las dificultades, y al fin halló la solución del problema. Ésta consistía en secar el jugo por congelación, evaporarlo en una cámara de vacío y luego concentrar y reconcentrar el material resultante. Así, de varios litros de caldo de cultivo surgió el primer montoncito de penicilina, una pizca de polvo parduzco que parecía sucio, apenas suficiente para cubrir una uña pequeña.

El 19 de marzo de 1940 fue un día crucial para la humanidad. Chain pidió que se llevara a cabo la primera prueba. Inyectaron a dos ratones diez miligramos del polvo tan difícilmente obtenido, disuelto en una solución salina; luego los observaron atentamente. A medida que pasaban los minutos sin que los animales presentaran ningún malestar, crecía la esperanza. Los estudiaron dos horas, y luego comunicaron a Chain y Florey la gran noticia: Alexander Fleming estaba en lo cierto: la penicilina no producía efectos tóxicos.

Chain tuvo más suerte de lo que suponía al hacer este experimento. Él creía que el concentrado de penicilina inyectado a los ratones era virtualmente puro, pero en realidad el 99% era basura. Cualquiera de los cientos de compuestos y elementos de este porcentaje pudo haber matado a los animales. Esas muertes se hubieran achacado a la penicilina, y el advenimiento de la era del antibiótico se habría retardado. Pero tal como ocurrieron las cosas, gracias al experimento de Chain, al cabo de dos meses Florey hizo una segunda prueba con ocho ratones y bacterias.

(continuará)

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La aventura de la Penicilina

Por PaulBB - 19 de Julio, 2007, 21:59, Categoría: Historia

Sé que el título de la entrada puede ser, para la mayoría, algo desalentador. Pero créanme cuando les digo que si continúan con la lectura van a descubrir o a conocer una historia que yo calificaría como maravillosa.

Hace unas semanas con unos amigos comentábamos acerca de cuales habían sido los inventos o descubrimientos más importantes del siglo XX y del actual, ya sea por su importancia social, cultural, tecnológica, etc. Se soltaron nombres como la Internet, el genoma humano, la electricidad, entre otros. En esas estábamos cuando mi buen amigo Daniel dijo: "¿Y qué hay de la penicilina? Gracias a ella se han podido combatir eficazmente las infecciones en las heridas, ¡salud, por Fleming!". Entonces se produjo el siguiente diálogo:

  • Dirás, Howard Florey...
  • ¿Cómo Florey? Fue Alexander Fleming.
  • No, te aseguro que fue Florey.
  • ¿Apostamos? Qué te parecen 50 solcitos...
  • Vale, pero si no me pagas te empalo.

Salió disparado y trajo una enciclopedia donde, efectivamente, aparecía como descubridor de la Penicilina sir Alexander Fleming, en 1928. Con la mano estirada y seguro de haber ganado la apuesta más fácil de su vida le dije que le iba a contar una historia, y que es la que sigue a continuación.

La aventura de la Penicilina

Poco antes de las 10 de la mañana del 25 de mayo de 1940, el Dr. Howard Florey atravesaba ensimismado los prados de la Universidad de Oxford (Inglaterra) rumbo a su laboratorio, donde estaba a punto de comenzar un experimento importantísimo. El tiempo presagiaba un hermoso verano, pero las noticias de la guerra (la Segunda Guerra Mundial) ensombrecían el ambiente. Winston Churchill acababa de tomar posesión como Primer Ministro de Inglaterra, y no ofrecía más que sangre, sudor y lágrimas. Asolaba a Holanda y Bélgica la guerra relámpago de los nazis. Las bombas llovieron sin piedad sobre la indefensa Rotterdam, y los Stukas ametrallaban a los refugiados desvalidos. Por si fuera poco, aquel sábado por la mañana la radio informaba que el Ejército Expedicionario Británico estaba en Dunkerque, cercado por las tenazas de acero de las fuerzas blindadas alemanas.

En su calidad de patólogo investigador, especializado en la naturaleza y causa de las enfermedades, Florey podía apreciar claramente los terribles padecimientos de quienes habían resultdo heridos en la playa de ese puerto francés. Sabía que, aunque se les evacuara con éxito, muchos estaban condenados a morir. Los médicos poseían escasos medios para combatir la infección bacteriana: la mortalidad oscilaba entre un 10% hasta un 100% en las lesiones profundas. Y las circunstancias propias de la guerra multiplicaban los riesgos. En todas las batallas de la historia los fallecidos se debían menos a las heridas que a las infecciones resultantes. Aún con la ayuda de las nuevas sulfamidas, los resultados de estos combates no serían muy diferentes. A menos que...

El Dr. Florey columbraba una esperanza en el horizonte. Esa esperanza, basada en una posibilidad incierta, consistía en una pizca de cierto polvo parduzco, al parecer inocuo, elaborado en sus propios laboratorios. Su nombre: penicilina.

En la Sala 46 de la Escuela de Patología Sir William Dunn, de ladrillos rojos, lo esperaba James Kent, su técnico de laboratorio. Como parte de las preparaciones para el experimento de esta mañana, Kent tenía dispuestos ocho ratones suizos albinos en jaulas de vidrio. A las 11:00 pm cada uno de ellos recibió una inyección con una dosis mortal de estreptococos hemolíticos, cepa de bacterias sumamente virulentas. Se apartaron cuatro ratones a los cuales no se les dio ningún medicamento; estaban destinados a morir. Pero a otros dos se les dio una dosis única de penicilina, una pizca de polvo (diez miligramos) disuelta en una gota de solución salina, y el último par obtuvo la mitad de esa cantidad, aunque la dosis debía repetirse a intervalos de dos horas.

Puestas las primeras inyecciones, los dos hombres tomaron asiento y observaron en silencio los ratones, que correteaban en sus jaulas. No dejaron de verlos toda aquella tranquila tarde. A las 6:30 am Florey indicó a Kent que se fuera a casa, pero el permaneció al acecho, escudriñando con ojos avizores y experimentandos algún cambio en el comportamiento de los animales.

Para Kent aquel era sólo uno de los tantos experimentos del profesor. Pero Florey sabía que podía ser decisivo. El bacteriólogo escocés Alexander Fleming había descubierto la penicilina en 1928 de manera casi accidental: una laminilla de vidrio con un cultivo de estafilococos había sido contaminado por un moho. Por alguna razón no la echaron en el cubo con antiséptico que hay en la mayoría de laboratorios bacteriológicos para las laminillas usadas, y unas semanas después, cuando Fleming la observó, advirtió un extraño fenómeno del cual tomó debida nota:

"Las colonias de estafilococos, hasta una distancia considerable del moho, se disolvían. Lo que originalmente había sido una colonia micrbiana proliferante era ya una leve sombra de su forma anterior". Conservó el hongo, identificado como Penicilium notatum, y descubrió que un filtrado del caldo de cultivo (hecho de corazones de bueyes) ejercía un potente efecto en varias bacterias peligrosas para el hombre, entre ellas los estafilococos y los neumococos.

Para comprobar si aquel producto (para el que acuñó el nombre de penicilina) era inofensivo, inyectó el jugo del moho a un animal sano, y éste no sufrió ningún daño. Luego ensayó sus propiedades antisépticas y trató con él infecciones y heridas superficiales en dos o tres personas. Pero Fleming no probó la acción del P. notatum contra bacterias que proliferan en el cuerpo de animales enfermos. Había comprobado que la penicilina era extraordinariamente difícil de concentrar, que se destruía con mucha facilidad; y como al fin y al cabo existían otros buenos antisépticos llegó a la conclusión de que, si bien la nueva droga parecía prometedora, la gran dificultad de producirla hacía prohibitiva su elaboración en gran escala.

Pero Florey no era de esa opinión. Acababa de hacer algo que no se había intentado nunca: inyectó penicilina en animales infectados para averiguar si su poder bactericida vencía a los gérmenes patógenos que se multiplicaban en ellos. De ser así, podría significar un gran salto en la lucha del hombre contra la enfermedad, y el mundo entraría en la era de oro de la terapéutica: la de los antibióticos.

(continuará)

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